Las reseñas de Alberto Morate: LO QUE TÚ NOS DEJAS. Por eso te escribo esto.

Alberto Morate se acercó al Teatro del Barrio a vibrar con Inma Cuevas con Lo que tú nos dejas. La intérprete además estrena en breve Lavar, marcar y enterrar el musical como adelantamos en un reciente post.

Creo que mis palabras, lanzadas al aire o escritas en una carta, te llegarán, de algún modo. No entraba en nuestros planes que ya no estuvieras. Y así lo pienso ahora, después del tiempo. Estás ahora y entre nosotros. En mis recuerdos. En el tiempo que se ha quedado detenido para mí, y aunque siga pasando, no importa. Vivo en un otoño perpetuo. Con las hojas de los árboles caídas por el suelo sin posibilidad de que vuelvan a crecer otras. Con las hojas de mis cartas que te escribo y te leo para que sepas de mí, de nosotros.

Fuiste auténtico, vibrabas con el canto de los pájaros y con los charcos de la lluvia. Sí, ahora soy yo la que llueve por dentro, tu madre. Pero mi anhelo es sentirte, real y cotidiano, a pesar de las circunstancias aciagas de tu partida. Los demás iremos cambiando, tú seguirás perpetuamente siendo el que eras, íntegro, sensible, nuestro.

En este monólogo, Inma Cuevas nos recita un poema, un canto de desolación y desasosiego cargado de ternura y nostalgia. Un estremecimiento en forma de palabras, de silencios, de voz quebrada, de pugna entre hundirse o subsistir en un recuerdo entre la soledad o salir adelante, con la conciencia de los sentimientos. No, no está loca por escribir cartas a su hijo, por lanzarlas al viento, de esa manera lucha y, de alguna forma, es capaz de afrontar tanto sufrimiento.

Basado en un texto de Alba R. Santos, la actriz se autodirige e interpreta con toda la sensibilidad demostrada en otros trabajos, que su canto es libre y necesario, terapéutico, sentido, en un vaivén de entre el pasado y lo que sucederá luego.

Lo que tú nos dejas es un texto herido del corazón, son los órganos de un chico joven que servirán para otros, es el amor sin pretenderlo. Palpita vivo este soliloquio, dulcemente triste, luz tenue de sentimientos que vadean noches, olvidos, silencios.

Amor y palabras, voz y escritura, poesía que no busca el éxito, que se aproxima a ti desde la emoción y resurge desde la sombras y la pesadumbre hasta encogerse el corazón, huérfana y errante que busca encontrarse en un sueño de irrealidad que conecte con lo que está viviendo.

No te olvidaré, hijo, por eso te escribo esto. Nos dejaste, pero sabemos que no estamos solos.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: PENSAR EL DINERO. El dios de la sociedad

El dinero. No lo busques. Posiblemente no lo tienes. Lo más seguro es que lo tengan otros. Hay mucho dinero, pero no lo hay para todos. Y tú no estás entre los que lo poseen.

Los que lo acaparan no suelen acudir a estos teatros, a ver a dos señores, que se hacen llamar Los Torreznos, a que los critiquen. No les gusta, y no es entendible el porqué. Nosotros sí lo entendemos, pero ellos no. No le ven la gracia. Con el dinero no se juega, que siempre se acaba perdiendo. Si lo tienes, claro. Si no, lo que haces es buscarlo sin encontrarlo.

Por eso Rafael Lamata Cotanda y Jaime Vallaure nos lo quieren explicar. Nos dicen cuáles son las 100 empresas mundiales más acaparadoras de dinero. No lo podrás obtener jamás (el dinero) porque lo ostentan ellas (las empresas).

Y nos lo relatan a modo de sorteo de la lotería en algunas ocasiones, de mercado de abastos en subasta en otras o de lonja de pescado al mejor postor. Son dos conferenciantes en un sin vivir en mí, dos bufones que le cantan las verdades al pueblo soberano, dos actores realizando una performance sin perder los estribos, dos intérpretes que improvisan dominando bien la técnica del ensayo para que todo salga como estaba previsto.

