Las reseñas de Alberto Morate: 1.888. SEÑORITA JULIA. Tiempos

Aquello no podía terminar bien. No era amor, posiblemente, al principio, ni pasión. Era un juego de instintos primarios. La mujer noble que quiere entretenerse con uno de sus sirvientes. El lacayo que ve un reto en conquistar a la hija de su patrón, queriendo demostrar que no es tan servil, ni tan gañán, ni tan bajo. Nunca le ha quitado el ojo de encima a ella, estaba el morbo de conseguir algo, hasta el momento, inalcanzable. Ella, por su parte, también se había insinuado conscientemente de que producía atracción prohibida y deseada.

Por fin, quedan solos, desatan sus pasiones, y aunque no quieren implicarse, algo les imbuye a superar más retos. El de la condición social, el de lo irremediable y el arrepentimiento, el de quedar por encima o ver quién llega más lejos.

En esta versión de La señorita Julia de August Strindberg, escrita en la cercanía de 1888, cuando todavía ciertos comportamientos sociales estaban muy marcados por la procedencia dinástica y las funciones laborales, que estos dos mundos se encuentren por un simple hecho sexual, por un marcado comportamiento aprovechando la ausencia de quien realmente lleva las riendas de la vida de todos, suponía un guantazo a la moral de la época. De ahí que en el título de la versión 1888. Señorita Julia, nos recuerden que es en esa fecha cuando se desarrollan los acontecimientos, pero son tiempos que, en este sentido, no están tan lejanos.

La versión la firma Xoán Carlos Mejuto, que también la dirige y la interpreta, a través de la compañía Estudo Momento de Galicia. La hermosa Julia es Iria Ares, ojos que quieren mirar más allá del horizonte, pero que nunca pudo hacerlo. Ahora, cuando tiene la oportunidad, le cuesta desprenderse de su pájaro en la jaula, ella misma, quizás, en su jaula de heredad con puertas al campo. Los dos, pájaro y mujer, tendrán el mismo destino, al fin y al cabo, sin ánimo de desvelar lo que les ocurrió a ambos. Él solo quería entretenerse un rato.

Es una versión sobria, pero directa, que apela al espectador cercano, que tiene la fuerza de la palabra, en la que se dirime una lucha interna de acobardada defensa, de verdad a medias, de cierto remordimiento, pero no de arrepentimiento.

Juan y Julia no pueden coger el tren que está pasando para ellos. Estaban, desde el principio, abocados al fracaso, no dejan de ser dos desconocidos desmedidos en un momento dado, una vida entera para acabar de esta manera, una corta vida disuelta en el humo de la desesperanza.

Es la tragedia de finales del XIX, pero que en el primer cuarto del XXI puede seguir pasando. Y tal cual nos la han contado.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: SER O NO SER, cómicos héroes

Hay héroes que lo son sin saber que lo pueden ser. Héroes vivos, porque los muertos nos sirven de poco. Resistiendo, haciendo frente a base de entusiasmo, siempre; de miedo, muchas veces; de coraje, no queda más remedio.

Ahí se dirime el conocido epígrafe “Ser o no ser” del monólogo de Hamlet con la calavera de Yorick en la mano, en la obra de Shakespeare. Hamlet es el camino que nos lleva a hacerle frente a toda la parafernalia estructural y opresora de los nazis antes de la segunda gran guerra del siglo XX, a una compañía de teatro compuesta por héroes que deberán interpretar, en algunos casos, a seres abyectos.

Pero no es cuestión de contar aquí la película de Ernst Lubitsch, “To be or not to be” de 1942, y que no ha perdido ni un ápice de su frescura, de comicidad, de su crítica, de su buen acabado, delicia de todo aquel al que le guste el cine bueno. (Los jóvenes que no se la pierdan, si aún no les ha llegado).

Lo que tratamos aquí es de ver si esa gran cinta en blanco y negro resiste el paso por el teatro. Si son capaces de imbuirnos en el espíritu cómico, sarcástico, punzante y de denuncia al mismo tiempo. Y lo consiguen. Claro que lo consiguen, añadiendo en algunos casos secuencias filmadas al estilo del cine del momento, sin alardes escenográficos, con el vestuario adecuadísimo y, lo principal, con una gran adaptación y una encomiable interpretación por parte de todo el elenco.

