Las reseñas de Alberto Morate: YERMA. Yo misma he matado a mi hijo.

Yerma debería ser una canción. Una canción triste, pero no conformista. También un mar embravecido. No quiere conformarse con unas aguas calmadas.

Tiene mucha pasión en su interior, tiene un sueño. Un sueño fértil que no consigue hacer realidad.

Yerma está en sombras. Es la noche inmensa sin estrellas. Ve germinar los campos, ve prosperar a su marido, pero se le escapa el sueño en la frustración de no conseguir lo que más desea.

Yerma lo intenta, pero ha perdido la risa. Sí, podría mandarlo todo a la mierda y olvidarse del honor, de las convenciones, y seguir el dictado de su corazón. Pero estamos en 1934, como nos lo recuerda Teatro Urgente en su prólogo, y tendrá que luchar, todavía, contra costumbres casposas de una España de sacristía y en niebla.

Yerma no puede respirar, no la dejan. Le pesa el alma. Y aún no le han crecido las alas para buscar otro nido, para amanecer en una independencia en la que solo se necesite a sí misma.

Seguirá estando desnuda en boca de todos, de las lavanderas, de sus cuñadas silenciosas, de Juan, su marido que no cree en ella, de Víctor, que sí la desea pero teme ese qué dirán y por eso se marcha. Han puesto límites a Yerma. Está entre rejas, las propias y las que le tienden para que no se salga con la suya.

Cada lectura de Yerma, cada representación, cada visión, debe ajustarse a la emoción que engendra. Yerma no puede preñarse, pero desencadena un vergel de sentimientos, un ansia de poesía, una exigencia social que no pasa de tiempo ni de moda.

Están las palabras y diálogos de Federico García Lorca, auténticas, vivas, verdaderas. Está la puesta en escena de Teatro Urgente, con Ernesto Caballero a la cabeza, un poema trágico con Karina Garantivá como protagonista que no se arredra, sabiendo que ella misma se condena. Aunque desde el público no la juzguemos, porque es nuestra.

Yerma espera que la comprendamos, a pesar de la violencia final. La única forma de arrancarse esa obsesión es quitando de en medio a quien la hace fracasar (“yo misma he matado a mi hijo”).

Completan el reparto de esta versión acercándola a nuestra estética actual, además de Karina Garantivá, Rafael Delgado, Felipe Ansola, Raquel Vicente, Ksenia Guinea y Ana Sañiz.

En otra crónica anterior señalé que cada Yerma, dependiendo de quién la personifique y cómo, será distinta. Como debe de ser. Cada Yerma renace en cada nuevo montaje, en cada nueva función, porque es un embrión fecundado que Lorca nos dejó para que cada uno lo desarrollara como quisiera.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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Un comentario sobre “Las reseñas de Alberto Morate: YERMA. Yo misma he matado a mi hijo.

  1. Yerma una mujer que fruto de los convencionalismos de la época , es una mujer desesperada que no sabe ya como seguir adelante , que ha ido poco a poco muriéndose en vida por la imposibilidad de tener hijos y que al final termina con la vida de su marido de forma trágica , ya que no cabía que terminara de otra forma….y yo me pregunto cuantas Yermas quedan hoy perdidas y ahogadas aún víctimas de la cultura machista…..

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