Y, además, y para mayor escarnio, nos dan dinero. ¿O es que un céntimo no puede considerarse dinero? Claro que lo es, con un céntimo se crearon grandes fortunas. Eso es de lo que presumen los hacedores de las grandes fortunas, aunque sea difícil creerlos.

Pensar el dinero, pesar el dinero, pasar del dinero, pisar el dinero como si fuera uva y sacarle todo el jugo, posar con dinero, querer beberse el poso del dinero, tener el dinero como cojín para las posaderas. Poderoso caballero es don Dinero. De ahí que en épocas de crisis los pobres son más pobres y los pobres ricos son cada vez menos pobres.

Los Torreznos nos hablan de que el dinero no cambia, pero cambia de manos, aunque no sean las nuestras. Nos muestran que en 14 años el dinero es capaz de multiplicarse por arte de la historia inmediata, porque unas empresas y marcas hacen nacer a otras pero, curiosamente, quien está detrás son las mismas personas. Nos conminan a no ahorrar, porque aunque digan que dinero atrae a dinero, si esto es así, lo poco que tienes se irá donde lo tienen los que más tienen, efecto imán. Con ironía, con los datos sobre la mesa, con el ranking de menos a más.

Conclusión: el dinero está hecho para pecar. Para disfrutar, para quererlo, para verlo pasar. Es hermoso sí, nadie lo puede dudar, es el auténtico dios de nuestra sociedad.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: ADICTOS. Cantos de sirena.

Ya Aldous Huxley en “Un mundo feliz” nos mostraba una sociedad que había ganado en avances tecnológicos y que pretendía una utopía donde no hubiera enfermedades, clases sociales, y todo estuviera repartido, de forma supuesta, equitativamente. Pero se había perdido la libertad, el arte, las emociones… y que, a la postre, sería una manipulación de la política y los poderes fácticos.

Más o menos, eso viene a pasar en Adictos, donde todo, con una blancura aséptica e impoluta, va encaminado a la alta tecnología, a generar mejoras en el modus vivendi, a pretender que las personas puedan caminar sobre las aguas, metafóricamente. Pero, en realidad, como una guadaña que no cercena, la manipulación es evidente, aunque quieran mantenerla oculta. Cantos de sirena. Y, sin embargo, las revoluciones se suceden, las protestas, no conviene tampoco que el mundo se entere de ciertos tejemanejes.

Daniel Dicenta Herrera y Juanma Gómez firman esta blancura de lirios, delirios, locura, experimentos, que van hacia una elegía sin exterminio, solo (y nada menos), que a una trituradora de la libertad, a acuchillar las emociones, porque si se amurallan las conductas, aquí paz y después olvido.

En escena, tres mujeres. Tres actrices que se mantienen en pie con la dignidad de tres gigantes que intentarán luchar contra el stablishment del control remoto. Lola Herrera, hermosa nube en un atardecer soleado, con la elegancia de las grandes damas, metal de oro de la escena. Acompañada de dos no menos estrellas, Lola Baldrich y Ana Labordeta, exactas en sus roles, emitiendo un aroma de cosecha recién segada, de petricor en la cima del mundo. Y, para no dejar el trío solo, se apoyan en la mano firme y decidida, pero con mucha ternura, en la dirección de Magüi Mira, que vive en ellas, que les dedica su balada del silencio para que se ilumine la luna.

Nos acercamos a ese futuro que vaticinan los autores, o la fuerza del amor, del cariño, del instinto humano y no cibernético deberá seguir en la lucha. Aún debe brotar la esperanza entre el nácar hipnótico de los que ya solo ven negocio, manipulación, economía. Seamos Adictos de los valores, no de la tecnología, no de la realidad virtual, no de la modificación genética, no de las máquinas, por mucho que estas hablen y parece que piensen porque si no, llegará un día en que los utensilios (útiles para ellos, los que mandan) seamos nosotros.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: «¿Cómo hemos llegado hasta aquí?» Sin que nadie nos fuerce.

