Las reseñas de Alberto Morate: RIF (de piojos y gas mostaza)

Manos sucias y ensangrentadas. Una guerra silenciada. No nos han vendido nada porque se ha intentado, desde siempre, ocultarla. Dios de parte de los cristianos, siempre hemos oído eso. No querían que supiéramos que había otro Dios al que adoraban los musulmanes. Un círculo que no se cierra. Se abrió aquella brecha de hace 100 años y nadie ha conseguido cicatrizarla. Durante mucho tiempo después, aquellos militares de graduación siguieron enviando soldados para cubrirles a ellos mismos las espaldas. Y después se hicieron con los economatos y con las prebendas, y con los enchufes, y con lo que se descuida y va a parar a los mismos bolsillos de siempre. Mientras, siguen muriendo inocentes. De los dos bandos. De todos los bandos. Mientras se sigue cantando en cabarets, o toreando morlacos en diferentes plazas, o poniendo cadenas a la libertad para no enfrentarse a batallones que te revientan las sienes, que te violan, que te escupen a la cara por ser, simplemente, quien eres. Un corazón herido en un territorio que les interesaba.

Es cruda esta historia. Y real, e irónica, sardónica, verdadera, tristemente silenciada.

Menos mal que Micomicón y A priori y el Centro Dramático Nacional nos la rescatan. Laila Ripoll y Mariano Llorente nos la sirven bien estructurada. Apalabrada. Cogiendo al toro por los cuernos y, lejos de suavizarla, nos la ofrecen cargada de humor y drama. No son menudencias. Consiguen imprimirle ritmo, simpatía y horror por partes iguales, porque aguantar esta tragedia en un golpe de dos horas escénicas con tanta injusticia, desmán, muerte, desgracias, no habría quien lo soportara.

Los actores y actrices sí, se desdoblan en infinidad de personajes, en múltiples situaciones, bajo un fondo estrellado que nos saca de la realidad. Pero está la arena del RIF, están los piojos y está el gas mostaza. Mezcla de sueños y lágrimas. De sed y de balas. Esos intérpretes magníficos, Arantxa Aranguren, Néstor Ballesteros, Juanjo Cucalón, Ibrahim Ibnou, Carlos Jiménez-Alfaro, Mateo Rubistein, Sara Sánchez, Jorge Varandela y el propio Mariano Llorente, dirigidos con racionalidad y pasión por Laila Ripoll.

Después de ver esta obra podrían entenderse algunas cosas, pero nos sumerge aún más en esas desmedidas ambiciones, en el mal llamado protectorado, en los odios recalcitrantes e ideas patrioteras, en la bestia oculta que algunos seres humanos llevan dentro, en las ambiciones codiciosas de poder político y económico, en lo más vil de los conflictos que no se resuelven con gas mostaza ni tiros al no blanco. Tristes guerras en contraposición con este gran montaje de teatro.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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