Las reseñas de Alberto Morate: HIPATIA DE ALEJANDRÍA. Menos cruces y más libros.

Decir las cosas con valentía suele traer malas consecuencias. Sobre todo, si eres mujer y has nacido en el año 400. Decir, pero antes de decir, haber estudiado, haber contrastado, investigado, impartido conocimientos, ser ecuánime e inteligente, intentar comprender y mirar a los ojos de tus contrincantes y discípulos.

Si hoy en día aún se victimiza a muchas mujeres, por el simple hecho de serlo por un lado, pero también porque demuestran que están por encima de una gran mayoría de lerdos que se creen con la potestad de marcar los designios de los demás, aun sin las capacidades necesarias, entonces, imagínense a esa misma mujer en una época de sínodos masculinos, de gobiernos masculinos, de autoridades eclesiásticas que solo pretenden manejar la voluntad y los actos de sus fieles, de políticos en connivencia con esos religiosos para beneficio propio e intereses personales.

Y es que la cultura y el conocimiento, el arte y el pensamiento, siempre han sido el gran enemigo de aquellos que pretenden manejar nuestras vidas. Sucedía y sigue sucediendo. Dale al pueblo borreguismo para que no pueda cuestionarse ciertos desmanes y abusos de poder. Porque saben perfectamente que “pensar, aunque sea equivocadamente, es mejor que no pensar en absoluto”, y ellos quieren eso, que no se piense.

Por eso, Hipatia de Alejandría fue vilmente asesinada, vilipendiada, vejada, víctima de los fanatismos. Ella pretendía convencer con la palabra, pero no la dejaron hablar.

Con dramaturgia de Miguel Murillo, y dirección de Pedro A. Penco, en una coproducción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y de Amarillo Producciones, nos ofrecen este documento teatral histórico, donde aún convivían dioses domésticos, paganos y una creciente iglesia cristiana que buscaba el poder a toda costa.

Bien se adivina, por tanto, que la muerte de Hipatia fue provocada, como siempre, por la envidia, por el machismo imperante, por la intransigencia religiosa, porque una voz que proclamaba el estudio, los derechos, el conocimiento, era enemiga de una sociedad sin ánimo de progreso.

Muy sobria y contundente puesta en escena, con un vestuario preciso, una interpretación contenida y sin excesos, es un documento necesario para hacernos ver el alcance que tuvo este personaje, hoy modelo de movimientos feministas, de empoderamiento de la mujer, de vindicación de la necesidad de conocimiento. Por favor, menos cruces y más libros.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: SIETE MUJERES LORQUIANAS

Ya no hay estaciones para Federico. Es intemporal. Es eterno. Nos ha quedado su obra, su legado, sus textos y palabras. Ya no hay invierno para él. Ni otoño, ni siquiera primavera. Federico García Lorca es el tiempo en sí mismo. Es la poesía. Y el teatro. Y la música. Y el arte. Está en todos los que lo leemos y lo veneramos. En los que se acercan a él por primera vez y en los que lo releen incansables descubriendo cada vez sentimientos nuevos.

Eso hace Mónica Tello. Lo relee, lo estudia, lo hace suyo, lo lleva dentro. Y con la pasión de su propio arte, el flamenco, el teatro, el baile, es capaz de ofrecernos lecturas nuevas. Cargadas de música y emociones, nos lo devuelve fresco, con una mirada distinta y respetuosa, de sangre, de vísceras, de corazón, de alma, de espíritu.

Nos ofrece un árbol frondoso de sombra y fruto, de agua necesaria para beber, de alimento. Y esta vez desde sus mujeres. Siete mujeres lorquianas, aunque podrían ser muchas más. Escoge Mónica las necesarias para que el espectáculo sea perfecto. Medido, sobre ruedas. Pero, sobre todo, sensible y exquisito, poético, musical, profundo, cargado de esfuerzo.

Inicia el camino con Yerma y, a partir de ahí, Doña Rosita, la Soledad Montoya del Romancero Gitano, Belisa en su jardín, la Luna personificada en deseo, en tiempo, en destino, en exorcismo, en silencio y en verbo. También Mariana Pineda en su grito, en su llanto amargo, en su aliento. Para terminar con Adela, la pequeña de los Alba, cansada de tanto desatino, de tanta represión, de tanta ocultación e inmovilismo, de tanto desconcierto.