Palabras para exorcizar lo que nos marcó en un camino lleno de piedras. Partiendo de un supuesto Talk Show, Cómo hemos llegado hasta aquí, dos amigas, ahora una, presentadora y la otra, la protagonista de la historia que nos irán contando ambas y todos los escollos que tuvo que pasar la segunda, que tenemos que salvar cada uno constantemente, a no ser que seamos “personas normales”. Pero si un aire distinto nos sopla, entonces solventar los inconvenientes que nos vamos encontrando a cada paso, resulta agotador, fatídico, frustrante a veces, insoportable otras, y enérgicamente injusto muchas más.

Desde los años escolares, ¿por qué tendrán que fijarse en mí aquellas que no les importa cómo soy, cómo me siento, qué gestos hago, o con quién hablo y con quién no lo hago? Y también la madre, la familia, el qué dirán, a nuestra hija no puede sucederle, cómo va a ser lesbiana, o gay, o pedorra, ponga usted por caso, eso ¿en qué cabeza cabe? Y los compañeros, los amigos, entrecomillas, del barrio, del trabajo, los jefes, los que dicen las noticias, los que marcan las leyes, los que nos pretenden, los que no quieren saber nada, los que nos miran de reojo y los que lo hacen de frente con descaro, vaya usted a saber, todos influyentes en cómo me comporto, en cómo me visto, en cómo pienso, en cómo tomo decisiones, si me dejaran, claro.

Y nosotras, tristes a veces, reivindicativas, tímidas, decididas, iracundas, acomodaticias, arrojadas, despreciativas, que solo queremos que nos dejen en paz. Y en libertad, y en soledad cuando nos apetece, y en alegría y en donde nos dé la gana sin que nadie nos fuerce.

Con dramaturgia de Nerea Pérez de las Heras y Olga Iglesias, que lo interpretan con desparpajo, humor a raudales, veracidad tremenda, complicidad extrema, y Andrea Jiménez en la dirección, entre las tres se apoyan, se arropan, se crecen.

Y tratan todos los temas que son materia de escarnio, que son sueños de vindicaciones, que son crítica de las leyes, de las apariencias, que son objeto de noticia en medios de comunicación, que es ironía de lo que no debe hacerse, palabras para liberarse, dejar la sumisión, abrazarse, bailar, si fuera necesario, despelotarse (que no es el caso), reafirmarse por más que pese esa educación ancestral y casposa, por más que queramos infinitamente a la madre aunque ella nos desprecie, por más que esas palabras se queden en el pensamiento cuando se trata de escupirlas al jefe.

No, no somos esclavas, ni bufonas, ni títeres de feria, ni modelos de belleza, ni disminuidas, ni bichos raros, somos lo que somos, porque, sencillamente, nos apetece.

Puede que hayamos llegado hasta aquí por caminos tortuosos de una sociedad devoradora, pero una vez que estamos aquí, queremos hacernos valer, ser titánicas, apretar los dientes, y que el show sea un lugar común donde la gente, espectadores e intérpretes, se encuentren.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: TRIPLE TÉ. Tres eran tres.

Tres eran tres las hijas, hermanas, amigas, rivales, compañeras, del mismo padre y de la misma madre, pero cada una de su padre y de su madre, trillizas, aunque no se parezcan en nada, tres oficios, tres formas de ver y afrontar la vida, tres actitudes, tres personalidades, triplete de ases, triplete de líneas espectrales muy próximas, muy vivas, muy viscerales y, a su vez, humanas, cariñosas, sentidas, frustradas, exitosas, complementarias y necesitadas unas de otras, aunque no lo reconozcan.

