Las reseñas de Alberto Morate: LENGUA MADRE. El tema de la libertad.

Vamos a hablar, vamos a contar, vamos a leer, a decir, a que la gente se entere. Queremos visibilizar todas las posibles necesidades, posiciones, ideas al respecto de la maternidad y de cómo y quién lo asume.

Se han acabado los tiempos de las familias tradicionales, del “se te está pasando el arroz”, del disimulo y de esconderse en el armario, o el de servir a los otros en las tareas domésticas, o el “para cuándo los niños”. Cada una tiene su forma de entender cómo quiere ser madre, o padre, o ambas funciones.

Hay quien no quiere, hay quien se considera mala madre, hay quien quiere compartir, hay quien desea adoptar y no le dejan, quien se somete a fecundación in vitro, hay quien aborta y quien no le da la gana, hay quien tiene que abandonar a su familia y después crea otra, hay quien tiene hijos/as con varios padres, hay adolescentes sin ayuda, hay quien quiere ser madre siendo padre… En definitiva, todo se reduce, o se agranda, hacia la libertad. Pero, para alcanzar esa libertad hay, también, que luchar con la política. Con los intereses de otros, con los perjuicios, con los vacíos legales.

Fotografía cedida por el Centro Dramático Nacional de la obra «Lengua Madre. EFE/Centro Dramático Nacional

Hemos tenido que manifestarnos, recibir varapalos, gastar dinero, mucho tiempo de espera, sufrido vejaciones, desprecios, críticas, darnos de cabezazos contra el sistema, pasar días sufriendo y noches amargas, cuidar bebés, darles el biberón, desvelarnos por las noches, discutir con nuestras parejas, contactar a miles de kilómetros con alguien dispuesto a echarnos una mano, luchar con la conciliación familiar y laboral, desenterrarnos de nuestras emociones y sentimientos, recibir desprecios, encontrar negativas, ser invisibles en muchos casos.

Lengua madre, un tratado de un esfuerzo, una conferencia ilustrada con ejemplos vivos, un libro abierto que nadie lee y todos creen que saben, una biblioteca para gritar y ser escuchadas, una luz encendida en medio de un páramo social, una necesidad de ayuda, un itinerario sin guía, un tiempo donde ya nada debería ser como antes.

Lola Arias, que escribe y dirige este teatro documento, esta acción sin acción, esta realidad teatral, este querer el entendimiento por encima de todo, se nutre de experiencias reales, vividas, y marcan un frente imborrable de lucha, de palabras que tengan sentido en el interior de las actuaciones de cada una, en la exigencia de conductas que otros no aprueban, en la necesidad de echarse, si no a la calle, a la conciencia, a la tolerancia, a que no prohíban, a que no tengan que mendigar y, mucho menos, ocultarse.

Saludamos al elenco de convecinos/as que tenemos cerca, en este caso son Paloma Calle, Rubén Castro, Susana Cintado, Pedro Fuentes, Eva Higueras, Silvia Nanclares, Laura Ordás, Candela Sanz y Besha Wear. Todos conocemos casos, todos, en algún momento, callamos, pero hay que dejar vivir, incluso si no es lo que yo pienso.

De ahí, el tema de la libertad, el tema del miedo, el tema de la indignación, el tema de la necesidad, el tema del amor, el tema de las relaciones, el tema del cuidado de los hijos, el tema de los luchadores. (Permítanme que no utilice la x, ni la @, ni la e como terminación genérica, porque, ese, es otro tema). Lengua madre.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: 1.888. SEÑORITA JULIA. Tiempos

Aquello no podía terminar bien. No era amor, posiblemente, al principio, ni pasión. Era un juego de instintos primarios. La mujer noble que quiere entretenerse con uno de sus sirvientes. El lacayo que ve un reto en conquistar a la hija de su patrón, queriendo demostrar que no es tan servil, ni tan gañán, ni tan bajo. Nunca le ha quitado el ojo de encima a ella, estaba el morbo de conseguir algo, hasta el momento, inalcanzable. Ella, por su parte, también se había insinuado conscientemente de que producía atracción prohibida y deseada.

Por fin, quedan solos, desatan sus pasiones, y aunque no quieren implicarse, algo les imbuye a superar más retos. El de la condición social, el de lo irremediable y el arrepentimiento, el de quedar por encima o ver quién llega más lejos.

En esta versión de La señorita Julia de August Strindberg, escrita en la cercanía de 1888, cuando todavía ciertos comportamientos sociales estaban muy marcados por la procedencia dinástica y las funciones laborales, que estos dos mundos se encuentren por un simple hecho sexual, por un marcado comportamiento aprovechando la ausencia de quien realmente lleva las riendas de la vida de todos, suponía un guantazo a la moral de la época. De ahí que en el título de la versión 1888. Señorita Julia, nos recuerden que es en esa fecha cuando se desarrollan los acontecimientos, pero son tiempos que, en este sentido, no están tan lejanos.