Recordamos a cada una de ellas, en sus vientres, en sus sementeras, en sus cárceles, en sus miradas de agonía y piedra. Mónica Tello al frente de un elenco de luz en sus interpretaciones, en la ejecución de sus textos, de la música, de su coordinación en el ascenso hacia el poeta que no está en los cielos, sino en este Tablao Torero, en donde se respira el aroma inconfundible de una puesta en escena realizada con mil amores y todo el esmero. Ellos y ellas son Beatriz Tello, Isabel Pamo, Edu García (flauta), Cristina Salinas, Beatriz Rodríguez y Tony Montoya (guitarra).

¿Ecos de la voz de Lorca? No. Su voz auténtica, su respiración profunda, su fuerza, su vitalidad, su existencia inacabada porque revive en cada función, en cada una de estas otras mujeres que ya también son lorquianas, así como nosotros, porque se nos han metido muy dentro.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: LAS SUPLICANTES.

Tener que salir huyendo por no querer casarse con quien otros imponen. Tener que escapar buscando la libertad y suplicando protección a quien pueda entendernos. Las suplicantes que no encuentran acomodo ni paz por sus perseguidores que las consideran de su propiedad y se verán sometidas a la violencia y vejaciones propias de un mundo al que no quieren pertenecer.

Alguien las intentará proteger aun a costa de entrar en guerra, como así sucede, y que, posteriormente, haya que reivindicar poder enterrar o incinerar a los muertos como es debido y no dejarlos a la suerte de alimañas o pudriéndose al sol que descompondrá los cuerpos sin honor ni dignidad.

Refundidos los dos textos de Esquilo y Eurípides por Silvia Zarco, entreabre una puerta a una tragedia del siglo V antes de nuestra era, en la que ya las mujeres pedían poder decidir libremente, no tener que someterse a los dictámenes de hombres y maridos sin sentimientos.

Y la necesidad de hacer reposar esos cadáveres en el sitio adecuado, para rendirles el abrazo necesario y descansar en el espíritu del recuerdo. Algo así como esos muertos de tantas cunetas y tapias de cementerio que aún no se han recuperado y están a la espera de que esa memoria histórica sea realmente memoria y no un pasado nefasto y denigrante.

Eva Romero dirige esta puesta en escena donde no escatima la presencia del coro haciendo hablar a sus personajes al unísono, bien coordinados y conjuntados. La tragedia en toda su dimensión.

María Garralón como representante más reconocida en esta obra coral de llanto y muerte.

Y Celia Romero que cuando se arranca con su cante desgarrador hace que la piel se ponga erizada en el acercamiento de nuestra cultura.

Voces dramáticas que se agrupan en los costados contemplativos de una tragedia donde se habla de derecho a decidir, democracia, respeto a los difuntos, toma de decisiones que traen consecuencias, la libertad, el empoderamiento de las mujeres, la necesidad del diálogo y la aceptación de los otros aunque vengan de lejos, el derecho a ser escuchados y no andar siempre de suplicantes, porque lo tenemos merecido.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: MERCADO DE AMORES. Juego, risas y artimañas.

Fábula cómica. Había un esclavo que no era un esclavo y un poderoso hombre de negocios que sí era poderoso y quería controlarlo todo, pero todo se le escapaba del control y se desbarataban sus planes. Había un engaño que engañaba a unos y descolocaba a otros y un mundo de enredo y de intereses y de fingimientos y de trueques, y de lascivia y de lujuria y gracejo y de las cosas no son lo que parecen.

A la postre y a la larga, todo es un Mercado de Amores, de juego, de risas y artimañas, de nubes pasajeras y de tormentas sin truenos.

Plauto, que era comediógrafo, quería que sus congéneres se lo pasaran bien a costa de ridiculizar ciertas actitudes, de mofarse de sus comportamientos, de darles evasión a cambio de unos cuantos cuartos. No era ningún Pánfilo.

Y el protagonista de esta comedia traída desde antaño hasta nuestros días por Eduardo Galán, hace que veamos paralelismos con nuestros coetáneos después de 22 siglos de nada. Pánfilo (Pablo Carbonell) lo que es, es un listo negociante y vividor que quiere medrar para alcanzar el poder y, de paso, también el económico. ¿Les suena de algo? A su lado, personajes que van forjando la trama también de rabiosa actualidad, más o menos escandalosa. Me hago pasar por tal, pero soy cual, finjo que amo, pero busco valor monetario, hazme un favor, a cambio de una comisión o de un beneficio constatado.