Triple Té, en un trabajo dramatúrgico de las propias actrices, ponen sobre la mesa (que podría ser una mesa camilla perfectamente), no solo tres tazas de té humeante. Ponen, en una reunión aplazada, su forma de ser, su papel en este mundo, cómo encaran sus debilidades, cómo aprovechan sus fortalezas, cómo se arraigan en sus emociones. Una se pone en el té mucho azúcar, la otra nada, la otra toma té, pero no le gusta. Le echará sacarina y así se arregla.

El espectro del que hablábamos antes no es un muerto, aunque ya falte la madre, es la sociedad en gran medida: la triunfadora, la que no se arredra, la que se pone enseguida al día, la que no escucha a nadie y no importa porque habla ella. Después viene la que no está a gusto con nadie, o lo aparenta, la que protesta, la gafada, la que pone todo el empeño y otros se lo desbaratan. Y la tercera en discordia bien avenida, la trabajadora, la que no para, la que se entrega, la optimista que se viene abajo, la que requiere compañía y nunca tiene una auténtica pareja. Ella será la que genere y produzca un cambio, hay que romper con todo, tenemos que apoyarnos, salgamos de la zona de confort para entrar en otra zona más auténtica.

Ellas son Eva Latonda, Maru García Ochoa y Mariví Carrillo. Tres tal para cual, tres mellizas, tres estrellas. Las dirige dándoles un aire fresco de mediodía (y no de melancolía), Luis D’Ors, porque no las comprende, pero las acepta, tres insignias de plata en su pechera. Un texto ágil y con ritmo, que nos tiene sentados en las butacas con una sonrisa en la boca. Ellas liberan sus relaciones y nosotros, las secundamos en un tropo de semejanza ficticia que nos afecta porque es tan real y cotidiano, tan de nuestras cercanías, tan vivaz y contumaz, que nosotros mismos somos ellas.

Aunque no sea en presencia, con la interpretación de estas actrices vemos el cariño, el vínculo familiar, la infancia imaginada, lo no sucedido en escena. Pero en las tablas sí constatamos los secretos que se cuentan, sus debilidades y sus fuerzas, la aceptación de lo que son y no querer quedarse quietas. ¿Quién no quisiera tener tres hermanas como estas? Pues eso, vengan a conocerlas, que al final casi nos hacen un trípili para cantar con ellas.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: «Arte nuevo de hacer melindres en estos tiempos». Un pan como unas tortas.

En los textos clásicos, como están libres de derechos de autor, ciertos individuos a los que se les llama gente también, creen que pueden hacer de su lectura un pan como unas tortas. Y pretenden modernizar a costa de erróneas innovaciones para acercar al público de hoy a los autores de ayer con estrambóticas puestas en escena, canciones, músicas, vestuarios e, incluso, lenguaje, obras de teatro a las que solo hay que tratarlas con respeto y comprendiendo qué es lo que dicen. Y, claro, así pasa lo que pasa. Que la palabra se distorsiona, que se cae en la chabacanería o que se desnorta el sentido de la obra primigenia.

De ahí que, la Cía. Kazo, con dirección de Juan Polanco, busque la yema de la esencia del zumo de la harina del maíz de la masa madre. Es decir, cual Cervantes que escribe la mejor novela de caballerías para criticar las novelas de caballerías, ellos ponen el punto de mira en los montajes donde creen que por añadir referencias actuales, ya están recreando un clásico de forma moderna.

Enmarcado dentro del Clasic Off (X Festival Experimental de Teatro Clásico) de Nave 73, en realidad lo que nos traen, en una gran puesta en escena, son Los melindres de Belisa de Lope de Vega, añadiendo precisamente esos estrambotes para darnos a entender que las cosas se hacen bien o mal, pero no es bueno hacer las cosas a medias. Hay sarcasmo y conciencia, ronroneos de interrupciones para que se note que la torta hecha con pan no siempre tiene que ser buena.

Son buenos ellos. Firmes, decididos, valientes, inquietos, juguetones, arriesgados pero, también, respetuosos y concienciados y, encima, dicen bien el verso. (Iba a poner declaman, pero me suena a otra cosa).

