Las reseñas de Alberto Morate: El hueco

¡Cuántas veces hemos soñado que estábamos en un espacio pequeño y sin posibilidad de huida! En un hueco oscuro y limitado, sin ventilación, atrapados sin remedio. Generalmente esos sueños se nos reproducen estando nosotros solos, con la angustia de la soledad y la imposibilidad del grito, incapaces de mover las piernas. ¡Ay, qué hemos hecho!

Ya no es cuestión de plantearse el porqué de nuestro escondite. Simplemente estamos allí y no sabemos por cuánto tiempo.

En El hueco, de Guillermo Amaya, no es una única persona la que se encuentra bajo la escalera huyendo de sus miedos. Son dos. Dos chicas, dos mujeres, aparentemente sin vinculación social ni de amistad, ni siquiera de intereses comunes. Pero ahí están, gruñendo, gimiendo, asustadas, escondiéndose. ¿De qué se esconden? ¿De las mentiras propias? ¿De acosadores? ¿De extraterrestres? ¿De militares? ¿De la realidad? No lo sabremos. Sabemos que el silencio también aterra, que las palabras también confunden, que la distancia se estrecha, que hace calor, que no tienen más remedio que tocarse, que se desnudan de cuerpo y alma, que no pregonan su vida, pero se sinceran, que saltan chispas de su desamparo, que ríen nerviosas, que no pueden huir, que no es un sueño.

Raquel Salamanca y Raquel Pardos, (en los personajes Gema y Asun, pero podrían haber sido perfectamente Raquel y Raquel, y el espectador hubiera elucubrado otras metáforas, otros paralelismos, otras coincidencias de identidad o de espejo), se mueven con soltura, a pesar de todo, en ese espacio pequeño. Examinan el mínimo terreno, mientras se exploran entre ellas mismas. Es todo el conjunto esa gran metáfora de la que hablábamos antes.

Sienten su aliento y sus olores, mezclándolos con sus sensaciones. Las palabras también se convierten en preguntas sin respuesta mientras suenan fuera otras voces inidentificables, porque aún no hay nadie que entienda el lenguaje de la conciencia.

Me ha remitido el tema y el argumento a la obra de Boris Vian, Los forjadores de imperio, donde una familia tiene que huir a espacios cada vez más angostos huyendo de su propio Schmurz.

El cerebro es suficientemente poderoso para creer en lo que no existe. Pero la realidad nos hace escondernos en el hueco cerrado de debajo de la escalera. ¿Y al final qué? Cuando salgamos a la luz, desafiando los peligros, podremos averiguarlo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: EL MAGO DE OZ del Teatro Sanpol

Un hogar para sentirse bien, un cerebro para pensar, un corazón (para sentir), valor para afrontar la vida. Porque todos necesitamos estas cosas. Porque siempre nos falla algo y nos encontramos mal. Porque todos tenemos un poco de espantapájaros, un poco de personas oxidadas, un poco de animal no tan fiero como lo pintan, un poco de “en casa como en ningún sitio”.

Y siempre hay alguien que nos quiere amargar la existencia. Mas al final nos daremos cuenta de que por arte de magia no se solucionan los problemas. Ni por lo rezos, ni por el simple hecho de desearlo. Hay que hacerle frente y, sin darle más vueltas, actuar con determinación, aunque nos estrellemos, o no alcancemos el objetivo o tengamos que darnos por vencidos. Pero estará en nuestra satisfacción el haberlo intentado.

Eso es el Mago de Oz. Un cuento de Lyman Frank Baum que se hizo famoso porque llevaron su cuento a una gran película dirigida por Víctor Fleming, con Judy Garland como protagonista, nada menos que en 1939. Ya han pasado años. Pero no su frescura, su mensaje, sus personajes, su crítica y su parodia a ciertos personajes de algunos sectores bien situados de nuestra sociedad.

En esta ocasión, la compañía La Bicicleta, al frente Natalia Jara, con adaptación de Julio Jaime Fischtel, nos presenta un impecable y espectacular montaje sobre este magnífico cuento. Nada es desdeñable, ni las canciones, ni el vestuario, ni una completísima escenografía, ni el ritmo, ni la historia en sí misma, ni, por supuesto, el elenco al completo: Ainhoa Molina, Beatriz Costa, Julio Armesto, Manuel Varela, Víctor Benedé, Blanca Degá y Álex Jiménez junto con el perrito Bruno que interpreta a Totó.

Porque es un deleite venir a ver esta producción fresca y limpia. Porque hay ternura, calidad, teatro hecho con cariño y profesionalidad, que no son incompatibles. Porque nos vuelven a dar la oportunidad de revisitar esta clásica historia con las garantías de que su temática está vigente y es actual, además de divertida. Porque estás viendo el espectáculo y no tienes prisa, y los problemas diarios se quedan para otro día. Porque es un trabajazo enorme y, sin embargo, pareciera que lo interpretan sin esfuerzo y, desde luego, poniendo todo el alma y toda la energía. Porque al final se nos queda una sonrisa, un regusto dulce, un deseo de volver otro día.