Obra con ritmo y desparpajo. Con referencias a nuestra cotidianidad más popular y mediática. Desconcierto concertado. La salida del enredo al más puro teatro barroco, comedia grecolatina que triunfará entre piedras milenarias.

No son ruinas romanas, es la visita al pasado trayéndonos lo que, afortunadamente, no se debe perder nunca, el buen humor y el teatro no sofisticado. Nos predisponen a favor, porque este elenco es muy simpático. No hay ningún personaje que resulte antipático. Con alguno de ellos seguro que nos identificamos.

Muchas horas de trabajo, todo estupendamente coordinado por Marta Torres que lo dirige también disfrutando.

Cuando voy al teatro quiero ver esto, diversión, pero no gratuita, quiero que me saquen también de mi poltrona y pensar que el teatro sigue vivo a pesar de los miles de años en los que Plauto hablaba de tú a tú a sus conciudadanos.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: TITO ANDRÓNICO. Donde casi nadie se salva.

Volver victorioso no significa haber vencido. Cuando el que gana una batalla no sabe gestionar su victoria se convierte, a su vez, en derrotado por los caprichos a los que somete al pueblo, por el despotismo que ejerce sobre los vencidos, porque generará odios y venganzas que acabarán en otras cruentas batallas.

Esto es histórico, y Shakespeare lo sabe. Y por eso se recrea en hacer ver que todo lo que ha subido tiende a bajar y lo que parece no tener visos de mejorar acaba favoreciendo al desvalido.

Tito Andrónico es una tragedia con todas las de la ley. Esas tragedias donde, popularmente, se dice que muere hasta el apuntador. Hay luchas internas, muertes y violaciones, trampas y engaños. Locura y desesperación. Pero siempre surgen fuerzas de flaqueza. Y en medio de todo el drama, el lenguaje de Shakespeare, la belleza de sus palabras, las metáforas inigualables y el gran retrato del ser humano, con sus miserias y necesidades de honor, de venganza, de odio, de escalar posiciones sociales, de luchar contra su destino.

Hace la adaptación Nando López y se pone al frente Antonio C. Guijosa. Deben resolver cómo no ir sembrando de cadáveres el escenario. Y, explícitamente, la sangre nos llevará a la muerte y esta campeará a sus anchas durante todo el montaje.

Personajes que interpretan con solvencia José Vicente Moirón, Alberto Barahona, Carmen Mayordomo, Alberto Lucero, José F. Ramos, Quino Díez, Lucía Fuengallego, Gabriel Moreno, Carlos Silveira e Iván Ugalde. Se entregan por entero, llenan de amargura y dolor el espacio escénico, porque es lo que se espera de ellos. No pierde ritmo el montaje, ningún detalle se escapa.

Shakespeare como mensajero de que las batallas no son buenas. No acaban bien, son el refugio de quien las pone como excusas para humillar y dominar. Debería valer plantearse algunas guerras actuales porque dan igual los motivos, toda guerra acabará en desgracia.

Hay quien dice que al teatro va a evadirse. Pero yo opino que el teatro debe servir de espejo, de modelo, de denuncia, de conciencia, de reflejo de lo que está pasando, aunque la historia se desarrolle hace cientos de años, pero es corta esa distancia. Es verdad que, después, se pueden contar las cosas con humor, con drama, con tragedia, cantando, pero lo importante es que hay alguien dispuesto a contárnoslo y nosotros queremos verlo, aunque sea una tragedia donde casi nadie se salva.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: Ópera Pánica. Bufonada de nada.

Nada es porque sí. Y todo tiene su aquel y su causa. Y cuando Alejandro Jodorowski escribe Ópera Pánica, cabaret trágico, con elementos surrealistas y simbolismos, nos dice y nos canta las verdades del barquero, que no sé cuáles son. Pero sí que hace crítica social, que estamos llenos de contradicciones, que muchas veces no escuchamos ni percibimos a los que tenemos alrededor, que algo negativo puede convertirse en positivo y viceversa, que la espontaneidad es necesaria, que la existencia es fácil o difícil según nos lo tomemos.