Se nota la complicidad entre director y elenco: Alba Amat, Luz Araque, Luis Burgaz, Dani Jara, Nacho León, Raquel Robles, Jesús Rodríguez, Cristina Subirats. Muestran ternura, pasión, alas de querer trascender, algo de miedo, o respeto por lo menos, voluntad, crecimiento, riqueza creativa, solo limitados por el texto del gran Lope, al que hacen suyo, porque él también quisiera que el “Arte Nuevo de hacer comedias en estos tiempos” no se anquilose, se adapte a estos nuevos tiempos pero, ojo, sabiendo que no todo vale y que no todos valen y hay que convencer y divertir a este público que lo agradecerá para que el teatro no se vaya muriendo.

Un pan como unas tortas, hacer algo con gran desacierto, pero no es el caso. Este pan es auténtico. Es divertido, lisonjero, tiene ritmo, tiene calidad, vayan a verlo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: MARÍA CALLAS. SFOGATO.

Alberto Morate se acercó anoche al Teatro Infanta Isabel al estreno de María Callas. Sfogato que hasta el domingo 31 de julio llenará de magia el escenario de este emblemático espacio escénico. Su reseña del espectáculo de SingUS Music lleva por título La Divina.

Hay gente predestinada a triunfar, incluso fracasando. Gente con un halo artístico tan poderoso que encandilará a las masas, lo que les llevará a tener también grandes pasiones, grandes amores, grandes éxitos, estrepitosos abucheos y desprecios. Nadie se puede abstraer al magnetismo de esos personajes.

María Callas fue La Divina. Despertó esas pasiones, iluminó esos corazones y destrozó otros, pero en contrapartida también se lo destrozaron a ella.

En María Callas, Sfogato de Pedro Víllora, el autor sitúa a la cantante en su última reclusión voluntaria, o forzada por las circunstancias, en su casa, con su ama de llaves, Bruna (Anabel Maurín) donde nos trae su vida en palabras, en recuerdos, en la gente que la espera fuera, en los dolores de sus amores, en los loores de sus triunfos, en un tiempo que se acaba pero que revive como María (Mabel del Pozo) y hace regresar a la Callas (Eva Marco) en una vuelta a los escenarios pero también a la intimidad de su soledad y de su corazón, por más que haya sido la fuerza pasional de luces, miserias, sombras y abundancias.

El director, Alberto Frías, trata con delicadeza el ambiente y los personajes, una habitación donde el esfuerzo, las dudas, el pasado,… es todo frágil, empaquetado, como para que no se deteriore lo que hay en su interior. Y en ese interior está ella, María Callas, partida en dos, como un viejo mueble antiguo de gran valor. Solo es capaz de recomponerla Bruna, su fiel asistenta que la oye gritar por dentro, pero la oye cantar por fuera, que procurará que no se desvanezca como humo y se disipe en el aire, aunque no pueda hacer nada por evitarlo, finalmente.

Con un texto justo y evocador de sus peripecias, pero emocional y sentido, las actrices y la cantante (Eva Marco) muestran su belleza interpretativa, mientras suena un piano que es como una brisa (Natalia Belenova) y los recuerdos de la diva, se nos hacen nuestros y se nos acercan.

La palabra llama al fuego de la pasión de una vida. Se condensa la voz divina en un escenario evocador de vitalidad ya apagada. Y canta. Y grita. Y susurra, y se confiesa, y no deja de soñar, hasta el último sueño definitivo, donde el público, puesto en pie, aplaudirá con energía este regalo como en los mejores tiempos de María Callas, soprano sfogato, La Divina.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: COMO GEISHAS POR ARROZAL

Arroz y sushi

Alguna vez oí a mi madre esa expresión, “como geisha por arrozal”, y nunca supe qué quería decir realmente. Entendía “como”, entendía “geisha”, a pesar de mi adolescencia, sabía qué era “por”, y también sabía qué era un “arrozal”. Pero me costaba unir las cuatro palabras y me quedaba sin saber qué quería decir mi madre. Nunca se lo pregunté, porque me hacía gracia la expresión.