Bernardo Sánchez es el que firma la versión y puede darse por más que satisfecho. Y lo dirige Juan Echanove que también interpreta al personaje principal como un héroe que parece venido a menos, pero que se engrandece en su interpretación a medida que se va desarrollando la trama, con el apoyo indispensable de unos estupendos representantes que también ejercen de héroes sin saberlo. Incluso los personajes de los nazis son cercanos, humanos, aunque no quieran parecerlo, divertidos, buenos, en cuanto a su bien hacer al servicio de esta comedia con ritmo, con mil aciertos, con la capacidad de ser lo que Shakespeare, o Lubitsch, o cualquier teatrero o cinéfilo hubiera querido no perderse como espectador entregado y exigente y serio.

Con Juan Echanove están también Lucía Quintana, Ángel Burgos, Gabriel Garbisu, David Pinilla, Eugenio Villota, Nicolás Illoro y tengo que mencionarlos a todos porque todos contribuyen al éxito.

Ser o no ser, hasta en los tiempos difíciles mostrar humor es ser inteligente, lamentarse todo el tiempo es no serlo. Ser o no ser, resistiendo. Teatro dentro del teatro sacado del cine, teatro por fuera, teatro por dentro. Teatro necesario en tiempos convulsos de guerra, en situaciones al límite de héroes anónimos que luchan en lo que saben hacerlo.

En este caso, los cómicos héroes son los que se enfrentan a la represión tiránica y despótica de un hecho aciago. Pero también podrían unirse maestros, músicos, escritores, periodistas, amas de casa, ejecutivos, obreros,… todo aquel que esté dispuesto a aportar con lo que sabe, como buenamente pueda, a acabar con esta locura de invasiones de energúmenos que no son héroes, sino espectros vivos que solo quieren que el mundo esté a sus pies, y muerto.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: EL CUIDADOR, antihéroes

Harold Pinter se pone el traje de mendigo, de marginado social que no quiere trabajar en nada, quizás por falta de oportunidades o porque no hay un trabajo adecuado a su categoría después de, supuestamente, haber ejercido en cien mil oficios distintos.

Harold Pinter fue un dramaturgo, guionista, poeta, actor, director y activista político inglés que ganó el Premio Nobel y que tocó todos los palos de la escritura y más.

No sé si Harold Pinter cree en la revolución social, pero nos la presenta, en este caso, con la obra El cuidador, de manera realista y algo existencialista, es decir, la condición humana a través del análisis de la libertad, la responsabilidad individual , las emociones, así como el significado de la vida.

En la traducción de Juan Asperilla, este nos acerca esa realidad a nuestros nombres, nuestro entorno, nuestra historia cotidiana, reciente y española. De esta manera, Harold Pinter se asemeja a nuestros Infante don Juan Manuel, Lope de Rueda, Lope de Vega, Moratín o Valle, por poner solo unos cuantos ejemplos.

Harold Pinter, pero en este caso, Antonio Simón que dirige el montaje, nos abre las puertas de una casa que está hecha un desastre, nos cierra entre cuatro paredes con unos personajes cuando menos necesitados de comunicación, pero aislados entre ellos, revolucionarios sin mostrar un ápice de implicación social. Son antihéroes. Su hazaña es sobrevivir, conseguir que el agua que se cuela por el techo por una gotera que nadie pretende arreglar, o como un piso que nadie se plantea adecentar, y como una vida que no quieren que nadie les toque, considerar que esa forma de vivir es la auténtica y no tiene nadie que venir a tocarles la libertad.

La libertad de estar abocados al fracaso, la libertad de tener la conciencia tranquila, la libertad de defenderse, aunque nadie los venga a atacar. Quieren continuidad, y si no la hay, se tendrán que marchar hasta que alguien los acoja en otros bares, en otros pisos, en otros tugurios, en otras dialécticas, un enchufe eléctrico que nunca se arreglará.

