Las reseñas de Alberto Morate: TRIPLE TÉ. Tres eran tres.

Tres eran tres las hijas, hermanas, amigas, rivales, compañeras, del mismo padre y de la misma madre, pero cada una de su padre y de su madre, trillizas, aunque no se parezcan en nada, tres oficios, tres formas de ver y afrontar la vida, tres actitudes, tres personalidades, triplete de ases, triplete de líneas espectrales muy próximas, muy vivas, muy viscerales y, a su vez, humanas, cariñosas, sentidas, frustradas, exitosas, complementarias y necesitadas unas de otras, aunque no lo reconozcan.

Triple Té, en un trabajo dramatúrgico de las propias actrices, ponen sobre la mesa (que podría ser una mesa camilla perfectamente), no solo tres tazas de té humeante. Ponen, en una reunión aplazada, su forma de ser, su papel en este mundo, cómo encaran sus debilidades, cómo aprovechan sus fortalezas, cómo se arraigan en sus emociones. Una se pone en el té mucho azúcar, la otra nada, la otra toma té, pero no le gusta. Le echará sacarina y así se arregla.

El espectro del que hablábamos antes no es un muerto, aunque ya falte la madre, es la sociedad en gran medida: la triunfadora, la que no se arredra, la que se pone enseguida al día, la que no escucha a nadie y no importa porque habla ella. Después viene la que no está a gusto con nadie, o lo aparenta, la que protesta, la gafada, la que pone todo el empeño y otros se lo desbaratan. Y la tercera en discordia bien avenida, la trabajadora, la que no para, la que se entrega, la optimista que se viene abajo, la que requiere compañía y nunca tiene una auténtica pareja. Ella será la que genere y produzca un cambio, hay que romper con todo, tenemos que apoyarnos, salgamos de la zona de confort para entrar en otra zona más auténtica.

Ellas son Eva Latonda, Maru García Ochoa y Mariví Carrillo. Tres tal para cual, tres mellizas, tres estrellas. Las dirige dándoles un aire fresco de mediodía (y no de melancolía), Luis D’Ors, porque no las comprende, pero las acepta, tres insignias de plata en su pechera. Un texto ágil y con ritmo, que nos tiene sentados en las butacas con una sonrisa en la boca. Ellas liberan sus relaciones y nosotros, las secundamos en un tropo de semejanza ficticia que nos afecta porque es tan real y cotidiano, tan de nuestras cercanías, tan vivaz y contumaz, que nosotros mismos somos ellas.

Aunque no sea en presencia, con la interpretación de estas actrices vemos el cariño, el vínculo familiar, la infancia imaginada, lo no sucedido en escena. Pero en las tablas sí constatamos los secretos que se cuentan, sus debilidades y sus fuerzas, la aceptación de lo que son y no querer quedarse quietas. ¿Quién no quisiera tener tres hermanas como estas? Pues eso, vengan a conocerlas, que al final casi nos hacen un trípili para cantar con ellas.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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