Y, hete aquí, que hoy me encuentro que la compañía Mstalla también la utiliza para su montaje donde, efectivamente, hay geishas y el arrozal es el escenario.

Pareciera que es un texto sin pies ni cabeza pero, muy al contrario, los tiene, los pies, las cabezas, los cuerpos, el humor, el absurdo, la intriga, el desorden, la positividad y, quizás, la sensualidad, el morbo, la crítica y, también, ¿por qué no?, la fusión gastronómica entre la cocina mediterránea y la japonesa, tan de moda últimamente por los cocineros Alberto Chicote, Dabiz Muñoz, y Ricardo Sanz, por ejemplo. Arroz y sushi, en una mezcla de teatro de intriga, de varietés, de zarzuela, de comedia astracanada y de teatro No. Es decir, elegancia, belleza, misterio, humor.

Pues eso, Como geishas por arrozal, con dirección de Eduardo Solís O’connor, por lo tanto también, un fusionado irlandés o vaya usted a saber.

De lo que se trata, (pero no se preocupen, no les voy a desvelar el argumento), es de proporcionar cierta dosis de sorpresa, de pasión, de polémica, de imprecisión, de vaguedad, (no por pocas ganas de hacer las cosas, sino porque nada hay más ambiguo que unos japoneses que se pirren por el flamenco), para que unas bailaoras/espías tengan que cargarse al heredero del imperio japonés. Y no desvelo nada, que esto viene en la sinopsis del grupo.

Sonia de Rojas, Estíbaliz Juncal, Gala Gancedo, Auxi Manzano, Jade-Shekina Santana se defienden y contradicen, son geishas y poetas, actrices y flamencas, amorosas y asesinas.

Este argumento desvela poco de la trama y no quedará más remedio que acercarse a verlo, porque cuanto menos, encontraremos una puesta en escena original y confusa, pero a propósito, donde el énfasis está en cómo lo hacen y no en qué es lo que dicen.

Creo que ahora he entendido mejor a mi materna cuando decía “como geisha por arrozal”, porque me estaba diciendo: vete a ver esta obra cuando la pongan, porque será inevitable que después escribas sobre ella.

Amén.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: YOU SAY TOMATO

La profesión de cómico, de músico, de artista

¡Actuación, entre otras actividades, de una pareja musical-bailarina en las fiestas del pueblo! Pero, ¿esto qué es? ¿Dónde hemos venido a parar? ¡Tanta trayectoria, tantos buenos deseos, tantas ilusiones, y mira, en qué nos hemos convertido!

Así podrían hablar Santi y Noelia (Joan Negrié y Anna Moliner) una pareja sentimental y artística que después de más de una década siguen buscando su identidad.

Se compenetran, pero tienen sus diferentes puntos de vista. Uno, él, pesimista, ella optimista, aunque después puedan cambiar las tornas. Se han exiliado de la música. Y viven por ella. Quieren y necesitan rescatarse, sentir los aplausos, conceder entrevistas, alcanzar sus sueños. Que no son otros que los aplausos, el reconocimiento, la liberación del deseo reprimido, el éxito que otros consiguen con menos méritos.

No, esto de vivir en medio de un camino pedregoso no es para débiles. Pero también se cansa uno. Y salen a relucir las debilidades, los oscuros pensamientos, los amenazantes delirios de grandeza, la pasión por lo que se hace y la poca recompensa.

Joan Yago escribe un texto redondo, sin flecos, emocionalmente perfecto aunque esté cargado de humor, porque también tiene una gran dosis de sentimientos. Lanza un grito tímido, pero contundente, sobre la profesión de cómico, de músico, de artista. ¡Cuántos bolos, cuántas penurias, cuántos pilones en los que nos estrellamos cuando acudimos a plazas en las que ni siquiera sabemos si tendremos público! Miles de preponderantes, que si se cobra poco, tarde y mal, que si nos ceden un espacio sin unos mínimos, que si no está anunciado, que si tal, que si pascual.