La versión la firma Xoán Carlos Mejuto, que también la dirige y la interpreta, a través de la compañía Estudo Momento de Galicia. La hermosa Julia es Iria Ares, ojos que quieren mirar más allá del horizonte, pero que nunca pudo hacerlo. Ahora, cuando tiene la oportunidad, le cuesta desprenderse de su pájaro en la jaula, ella misma, quizás, en su jaula de heredad con puertas al campo. Los dos, pájaro y mujer, tendrán el mismo destino, al fin y al cabo, sin ánimo de desvelar lo que les ocurrió a ambos. Él solo quería entretenerse un rato.

Es una versión sobria, pero directa, que apela al espectador cercano, que tiene la fuerza de la palabra, en la que se dirime una lucha interna de acobardada defensa, de verdad a medias, de cierto remordimiento, pero no de arrepentimiento.

Juan y Julia no pueden coger el tren que está pasando para ellos. Estaban, desde el principio, abocados al fracaso, no dejan de ser dos desconocidos desmedidos en un momento dado, una vida entera para acabar de esta manera, una corta vida disuelta en el humo de la desesperanza.

Es la tragedia de finales del XIX, pero que en el primer cuarto del XXI puede seguir pasando. Y tal cual nos la han contado.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: SER O NO SER, cómicos héroes

Hay héroes que lo son sin saber que lo pueden ser. Héroes vivos, porque los muertos nos sirven de poco. Resistiendo, haciendo frente a base de entusiasmo, siempre; de miedo, muchas veces; de coraje, no queda más remedio.

Ahí se dirime el conocido epígrafe “Ser o no ser” del monólogo de Hamlet con la calavera de Yorick en la mano, en la obra de Shakespeare. Hamlet es el camino que nos lleva a hacerle frente a toda la parafernalia estructural y opresora de los nazis antes de la segunda gran guerra del siglo XX, a una compañía de teatro compuesta por héroes que deberán interpretar, en algunos casos, a seres abyectos.

Pero no es cuestión de contar aquí la película de Ernst Lubitsch, “To be or not to be” de 1942, y que no ha perdido ni un ápice de su frescura, de comicidad, de su crítica, de su buen acabado, delicia de todo aquel al que le guste el cine bueno. (Los jóvenes que no se la pierdan, si aún no les ha llegado).

Lo que tratamos aquí es de ver si esa gran cinta en blanco y negro resiste el paso por el teatro. Si son capaces de imbuirnos en el espíritu cómico, sarcástico, punzante y de denuncia al mismo tiempo. Y lo consiguen. Claro que lo consiguen, añadiendo en algunos casos secuencias filmadas al estilo del cine del momento, sin alardes escenográficos, con el vestuario adecuadísimo y, lo principal, con una gran adaptación y una encomiable interpretación por parte de todo el elenco.

Bernardo Sánchez es el que firma la versión y puede darse por más que satisfecho. Y lo dirige Juan Echanove que también interpreta al personaje principal como un héroe que parece venido a menos, pero que se engrandece en su interpretación a medida que se va desarrollando la trama, con el apoyo indispensable de unos estupendos representantes que también ejercen de héroes sin saberlo. Incluso los personajes de los nazis son cercanos, humanos, aunque no quieran parecerlo, divertidos, buenos, en cuanto a su bien hacer al servicio de esta comedia con ritmo, con mil aciertos, con la capacidad de ser lo que Shakespeare, o Lubitsch, o cualquier teatrero o cinéfilo hubiera querido no perderse como espectador entregado y exigente y serio.

Con Juan Echanove están también Lucía Quintana, Ángel Burgos, Gabriel Garbisu, David Pinilla, Eugenio Villota, Nicolás Illoro y tengo que mencionarlos a todos porque todos contribuyen al éxito.

Ser o no ser, hasta en los tiempos difíciles mostrar humor es ser inteligente, lamentarse todo el tiempo es no serlo. Ser o no ser, resistiendo. Teatro dentro del teatro sacado del cine, teatro por fuera, teatro por dentro. Teatro necesario en tiempos convulsos de guerra, en situaciones al límite de héroes anónimos que luchan en lo que saben hacerlo.

En este caso, los cómicos héroes son los que se enfrentan a la represión tiránica y despótica de un hecho aciago. Pero también podrían unirse maestros, músicos, escritores, periodistas, amas de casa, ejecutivos, obreros,… todo aquel que esté dispuesto a aportar con lo que sabe, como buenamente pueda, a acabar con esta locura de invasiones de energúmenos que no son héroes, sino espectros vivos que solo quieren que el mundo esté a sus pies, y muerto.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: EL CUIDADOR, antihéroes

Harold Pinter se pone el traje de mendigo, de marginado social que no quiere trabajar en nada, quizás por falta de oportunidades o porque no hay un trabajo adecuado a su categoría después de, supuestamente, haber ejercido en cien mil oficios distintos.

Harold Pinter fue un dramaturgo, guionista, poeta, actor, director y activista político inglés que ganó el Premio Nobel y que tocó todos los palos de la escritura y más.