Alguien me recriminó o me puso en entredicho que cómo me atrevía a poner en escena un texto del filosófico, existencialista y esotérico Jodorowski, con un grupo de actrices, sí solo actrices, aficionadas, pero eso sí, con mucho espíritu interpretativo. Y no solo me he atrevido a hacerlo, sino que conociendo los inicios mímicos del autor, junto con Etiènne Decroux y Marcel Marceau, pensé que trasladarlo a un mundo clownesco, a una estética circense, no solo no le desagradaría, sino que lo vería con buenos ojos.

Y así, poquito a despacio, fuimos pergeñando el texto de Jodorowski, limando asperezas, desechando escenas, añadiendo otras personales y dotando al espectáculo, no de un cabaret trágico, que lo es, sino de una Bufonada de nada donde no se excluye la amargura de las relaciones personales, la socialización o aislamiento de ciertos personajes, la rehumanización de un realismo imposible.

El grupo, Ensayos Chucrum, siente la inquietud y la responsabilidad de comunicar, por un lado un espectáculo asequible y divertido, y por otro, la esencia de los argumentos de unos personajes sin nombre que representan a buena parte de la sociedad en la que todos convivimos.

Por eso, sin perderle en ningún momento el respeto, es verdad que queremos ser populares y sencillos pero, en la medida de nuestras posibilidades, ofrecer un vehículo de reflexión eficaz, directo, absoluto.

Es decir, no queremos abandonar la forma poética, pero tampoco el divertimento, no pretendemos competir con los grandes montajes de la cartelera madrileña, pero tampoco ser unos simples ejecutores de entretenimiento sin consecuencias personales.

Existe el talento en muchas facetas y formas de llevarlo a cabo. Una de ellas es a través de estos grupos de barrio, aficionados sí, pero entregados, necesarios para que después haya espectadores de teatro, útiles para el vehículo del conocimiento de autores, obras, salas, que serán el inicio de una forma de entender la vida y salir de la rutina del siempre lo mismo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Albero Morate: ME LO DIJERON MIL VECES. No debía de quererte.

Y, sin embargo, te quiero” ¡Vaya letra, la de esta copla! “Me lo dijeron mil veces y yo no quise poner atención”, porque es lo que se hacía antes. Un hombre nos daba todo aunque nos engañara vilmente, aunque se fuera con otras, aunque llegara tarde. No había reproches, “te quiero más que a mi vida”, ya por ahí vamos mal, “no debía de quererte”, hasta que, por fin, me dé cuenta de ello.

Esa era la actitud generalizada de las mujeres que tragaban porque no tenían independencia, ni libertad, y ellos decían que ni criterio.

Las cosas van cambiando, aunque despacio. Demasiado despacio. Incluso hay ciertas regresiones. No lo permitamos. Ya no estamos en la época de la guerra civil, ni en la del franquismo, ni en la transición en la que tampoco cambió nada. El tiempo transcurrido nos hace ver que el conformismo se ha acabado, que la amargura, aunque aparezca de vez en cuando, tiene que terminarse, que la frustración no tiene sentido. El estado de ánimo lo forja una misma, solo hay que saber escucharse.

Cada vez se va tomando más conciencia de que tengo voz y palabra, de que mi tiempo es mío, de que comparto mi espacio con quien quiero.

No niego el amor, ni el ensimismamiento pasajero, pero quiero hacerme entender al igual que yo soy capaz de comprenderte.

Y mis referentes son Lorca y Almodóvar, ¿por qué no? Pero otros poetas también, ellos saben expresar lo que yo siento y se lo agradezco.

Así nos lo hace entender Elena Díaz Barrigón que escribe y dirige este texto reivindicativo con humor y mucho acierto. Esa es la función de la dramaturgia en estos tiempos. Sin perder el ánimo, apoyándose en las amigas, recordándonos con canciones que la vida está marcada por encuentros y desencuentros, por distancias y ausencias, por recuerdos y proyectos. La historia no termina nunca, nos dice el personaje masculino en un momento. No termina, porque detrás vendrán otras ilusiones, y deberemos, como mujeres, afrontar lo bueno y lo malo, no aceptar un destino que no queremos.

A Pepe Alacid le toca enfrentarse con esas mujeres, pasionales, sí, pero también inteligentes y sensitivas que son capaces de darlo todo y no quedarse a merced del viento. Ellas son Elena Díaz, que también lleva todo el peso de la función asumiendo que el destino lo elige ella y no solo valen los “y sin embargo, te quiero”. La acompañan Mechi Oliverio, Gloria Rodríguez y Amaia Vargas, como auténticas amigas al quite de bajones, dudas y rígidos sentimientos.