Y todo eso hace cuestionarse las relaciones personales. Hacer retrospectiva y ver si ha merecido la pena y, sobre todo, las alegrías. Hay veces que no solo se trata de abandonar la zona de confort, sino de plantearse si ese confort era auténtico. El dilema, no del ser o no ser, sino si lo estamos haciendo bien.

Joan Maria Segura Bernadas lo dirige con todo el cariño del mundo porque conoce el oficio. Porque quiere sacarle brillo a una superficie mate y le saca oro a una veta profunda. Y los dos intérpretes, Joan Negrié y Anna Moliner, inmensos, compenetrados, necesitados uno de la otra y viceversa, fuertes en su debilidad, incomprendidos en la comprensión que se tienen entre ellos.

Supervivientes en este You say Tomato, “tú dices tomate”, canción de Ella Fitzgerald y que marcará el hilo conductor de estos desvelos, de estos artistas, de estos esfuerzos, que merecen su recompensa. ¡De verdad, no dejen de verlo! Aunque no sean las fiestas del pueblo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: CASTROPONCE

Teoría y praxis para una vanguardia del siglo XXI

El teatro existe

Poética del teatro y la política, si es que existiera la poética, que nadie sabe lo que es. Más que una reseña sobre un espectáculo teatral o un monólogo interpretativo o discursivo con tonos humorísticos, filosóficos, sociales y tintes agrupativos, o corporativos, no sé, que la palabra agrupativo el procesador de texto me la subraya en rojo y puede que esté mal, pero me da lo mismo.

En España, ¿cuántos pueden acudir a ver teatro en condiciones? O incluso, en malas condiciones. Es decir, eso de que proliferan por doquier grupos de aficionados teatrales que alimentan sus egos y su necesidad de compañía creando compañías, valga la redundancia, para representar a sus convecinos, no es tan sencillo en ese territorio vaciado, en esa España olvidada hasta por los políticos en sus campañas de propagandas electorales.

Sin embargo, Pablo Rosal, con Castroponce, un municipio vallisoletano perdido de la mano de los que se fueron yendo, utiliza el lugar para ofrecernos un simposio donde se analizará la Teoría y praxis de una vanguardia del siglo XXI. Por cierto, ¿qué es el siglo XXI?

Él mismo y él solito, como no podía ser de otra manera, por el ambiente rural en el que nos hallamos, nos relata con pelos y señales todas las circunstancias de ese congreso donde las mejores versiones de la cultura nos darán su parecer y las circunstancias culturales, teatrales y políticas en las que se desenvuelven.

Es una muy interesante situación de sillas vacías que no lo están, del efecto poético que llega a un rincón del país que casi nadie habita. No obstante, el encuentro y las ponencias, por llamarlas de alguna manera, se llevan a cabo con suficiente calidad intelectual y hasta se dispone de un piano y un músico que también se expresa adecuadamente.

Por lo tanto, no hay tremendismo. A pesar de la supervivencia, hay, como ya hemos dicho, humor, realismo, teatro en sí mismo, ideas, pareceres, causas y efectos.

Lo que hace que en el plano de la política y la teatralidad, se vea claramente que hay técnicas parecidas. Con la seriedad y sistematización de apertura a un mundo que está ahí, en lo oscuro, y nunca saldrá de aquello.

Pablo Rosal nos conciencia de que todas estas ideas son ciertamente universales, y uno nunca debe dejar de renovarse en el campo cultural y artístico. Todo esto me lleva a recordar esa gran película de José Luis Cuerda, “Amanece que no es poco”, donde indefectiblemente cualquier cosa puede suceder en la España oculta.

Después de Castroponce, parece ser que el teatro existe, solo hay que saber descubrirlo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.