Joaquín Climent está enorme en su personaje de menesteroso, creación altamente humana, que no sueña pero tiene pesadillas, filósofo de andar por casa, eterno poeta que no escribe versos, un Max Estrella de la vida sin ceguera, porque todo lo ve claro, aunque se pueda equivocar. Y Alex Barahona y Juan Díaz, no le van a la zaga en sus interpretaciones, más prosaicos, pero no menos líricos, quizás más viejos que el personaje de Climent, si no en edad, en ostracismo, en pesimismo, en caer en el error que no cometerán porque no se darán cuenta de su simplicidad.

El cuidador es una obra social, es un texto de conciencia, es la esencia de la dimensión humana, la personal y la social. Pero no se lleven las manos a la cabeza pensando que es una obra de significativa complicación textual, está cargada de humor, de ritmo, de interés, de sencillez dentro de la complejidad. Comedia humana de personajes que nos podemos encontrar al dar la vuelta a la esquina, o que están en nuestras comunes colmenas de pisos, o en los parques y las plazas o, como en este caso, en el escenario con una propuesta necesaria y, por ende, natural.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: PAX DE DEUS, codo con codo

Muy a menudo estamos habituados a hacer las cosas a medias. No a medio hacer, sino entre dos. Las parejas se dan la mano, el ajedrez se juega entre dos, y los bailarines hacen paso a dos, que simboliza el amor de una pareja (dicen) e ilustra los momentos más poéticos de un ballet.

Pero si en esa pareja uno de los dos no mueve los pies, no sonríe, come pipas haciendo desnudarse a su partenaire, o calza una pierna ortopédica, ¿qué es lo que nos van a ofrecer?

Pues una suerte de danza contemporánea trastabillada, no porque den tropiezos o titubeen en su forma de hacer, sino porque se distribuyen el cometido del ballet, el de la performance, el de la mezcla de la música clásica de Tchaikovski y el más clásico Franco Battiato, entre otros compases y silencios, porque hay humor sin guerra y comunicación sin palabras, y movimientos de oleaje corporal con un cuerpo estático, cruces de árbol con viento con un ave en sus ramas que resiste el envite de la oscilación, los giros y el porté.

En este Pas de deux, que ya es difícil de pronunciar si no sabes francés, el bailarín, coreógrafo, docente, creador, Chevi Muraday, sujeta fuerte a su pareja, Ana Esmith (o Miss Beige), con la que defiende, y muy bien, este espectáculo de fuerza y risa, de vuelo y un poquito de claqué, de vela al viento agarrada a una mirada fija que no pierde el equilibrio, y que se desarrolla como una propuesta divertida e innovadora que acerca a la danza a los que difícilmente sabemos coordinar los dos pies.

Paso a dos, como los que se persiguen, como los clowns que salen pegaditos al escenario, paso a dos como en el lago de los cisnes donde uno es el patito feo, paso a dos de El cascanueces y el hada de azúcar, paso a dos, o a tres, o a cuatro de los amantes de Carmen de Bizet, paso a dos de un bailarín y su escudera, cual quijote y sancha, paso a dos de Romeo y Julieta y de todas las parejas que en el mundo han sido, paso a dos, sin cuarta pared.

No es dicotomía, ni partición ni división, es dualidad de dos formas de ver la vida pero integrados en un mismo existir, es diformismo en la manera de bailar, pero no en la concepción de sentido del espectáculo, de la visión de que a dos, codo con codo en el escenario, o pie con pie, como decía el poeta, “somos mucho más que dos”.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: LA PROFESORA DE LITERATURA, Basado en hechos reales, quizás

Hay personas a las que el éxito les hace cambiar. Y también el fracaso. O que quieren vivir otras vidas de repente y, lo que es peor, sin preocuparse del daño que van dejando a su paso. Dejan, no solo de habitar las casas, sino las almas, los cuerpos y los sentimientos de quien compartió con ellos los esfuerzos y proyectos.

No surge de repente el fogonazo. Se va fraguando despacio, lo que ocurre de repente es la decisión que se toma, acordonando fatigas, tristezas, silencios, olvidos, oscuridades que no quieren que el tiempo abra, porque eso nunca se ha olvidado.