Me lo dijeron mil veces, pero esta vez sí voy a hacer caso. Pero no a los otros, sino a mí misma, pasando de la presión que ejerza la sociedad, queriendo, pero de verdad, queriendo porque quiero pero, a la mínima, ahí te quedas con tus limitaciones de hombre que no sabe lo que quiere, porque solo se quiere a sí mismo.

En la medida de lo posible, cantaré, aunque sean coplas de sumisión, para no caer en los peligros que estoy temiendo, porque yo sí leo las letras y pongo atención a lo que están diciendo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: Royal GAG Orchestra. La música como antídoto.

¡Pronto, los músicos que se preparen!; que se prepare el público, que se prepare la pista de circo (o el auditorio, o el teatro), que se preparen los pies para bailar y las palmas para aplaudir y la boca para sonreír.

Los acordes suenan, y muy bien. En el escenario están dispuestos 28 músicos y las músicas también están dispuestas a ser ejecutadas (que no liquidadas). No, no van a hacer mofa ni escarnio del concierto. Van a interpretar las mejores y más populares piezas clásicas pero con sentido del humor, que es el único sentido coherente.

Un director, no tan disparatado, pero sí emocional y visceral, entregado a su público si el público se entrega a él. Y eso hacemos. Nos pide aplaudir, aplaudimos. Nos demanda gritar, gritamos, pateamos, nos callamos si nos lo indica, nos batutea, nos maneja a su antojo y nosotros nos dejamos hacer porque queremos pasarlo bien, que ya están los tiempos para otros bochornos.

Él es, en la ficción, Josef Von Ramik, y en la realidad, Juan Francisco Ramos, miembro fundador y actor de Producciones Yllana, que son los que pergeñan este concierto de “no tan locos”. Le quiere hacer competencia, en la irrealidad, Gaspar Krause, que es un violinista virtuoso, Thomas Potiron, con no sé cuantos premios que no enseña, pero se le presuponen nada más verlo, cómo templa el arco y cómo le siguen todos.

Alberto Frías los dirige; ya, eso se cree él, porque en realidad, se dirigen solos. No hay más que ver la fanfarria de orquesta que tienen que, incluso sin batuta que los marque, sacan sonidos puros, pasión y sentimiento a raudales, cuando no nos hacen bailar como posesos en pos de perder el desdoro.

Royal Gag Orchestra, impecables en su vestuario, en los sombreros que no llevan, en sus instrumentos controlados hasta la última nota, en el fervor demostrado por ofrecernos un concierto no al uso, un concierto familiar que llega a los oídos más sordos.

El público es un maestro más, aunque se descoordine un poco. La pura realidad es que venimos a pasarlo de miedo; si al miedo se le transforma en humor, en bellos sonidos, en alegría desbordante, en gag, en real, en orquesta, que hasta se baila un zapateado con el regidor fingido.

La música, nunca mejor dicho, como antídoto. Como ejemplo de divertimento, como cauce universal de entendimiento, como ardoroso espectáculo para todos los públicos, seamos o no, entendidos en arpegios y cadencias, en notas y sonidos. Lo que queremos es… pasarlo divertido.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: DECONSTRUYENDO A L’ENFANT. El maltrato como tema.

El maltrato como tema. El infierno doméstico donde un padre abusa de sus hijos. Así de crudo. Así de real. Así de directo. Normalmente comienzo mis crónicas dando un rodeo sobre el tema del que se trata dando mi humilde opinión o constatando la de otros. En este caso, hay que entrar de lleno en ello. Y no porque la compañía Atreverse lo haga así. Al contrario, vamos enterándonos poco a despacio de las circunstancias que mueven a los personajes a expresarse y manifestarse como lo hacen. Nos van desvelando su interior en dosis de buen texto y magnífica interpretación. Comedida, descubriendo la necesidad de liberarse de tanto yugo opresor cuando eran tan solo unos niños. No eran “enfant” terribles, eran niños sometidos por un padre alcohólico, abusador, despótico, jugador, violento.

Van Deconstruyendo a l’enfant que cristalizó en lo que es ahora. También un alcohólico, pero ya no es violento, está demasiado marcado por las cicatrices del pasado. Nada hay que justifique tales desmanes que traerán consecuencias irreversibles. Tampoco es fácil hablar de este tema sin que te toque al corazón de la emoción. No son entendibles tales comportamientos humanos.

