No recuerdo la primera vez que me ‘topé’ con la imponente figura de Dolly Parton. Seguramente fue en algún videoclub en los 90 cuando deambulaba como mi Disneyland particular por los pasillos de uno de ellos. Es decir, creo que la conocí en su faceta como actriz, más que en la de cantante. Fueron las redes sociales las que me pusieron en la pista de que ese personaje tan excesivo como icónico podría ser de mi interés. Empecé a escucharla a través de su música, pero también en entrevistas a través de Youtube. Me parecía hipnótica. Su forma de expresarse, su forma de mirar a la cámara. En esta época de iconos de rompe y rasga, de héroes virales con la duración de un café, ella era y siempre será verdaderamente ICÓNICA. De su indudable talento musical poco se puede decir, pero cuando uno descubre su figura como icono de Estados Unidos se sobresalta al darse cuenta de su impronta.
Dolly Parton era mucho más que ‘la reina del country’, un género que en países como España no ha pegado excesivamente. Era y siempre será una LEYENDA. Ella misma la ha forjado durante más de 5 décadas y descubrir un poco más de su figura desde la perspectiva de una persona que no es precisamente fan de la artista como Beatriz Navarro en Dolly Parton. Un retrato americano se convierte hoy en más que necesario. Representante del sueño americano, Dolly era América y América era ella.
Más allá de su icónica I will always love you cuyos royalties vía Whitney la llevaron a «poder comprarme muchas pelucas», Dolly era un ejemplo de construcción de un personaje que ha conectado de una forma muy emocional con personas de todo el mundo-también por su labor filantrópica, capaz de trascender su aparente localismo para llegar al corazón de millones de espectadores.
Hoy el mundo se ha apagado durante un rato, pero la luz de su Jolene nos seguirá iluminando de 9 a 5 por siempre jamás.
Dolly, I will always love you.