No solo se arrastran maletas en un cambio drástico de relaciones. Se condiciona la risa, la forma de ver el panorama, el suelo se convierte en fango. Hay seres que piensan solo en ellos, pero van acumulando restos de naufragios. Puede que se estremezcan de vez en cuando, pero no deja de ser un fraude, escaparate de lo que quieren mostrar, mas son solo adornos sin valor humano.

En La profesora de literatura, adaptación al teatro en español de la novela de la austríaca Judith W. Taschler, con dirección del argentino-alemán Marcelo Díaz, hay todo lo mencionado anteriormente, y literatura. Literatura real y ficticia, inventada y vivida, sin poder saber dónde empieza una y dónde acaba otra, los personajes mezclados en ellas, después de tantos años, siguiendo un relato basado en hechos reales, quizás, que hicieron mucho daño.

David Aramburu y Patricia Gorlino son los protagonistas de este periplo a través de los años. Siguen los pasos de la seducción de nuevo, después de bastantes años. Pero se conocían de antes, demasiado bien, o quizás, no tanto. El triunfador que coronó el éxito gracias a ella, la profesora de literatura que escribe en la sombra sus padecimientos y, puede ser, también, su venganza. Nos van contando cómo se distanciaron, cómo se reencuentran, cómo fue lo que pudo haber sido y como solventan su desvinculado pasado.

Cada uno tiene sus justificaciones, cada uno trata de compensarlo, y cada uno leerá su relato a su manera, según le convenga, para que la narración tenga el suficiente suspense, la tensión necesaria, la literatura adecuada al lector que los está escuchando, ellos mismos, nosotros, los fantasmas de ese pasado.

Con una interpretación justa y medida, contenida, comprometida y atrayente, sin más armas que el texto, y la voz, y el buen hacer, la expresión, la rehumanización de personajes que ya estaban gastados. Con miedo a comprometerse de nuevo, comprometidos con el público, empuñarán la pistola de los sentimientos, y dispararán sin remedio, dando de lleno en el corazón de ambos.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: LA RUEDA, vida de un cómico, obreros

Siglo XVI. Nace un cómico que será el ancestro de todos nuestros grandes actores de ahora y de los que vendrán luego. Un representante anónimo al que hoy llamaríamos secundario, de reparto, de elenco. De eso se nutre nuestra mejor cantera de actrices y actores en todos los tiempos. Es verdad que sobresalen unos cuantos. Que algunos llegan a Hollywood, que otros están en todos los montajes, espectáculos, series y demás eventos, que solo unos pocos llegan a elegir lo que quieren interpretar, mientras el gran grueso de los intérpretes de nuestro país sobreviven entre trabajo y trabajo, esperando una llamada, un proyecto nuevo, que se cuente con ellos para algo efectivo y duradero. Esa es la gran industria de nuestro cine, nuestro teatro, nuestras series, nuestros programas de radio, nuestros doblajes, nuestros pequeños monólogos representados en salas de barrio que hacen grande el teatro obrero. Porque estos cómicos lo son. Obreros. Los que no tienen nombre, los que les suena a la gente, los auténticos creadores para que un espectáculo sea perfecto.

Dani Llull nos lo trae en La Rueda: La vida de un cómico. Nos plantea un pleito, nos sitúa en situación, nos lo pone fácil, nos lo creemos. Pausadamente en algunos momentos, en otros con ritmo frenético, nos habla del Renacimiento, de las puertas del teatro posterior, el Barroco, el del siglo de oro, nos cuenta de emperadores y leguleyos, de afamados ya como poetas, como teatreros, como buenas gentes que se quieren ganar un sueldo haciendo creer y creando, saliendo por esos caminos que no sé si son de dios, porque siempre están llenos de barro y polvo, porque les crujen los huesos en las carretas que los transportan, porque están al amparo de un noble venido a menos.