No sé si Harold Pinter cree en la revolución social, pero nos la presenta, en este caso, con la obra El cuidador, de manera realista y algo existencialista, es decir, la condición humana a través del análisis de la libertad, la responsabilidad individual , las emociones, así como el significado de la vida.

En la traducción de Juan Asperilla, este nos acerca esa realidad a nuestros nombres, nuestro entorno, nuestra historia cotidiana, reciente y española. De esta manera, Harold Pinter se asemeja a nuestros Infante don Juan Manuel, Lope de Rueda, Lope de Vega, Moratín o Valle, por poner solo unos cuantos ejemplos.

Harold Pinter, pero en este caso, Antonio Simón que dirige el montaje, nos abre las puertas de una casa que está hecha un desastre, nos cierra entre cuatro paredes con unos personajes cuando menos necesitados de comunicación, pero aislados entre ellos, revolucionarios sin mostrar un ápice de implicación social. Son antihéroes. Su hazaña es sobrevivir, conseguir que el agua que se cuela por el techo por una gotera que nadie pretende arreglar, o como un piso que nadie se plantea adecentar, y como una vida que no quieren que nadie les toque, considerar que esa forma de vivir es la auténtica y no tiene nadie que venir a tocarles la libertad.

La libertad de estar abocados al fracaso, la libertad de tener la conciencia tranquila, la libertad de defenderse, aunque nadie los venga a atacar. Quieren continuidad, y si no la hay, se tendrán que marchar hasta que alguien los acoja en otros bares, en otros pisos, en otros tugurios, en otras dialécticas, un enchufe eléctrico que nunca se arreglará.

Joaquín Climent está enorme en su personaje de menesteroso, creación altamente humana, que no sueña pero tiene pesadillas, filósofo de andar por casa, eterno poeta que no escribe versos, un Max Estrella de la vida sin ceguera, porque todo lo ve claro, aunque se pueda equivocar. Y Alex Barahona y Juan Díaz, no le van a la zaga en sus interpretaciones, más prosaicos, pero no menos líricos, quizás más viejos que el personaje de Climent, si no en edad, en ostracismo, en pesimismo, en caer en el error que no cometerán porque no se darán cuenta de su simplicidad.

El cuidador es una obra social, es un texto de conciencia, es la esencia de la dimensión humana, la personal y la social. Pero no se lleven las manos a la cabeza pensando que es una obra de significativa complicación textual, está cargada de humor, de ritmo, de interés, de sencillez dentro de la complejidad. Comedia humana de personajes que nos podemos encontrar al dar la vuelta a la esquina, o que están en nuestras comunes colmenas de pisos, o en los parques y las plazas o, como en este caso, en el escenario con una propuesta necesaria y, por ende, natural.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: PAX DE DEUS, codo con codo

Muy a menudo estamos habituados a hacer las cosas a medias. No a medio hacer, sino entre dos. Las parejas se dan la mano, el ajedrez se juega entre dos, y los bailarines hacen paso a dos, que simboliza el amor de una pareja (dicen) e ilustra los momentos más poéticos de un ballet.

Pero si en esa pareja uno de los dos no mueve los pies, no sonríe, come pipas haciendo desnudarse a su partenaire, o calza una pierna ortopédica, ¿qué es lo que nos van a ofrecer?

Pues una suerte de danza contemporánea trastabillada, no porque den tropiezos o titubeen en su forma de hacer, sino porque se distribuyen el cometido del ballet, el de la performance, el de la mezcla de la música clásica de Tchaikovski y el más clásico Franco Battiato, entre otros compases y silencios, porque hay humor sin guerra y comunicación sin palabras, y movimientos de oleaje corporal con un cuerpo estático, cruces de árbol con viento con un ave en sus ramas que resiste el envite de la oscilación, los giros y el porté.

En este Pas de deux, que ya es difícil de pronunciar si no sabes francés, el bailarín, coreógrafo, docente, creador, Chevi Muraday, sujeta fuerte a su pareja, Ana Esmith (o Miss Beige), con la que defiende, y muy bien, este espectáculo de fuerza y risa, de vuelo y un poquito de claqué, de vela al viento agarrada a una mirada fija que no pierde el equilibrio, y que se desarrolla como una propuesta divertida e innovadora que acerca a la danza a los que difícilmente sabemos coordinar los dos pies.

Paso a dos, como los que se persiguen, como los clowns que salen pegaditos al escenario, paso a dos como en el lago de los cisnes donde uno es el patito feo, paso a dos de El cascanueces y el hada de azúcar, paso a dos, o a tres, o a cuatro de los amantes de Carmen de Bizet, paso a dos de un bailarín y su escudera, cual quijote y sancha, paso a dos de Romeo y Julieta y de todas las parejas que en el mundo han sido, paso a dos, sin cuarta pared.

No es dicotomía, ni partición ni división, es dualidad de dos formas de ver la vida pero integrados en un mismo existir, es diformismo en la manera de bailar, pero no en la concepción de sentido del espectáculo, de la visión de que a dos, codo con codo en el escenario, o pie con pie, como decía el poeta, “somos mucho más que dos”.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.