Porque es magia (de Oz), poesía, arte (de Talía), canción, comedia, ficción muy bien traída.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: RIF (de piojos y gas mostaza)

Manos sucias y ensangrentadas. Una guerra silenciada. No nos han vendido nada porque se ha intentado, desde siempre, ocultarla. Dios de parte de los cristianos, siempre hemos oído eso. No querían que supiéramos que había otro Dios al que adoraban los musulmanes. Un círculo que no se cierra. Se abrió aquella brecha de hace 100 años y nadie ha conseguido cicatrizarla. Durante mucho tiempo después, aquellos militares de graduación siguieron enviando soldados para cubrirles a ellos mismos las espaldas. Y después se hicieron con los economatos y con las prebendas, y con los enchufes, y con lo que se descuida y va a parar a los mismos bolsillos de siempre. Mientras, siguen muriendo inocentes. De los dos bandos. De todos los bandos. Mientras se sigue cantando en cabarets, o toreando morlacos en diferentes plazas, o poniendo cadenas a la libertad para no enfrentarse a batallones que te revientan las sienes, que te violan, que te escupen a la cara por ser, simplemente, quien eres. Un corazón herido en un territorio que les interesaba.

Es cruda esta historia. Y real, e irónica, sardónica, verdadera, tristemente silenciada.

Menos mal que Micomicón y A priori y el Centro Dramático Nacional nos la rescatan. Laila Ripoll y Mariano Llorente nos la sirven bien estructurada. Apalabrada. Cogiendo al toro por los cuernos y, lejos de suavizarla, nos la ofrecen cargada de humor y drama. No son menudencias. Consiguen imprimirle ritmo, simpatía y horror por partes iguales, porque aguantar esta tragedia en un golpe de dos horas escénicas con tanta injusticia, desmán, muerte, desgracias, no habría quien lo soportara.

Los actores y actrices sí, se desdoblan en infinidad de personajes, en múltiples situaciones, bajo un fondo estrellado que nos saca de la realidad. Pero está la arena del RIF, están los piojos y está el gas mostaza. Mezcla de sueños y lágrimas. De sed y de balas. Esos intérpretes magníficos, Arantxa Aranguren, Néstor Ballesteros, Juanjo Cucalón, Ibrahim Ibnou, Carlos Jiménez-Alfaro, Mateo Rubistein, Sara Sánchez, Jorge Varandela y el propio Mariano Llorente, dirigidos con racionalidad y pasión por Laila Ripoll.

Después de ver esta obra podrían entenderse algunas cosas, pero nos sumerge aún más en esas desmedidas ambiciones, en el mal llamado protectorado, en los odios recalcitrantes e ideas patrioteras, en la bestia oculta que algunos seres humanos llevan dentro, en las ambiciones codiciosas de poder político y económico, en lo más vil de los conflictos que no se resuelven con gas mostaza ni tiros al no blanco. Tristes guerras en contraposición con este gran montaje de teatro.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

«Viaje por la magia de Disney» del Sanpol o La historia de nuestras vidas por Alberto Morate

Walt Disney. La historia de nuestras vidas. De cuando éramos pequeños, de cuando nuestros hijos eran pequeños, de cuando nuestros nietos son pequeños.

Mis hijas se sabían diálogos y canciones de memoria. Y los padres/madres también, de tanto repetirlas y escucharlas. Y nunca cansaban. Pasaba el tiempo y se volvía a ellas. Por Navidad, por vacaciones, por Semana Santa, porque era domingo… Se colocaban enfrente del televisor y a disfrutar de la magia Disney, porque era eso. Auténtica magia. Y si se podía ir al cine a ver alguno de los últimos estrenos, mejor que mejor. Entonces era una fiesta.

Y, debemos confesar sin miedo, que a todos, grandes y pequeños, nos gustaban. En algún momento hemos podido decir: “qué ñoñerías, qué de almíbar”, pero estoy seguro que una lágrima de emoción se resbalaba por nuestra mejilla en algún momento disimulado y, desde luego, las sonrisas estaban garantizadas.

El colorido, el ritmo, los personajes malvados, los personajes tiernos, el enrevesamiento de la trama, la cuestión social, la defensa de la naturaleza, los roles asignados que fueron, poco a poco, perdiendo fuelle y reivindicando los posicionamientos de género, las hadas, los animales, la familia, el amor, la historia de nuestras vidas. Y las canciones. Siempre aderezadas con magníficas canciones.

Y eso es lo que hoy nos trae la impecable compañía La Bicicleta del Teatro Sanpol. Un Viaje por la magia de Disney. El tributo a aquellas cintas de inolvidables voces, al principio dobladas con acentos latinoamericanos. Era el color en la voz. Eran las coreografías y el ingenio, era la musicalidad de los sentimientos, eran los sentidos a flor de piel.

En el escenario, superando la imagen plana de la gran pantalla o de la televisión, los personajes más emblemáticos de la factoría Disney, se hacen reales, Mary Poppins, Aladdin, Mulan, Frozen, La sirenita, La Bella y la Bestia, Hércules, Enredados,… accesibles, sin traducción, sin doblaje, cantando en voz viva, clara y limpia, proporcionando emoción, diversión, participación,… acogiéndonos en el seno de los buenos recuerdos.

Disney descongelado. Sencillo, abierto, integrado en nuestras vivencias, con unos magníficos vestuarios y efectos especiales de escenografía y luces, a lo que ya nos tiene acostumbrados este Teatro de todos los públicos.

Títulos y canciones que recordamos como nuestros, intrínsecamente mágicos, alucinados de música y alegría. Inocencia recuperada que nos hace mejores.

¡Ojalá realmente fuera así la historia de nuestras vidas!

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.