En un alarde de bululú inmenso, Dani Llull se acompaña de una partenaire que le pone poesía a su monólogo, que le pone música y lo hace etéreo. Es Marina Barba con su chelo, con su elegancia en los gestos, con la ternura de un sueño, con la personificación de un hecho que nos cuenta Alonso de Alameda trasmutado desde aquel entonces hasta nuestro mundo nuestro.

Palabras y movimiento, fingimiento verdadero, el hambre de entonces, la situación de ahora, dios uno y trino, siempre el misterio.

Acudimos predispuestos, quien viene al teatro viene sabiendo que viene a un engaño, pero no es el caso de este actor grande aunque sea pequeño. (Perdón por el guiño, Dani, pero me lo has puesto a huevo). Nos sentamos y ya tenemos la sonrisa en la cara, aunque con estas máscaras que no son de la comedia del arte, sino de la comedia del bicho sempiterno, y el actor, el cómico, el representante, nos ofrece corazón a raudales, ternura, historia, emoción, para que comamos de la cultura del teatro en el día del teatro y todos los días que vengan luego.

Somos actores y espectadores que pagamos dinero y queremos la recompensa a tanto esfuerzo. Aunque aún no haya quien entienda que el arte también es necesario para no volvernos locos en estos convulsos tiempos.

Siglo XVI y siglo XXI, ¡qué poco avanzamos en ciertos aspectos! Por eso, son necesarios estos trabajos de cómicos arriesgados y con un gran oficio en su acervo. Por favor, no dejen de verlo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: EL PELIGRO DE LAS BUENAS COMPAÑÍAS, algo está fallando

Cita de familia. Dos hermanas bien avenidas, dos cuñados felices, aparentemente. El cuñado perfecto, el que todo lo sabe, el cuñadísimo; y el renegón, el aquejado, el de los mosqueos. Pero, eso sí, tremendamente educados, respetuosos, unidos, aunque estén resquebrajados. Uno triunfador, otro sin trabajo. Pero precisamente quien reniega es el del éxito. Algo está fallando. Todo no puede ser tan perfecto, se dice Tristán, todo no puede ser tan malo, se dice Félix, hasta en el nombre van acompasados. Y ellas, cómplices, pero transparentes, una afectada por la actitud del primero, la otra callada para no molestar al héroe del momento. De todos los buenos momentos.

Familia fantástica de iluminadas relaciones. Todos tocan el piano. Todos abren su alma al público. Todos son pacientes (y medianamente sinceros).

Javier Gomá nos pone a estas dos parejas en la tesitura de si es bueno ser bueno siempre, o nos perjudica por derecho. Personas anónimas en sus desastres, silenciosas en sus monotonías, alegres en sus progresos.

Pero que el buen humor no falte, ya sea el mal el que impere, ya sea el bien el que está primero. Sonreír ante todo. La sonrisa es signo de inteligencia, y de sentimientos. De ilusión, de nuevos comienzos. Así nos la trae el autor y, su director, Juan Carlos Rubio, siguiendo sus propias directrices, comedia dulce de luces encendidas, de humanos y no de monstruos, de palabras tiernas, de situaciones no comprometidas, de suavidad en el entorno.

Los intérpretes bien situados en el colectivo familiar. Fernando Cayo convergiendo en cierto pesimismo sin perder el humor, arrostrando el peso de quien pone el punto sobre las íes, del que no lo ve todo tan bello. Ernesto Arias, el hombre bueno, el que abre ventanas y es fraterno, el que ampara, el que no presume, el que, a la larga, es El Peligro de las Buenas Compañías, porque siempre lo ponen como ejemplo. Carmen Conesa, gritando sin alzar la voz que quiere su autonomía, su libertad, el derecho a decidir qué es lo que quiero. Y Miriam Montilla, la abnegada y melancólica mujer a la que le viene el sollozo por dentro, que no pierde la sonrisa, que a todo le pone atención sin misterios.

