Las reseñas de Alberto Morate: EL PELIGRO DE LAS BUENAS COMPAÑÍAS, algo está fallando

Cita de familia. Dos hermanas bien avenidas, dos cuñados felices, aparentemente. El cuñado perfecto, el que todo lo sabe, el cuñadísimo; y el renegón, el aquejado, el de los mosqueos. Pero, eso sí, tremendamente educados, respetuosos, unidos, aunque estén resquebrajados. Uno triunfador, otro sin trabajo. Pero precisamente quien reniega es el del éxito. Algo está fallando. Todo no puede ser tan perfecto, se dice Tristán, todo no puede ser tan malo, se dice Félix, hasta en el nombre van acompasados. Y ellas, cómplices, pero transparentes, una afectada por la actitud del primero, la otra callada para no molestar al héroe del momento. De todos los buenos momentos.

Familia fantástica de iluminadas relaciones. Todos tocan el piano. Todos abren su alma al público. Todos son pacientes (y medianamente sinceros).

Javier Gomá nos pone a estas dos parejas en la tesitura de si es bueno ser bueno siempre, o nos perjudica por derecho. Personas anónimas en sus desastres, silenciosas en sus monotonías, alegres en sus progresos.

Pero que el buen humor no falte, ya sea el mal el que impere, ya sea el bien el que está primero. Sonreír ante todo. La sonrisa es signo de inteligencia, y de sentimientos. De ilusión, de nuevos comienzos. Así nos la trae el autor y, su director, Juan Carlos Rubio, siguiendo sus propias directrices, comedia dulce de luces encendidas, de humanos y no de monstruos, de palabras tiernas, de situaciones no comprometidas, de suavidad en el entorno.

Los intérpretes bien situados en el colectivo familiar. Fernando Cayo convergiendo en cierto pesimismo sin perder el humor, arrostrando el peso de quien pone el punto sobre las íes, del que no lo ve todo tan bello. Ernesto Arias, el hombre bueno, el que abre ventanas y es fraterno, el que ampara, el que no presume, el que, a la larga, es El Peligro de las Buenas Compañías, porque siempre lo ponen como ejemplo. Carmen Conesa, gritando sin alzar la voz que quiere su autonomía, su libertad, el derecho a decidir qué es lo que quiero. Y Miriam Montilla, la abnegada y melancólica mujer a la que le viene el sollozo por dentro, que no pierde la sonrisa, que a todo le pone atención sin misterios.

Pueden abrirse ciertas grietas en las relaciones, cuídense de que todo sea modélico. Pero no desconfíen de quien les quiere, porque siempre serán humanos buenos.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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