Con dramaturgia de Brel Martínez y dirección de él mismo junto con Jey Nazaré, que también la interpretan, es difícil abstraerse a su hondura, a su desgarro, a su realismo, por lo demás, demasiado más habitual de lo que nos pensamos.

Su expresión es convincente, y tierna al mismo tiempo, robusta y crítica con la tristemente respuesta de la sociedad, que en muchos casos, hace caso omiso de esta lacra que no se menciona hasta que un hecho aciago salta a la actualidad.

Pero para eso está el teatro, para tomar conciencia, y comunicarnos sucesos que en muchas ocasiones desconocemos si no nos tocan directamente.

Da gusto, aunque sea una paradoja (por la crudeza del tema), encontrarse con montajes humildes en sus presupuestos y grandes en sus textos, en sus interpretaciones, en sus planteamientos. Hallazgo en rincones de poco aforo, perlas que correrán una suerte dudosa, dependiendo de la publicidad boca a boca que se les dé. Abogo por ellos. Aquí hay que escribir y representar para la inmensa minoría, y luego que no me vengan diciendo que la oferta es limitada. Lo cierto es que son merecedores de los mejores premios. Por la constancia, por el arrojo, por el tesón, por el esfuerzo, por creer en ellos mismos, aunque cada vez se lea menos, en el sentido de leer obras en vivo, urgentes y necesarias, y que no todos vayan al mismo espectáculo bien situado y con presupuesto de sobra en los forros.

Necesidad social y circunstancial de forma, modo, tiempo y expresión. Temas que fuerzan nuestros sentimientos para removerlos y saber que, en medio de la opulencia, también hay sinceros montajes de calado hondo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: NO SOY TU GITANA. Ni pienso serlo.

Es verdad que nos creamos estereotipos. Que es difícil definir cómo es la idiosincrasia de una poética social cuando hablamos de grupos de personas que nos son ajenos aunque convivan con nosotros habitualmente. Hablo de migrantes, por ejemplo, de gitanos, de artistas, de ingenieros o amas de casa que lo son, pero a la fuerza. Es decir, nos inculcan una idea, nos creemos una forma de existencia que dista mucho de la realidad, pero lo malo es que lo hacemos lugar común y cotidiano sin conocer la objetividad de los auténticos protagonistas.

Ignoro cómo se hace para que no se generalice y caigamos en los mismos clichés, pero un buen sistema, creo, es este, hacer teatro. Contarlo a través de la escena, no para explicarlo, sino para que abramos los ojos.

En No soy tu gitana, con dramaturgia de Nüll García y Silvia Agüero y personificada en la propia Silvia Agüero, hacen ese más sencillo todavía. Contarlo desde el punto de vista de quien lo vive y lo ha sufrido a diario. Nos hace ver que, apreciado desde fuera, son todo prejuicios y desconfianzas.

La gitana, sin menospreciar el calificativo, nos va contando sus sentimientos y el de hace 600 años atrás, el de la literatura y sus intereses estéticos, nos va descubriendo el origen, nos abre los ojos, nos muestra la realidad, pero una realidad, hasta ahora, vista desde los payos que somos todos. Se remonta a la lejanía, que no está tan alejada en la apreciación de lo que representan y nos hace meditar sobre ello.

¿Que tienen sus características propias? Por supuesto. Eso los diferencia y eso los debería hacer más valiosos. Que no son tratados con justicia, que aquí no se trata de discriminación racial, sino más bien clasista, de lástima, de desprecio, de superioridad.

Lo dirige y la llevan con el desparpajo necesario Pamela Palenciano y Nüll García. Y ella, la gitana, se hace grande entre nosotros. ¿Actriz? Pues claro, hay que saber afrontar con fervor ponerse delante de un público y cantarle las verdades al barquero.

Ahí está, todo medido y ensayado, pero con la frescura necesaria para hacernos reír un poco, para hacernos pensar un mucho, para hacernos avergonzarnos bastante, para hacernos autocrítica y reflexión, para entender las sombras de lo establecido, para agradecer que no todo sea sesudo e intelectual, para echar maldiciones a lo que nos incomoda y a los resentimientos escondidos en la vanidad de creernos superiores en todo.

No soy tu gitana, ni pienso serlo, claro que no, cada uno es de uno mismo, y si no te gusta, jódete un poco.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.