Pueden abrirse ciertas grietas en las relaciones, cuídense de que todo sea modélico. Pero no desconfíen de quien les quiere, porque siempre serán humanos buenos.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: …and breathe normally (…y respiren con normalidad)

Epílogo. Cuando todo ha terminado, parece que todo puede volver a comenzar. La amenaza de un atento terrorista. El miedo antes del miedo. La sospecha. Las imágenes grabadas en la mente, en la televisión, en los móviles, en internet,… demasiado escabroso. Aviones que vuelan bajo una lluvia de grisáceo sentimiento que no nos deja ver la ciudad a la que nos aproximamos. O ese paseo con grandes piedras para que no se cuele una furgoneta y arramble con todo ser humano viviente. O un estallido en un restaurante, no por una olla exprés, sino por una bomba que se activa a distancia.

Parece que vamos asumiendo este tipo de contratiempos aciagos, aunque sea difícil normalizarlos. Jamás se podrá normalizar una situación como las anteriormente descritas. Ni una guerra que es una invasión, ni una avioneta estrellándose contra un rascacielos, ni un tren saltando por los aires. Por mucho que nos digan en inglés, en francés, en castellano, que “en caso de despresurización, tiren de la mascarilla, colóquensela y respiren con normalidad”. No se puede respirar con normalidad cuando se grita, cuando se llora, cuando se queda uno sordo por la detonación, cuando se ha perdido la vida.

Julio Provencio escribe, dirige e interpreta este texto que nos pone en antecedentes de los miedos personales, de ciertas fobias, de desconfianza en el que viaja al lado, de los colectivos de transporte donde nos conducen como ganado por donde las autoridades pertinentes nos indican.

Le ayuda en la dirección Josete Corral, porque cuatro mentes ven más que dos. Y aún ven más los que asistimos, como viajeros, a ese vuelo de intriga que nos hace sospechar hasta de los mensajes en inglés, de los que no levantan la vista de su teléfono, de los que no abren los ojos disimulando que están durmiendo, de los que leen el periódico, de los que hablan mucho y de los que están en silencio, de los que leen poesía y de los que hacen teatro.

¡Por Dios!, hacer teatro con lo que nos está ocurriendo. Todos terroristas por pensar de más, por crear ficción de la realidad, por contarnos la actualidad como si estuvieran fingiendo. ¿Dónde se ha visto tamaña desvergüenza? Sí, …and breathe normally (…y respiren con normalidad) trata sobre todo eso, sobre la angustia de los tiempos que estamos viviendo, París, Bruselas, Niza, Nueva York, Madrid, atentados que se sufrieron y que fueron “detonantes para este espectáculo”, (literal transcribo de la sinopsis de la compañía), pero en realidad habla de detonadores, de no principios, de miedos, de desconfianza, de locura, de fanatismo,… y que, por favor, no todo vuelva a empezar, que termine de una vez esta sinrazón, al tiempo que acaba nuestro vuelo, que el lenguaje sea una sonrisa, no un desprecio, que no haya guerras santas, que no haya bombas, que no haya trampas, que nos dejen respirar con normalidad hasta que dejemos de hacerlo, porque no haya más remedio, no porque nos lo impidan los demás.

Mientras, respiren con normalidad, pero que sea dicho, y hecho.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: A VUELTAS CON LORCA, toma este vals

Lorca ya para siempre joven. A pesar del espanto que produce imaginar su muerte, su fusilamiento. Pero el poeta sobrevivió y está con nosotros. Emocionando nuestros sentidos, con sus personajes y sus versos, con sus palabras y dibujos, con su música y su teatro, con todos los que lo queremos.

Nos vamos a dar un paseo con Lorca, A vueltas con Lorca, y se viene (o nos lo trae) Carmelo Gómez, con su maleta de bululú, con camiseta a rayas de titiritero, con su sombrero de acento circunflejo para brindar por el futuro con esperanza. Y no viene solo, que se trae un piano (Lorca era un gran pianista) y a Mikhail Studyonov, que es ucraniano (¿o se dice ucranio?) y estamos con él, y solo la poesía y la música nos salva. Bueno, y el teatro.

Es lo que vemos, teatro, poesía, oímos música, recuerdos, y un entrelazado entre Federico García Lorca y otros poetas altamente vanagloriados. Machado, Lope de Vega, Cervantes,… todos pululan por el escenario. En la voz y en el cuerpo de Carmelo Gómez, que da vueltas y vueltas, que lo hace con desparpajo, simpático, cambiando tonos, saltando de uno a otro, haciéndolo fresco, rico en matices, siguiendo los pasos de Lorca, pero a saltos.

