Las reseñas de Alberto Morate: 1.888. SEÑORITA JULIA. Tiempos

Aquello no podía terminar bien. No era amor, posiblemente, al principio, ni pasión. Era un juego de instintos primarios. La mujer noble que quiere entretenerse con uno de sus sirvientes. El lacayo que ve un reto en conquistar a la hija de su patrón, queriendo demostrar que no es tan servil, ni tan gañán, ni tan bajo. Nunca le ha quitado el ojo de encima a ella, estaba el morbo de conseguir algo, hasta el momento, inalcanzable. Ella, por su parte, también se había insinuado conscientemente de que producía atracción prohibida y deseada.

Por fin, quedan solos, desatan sus pasiones, y aunque no quieren implicarse, algo les imbuye a superar más retos. El de la condición social, el de lo irremediable y el arrepentimiento, el de quedar por encima o ver quién llega más lejos.

En esta versión de La señorita Julia de August Strindberg, escrita en la cercanía de 1888, cuando todavía ciertos comportamientos sociales estaban muy marcados por la procedencia dinástica y las funciones laborales, que estos dos mundos se encuentren por un simple hecho sexual, por un marcado comportamiento aprovechando la ausencia de quien realmente lleva las riendas de la vida de todos, suponía un guantazo a la moral de la época. De ahí que en el título de la versión 1888. Señorita Julia, nos recuerden que es en esa fecha cuando se desarrollan los acontecimientos, pero son tiempos que, en este sentido, no están tan lejanos.

La versión la firma Xoán Carlos Mejuto, que también la dirige y la interpreta, a través de la compañía Estudo Momento de Galicia. La hermosa Julia es Iria Ares, ojos que quieren mirar más allá del horizonte, pero que nunca pudo hacerlo. Ahora, cuando tiene la oportunidad, le cuesta desprenderse de su pájaro en la jaula, ella misma, quizás, en su jaula de heredad con puertas al campo. Los dos, pájaro y mujer, tendrán el mismo destino, al fin y al cabo, sin ánimo de desvelar lo que les ocurrió a ambos. Él solo quería entretenerse un rato.

Es una versión sobria, pero directa, que apela al espectador cercano, que tiene la fuerza de la palabra, en la que se dirime una lucha interna de acobardada defensa, de verdad a medias, de cierto remordimiento, pero no de arrepentimiento.

Juan y Julia no pueden coger el tren que está pasando para ellos. Estaban, desde el principio, abocados al fracaso, no dejan de ser dos desconocidos desmedidos en un momento dado, una vida entera para acabar de esta manera, una corta vida disuelta en el humo de la desesperanza.

Es la tragedia de finales del XIX, pero que en el primer cuarto del XXI puede seguir pasando. Y tal cual nos la han contado.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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