Las reseñas de Alberto Morate: LA RUEDA, vida de un cómico, obreros

Siglo XVI. Nace un cómico que será el ancestro de todos nuestros grandes actores de ahora y de los que vendrán luego. Un representante anónimo al que hoy llamaríamos secundario, de reparto, de elenco. De eso se nutre nuestra mejor cantera de actrices y actores en todos los tiempos. Es verdad que sobresalen unos cuantos. Que algunos llegan a Hollywood, que otros están en todos los montajes, espectáculos, series y demás eventos, que solo unos pocos llegan a elegir lo que quieren interpretar, mientras el gran grueso de los intérpretes de nuestro país sobreviven entre trabajo y trabajo, esperando una llamada, un proyecto nuevo, que se cuente con ellos para algo efectivo y duradero. Esa es la gran industria de nuestro cine, nuestro teatro, nuestras series, nuestros programas de radio, nuestros doblajes, nuestros pequeños monólogos representados en salas de barrio que hacen grande el teatro obrero. Porque estos cómicos lo son. Obreros. Los que no tienen nombre, los que les suena a la gente, los auténticos creadores para que un espectáculo sea perfecto.

Dani Llull nos lo trae en La Rueda: La vida de un cómico. Nos plantea un pleito, nos sitúa en situación, nos lo pone fácil, nos lo creemos. Pausadamente en algunos momentos, en otros con ritmo frenético, nos habla del Renacimiento, de las puertas del teatro posterior, el Barroco, el del siglo de oro, nos cuenta de emperadores y leguleyos, de afamados ya como poetas, como teatreros, como buenas gentes que se quieren ganar un sueldo haciendo creer y creando, saliendo por esos caminos que no sé si son de dios, porque siempre están llenos de barro y polvo, porque les crujen los huesos en las carretas que los transportan, porque están al amparo de un noble venido a menos.

En un alarde de bululú inmenso, Dani Llull se acompaña de una partenaire que le pone poesía a su monólogo, que le pone música y lo hace etéreo. Es Marina Barba con su chelo, con su elegancia en los gestos, con la ternura de un sueño, con la personificación de un hecho que nos cuenta Alonso de Alameda trasmutado desde aquel entonces hasta nuestro mundo nuestro.

Palabras y movimiento, fingimiento verdadero, el hambre de entonces, la situación de ahora, dios uno y trino, siempre el misterio.

Acudimos predispuestos, quien viene al teatro viene sabiendo que viene a un engaño, pero no es el caso de este actor grande aunque sea pequeño. (Perdón por el guiño, Dani, pero me lo has puesto a huevo). Nos sentamos y ya tenemos la sonrisa en la cara, aunque con estas máscaras que no son de la comedia del arte, sino de la comedia del bicho sempiterno, y el actor, el cómico, el representante, nos ofrece corazón a raudales, ternura, historia, emoción, para que comamos de la cultura del teatro en el día del teatro y todos los días que vengan luego.

Somos actores y espectadores que pagamos dinero y queremos la recompensa a tanto esfuerzo. Aunque aún no haya quien entienda que el arte también es necesario para no volvernos locos en estos convulsos tiempos.

Siglo XVI y siglo XXI, ¡qué poco avanzamos en ciertos aspectos! Por eso, son necesarios estos trabajos de cómicos arriesgados y con un gran oficio en su acervo. Por favor, no dejen de verlo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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