La dirección es de Emi Ekai que lo deja hacer pero, cómplice también en el texto, le marca para que no sea excesivo y se produzca un espectáculo que no es un monólogo, sino un recorrido, una fiesta sin globos, como cuando un niño le enseña a otro su habitación llena de trastos y juguetes, y los dos, ilusionados, van inventando historias, imaginando, haciendo personajes, imitando, que eso es la catarsis, sentirse identificados, volver a las circunstancias, ser comedia y ser drama, arrebatarse ante lo que la mente va creando.

Es un acto de vindicación, de recuerdo, de juventud, de vida, de simbiosis,… es el cuarto de la Residencia de Estudiantes donde Lorca invita a sus amigos (en este caso Carmelo a los espectadores) a imaginar, a encender la luz, a dar vueltas por el jardín sorprendiendo a los desprevenidos, a bailar un vals, a recitar poemas, a inventar escenas, a constatar que Federico ha salido de sus horas oscuras, para llegar al amanecer donde, por muchos disparos que suenen, no conseguirán su objetivo de darle muerte.

¡Ay, ay, ay, ay! Toma este vals, este vals, este vals, del te quiero siempre” y ven a oírlo y revivirlo con las ganas de un ilusionado adolescente.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: EL GOLEM, palabra ficción

Nadie puede negar que la palabra es, eminentemente, social. Después puede producir otra serie de efectos, positivos y negativos o neutros, aclarar o ser un simple hecho convencional de la expresión.

La palabra es el arma de los poetas. Pero también de los oradores, de los políticos, de los seglares, de los abogados, de los actores,… Hay quien se la toma en serio, palabra de honor, y hay quien la carga de significados: peyorativos, atacantes, condescendientes, interesados, o solo literarios.

Palabras técnicas y palabras vulgares. Palabras de andar por casa y palabras que quedan grabadas en la moralidad de las gentes.

El poder de la palabra es inmenso. Y, a veces, no sirve para nada. Así es, está llena de contradicciones.

Juan Mayorga en El Golem, somete a la palabra a un experimento. La convierte en un producto científico. En una ciencia ficción alejada del romanticismo de las letras de las canciones y baladas, de los sonetos y los relatos,… le quita alma para personificarla y que resulte imprescindible, irreversible, que influya en nuestro cuerpo y en nuestras decisiones. Solo no hay palabras en los sueños, porque, al final, puede que se hagan reales. Cuando se cuenta, cuando se expresa, cuando hay una audiencia que escucha, cuando deja de ser una broma y es la causa de los cambios que se producen en la sociedad, en las masas, en las convenciones, en la estrategia de realización de hechos fundamentales.

Alfredo Sanzol, que lo dirige, nos la presenta con la estética de un futuro intrigante. Ambiente en grises, sin adornos, laboratorio de conformación de seres humanos.

Palabra sobre palabra ante hechos consumados de avances tecnológicos. Deshumanización del arte, elipsis de la expresión, funciones del lenguaje, información velada, matemáticos en creación alienante, un ser humano que se convierte en Dios porque nadie ve ni nadie sabe quién es, al fin y al cabo.

El Golem es un ídolo de barro cuya materia prima es la voz, la palabra, la escritura, el lenguaje. Se crea el golem para defendernos de nosotros mismos. Y la palabra se hizo carne y habitó en nuestros cuerpos para irnos carcomiendo poco a poco. Es nuestra defensora y nuestro atacante. Es sabiduría, pero no santidad. El golem de la palabra es fuerte, pero no es piadoso. Porque el Golem no tiene la capacidad de hablar.

Elena González, Elías González y Vicky Luengo cargan de realismo unos personajes estilográficos, les dan energía nuclear o científica, o autómata, venidos al caso.

La palabra-(ciencia)-ficción está dispuesta ahora a hacerse teatro, a ajustarse al sistema de un futuro, quizás, no tan lejano.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.