Las reseñas de Alberto Morate: Lo Fingido Verdadero

O O Lo húmedo seco, la luz oscurecida, lo sencillo complicado, lo fingido verdadero. A menudo la vida está llena de paradojas. En invierno el mal llamado buen tiempo prolongado es sequía, de siempre se ha hablado también, por ejemplo, de mala salud de hierro, de que los mejores sueños son los que se sueñan despiertos.

Teatro dentro del teatro, theatrum mundi (el teatro del mundo), vita-theatrum (la vida como teatro), quomodo fabula, sic vita (así como el teatro es la vida). Lo fingido verdadero. Para sentirnos identificados, para creernos que hay solución, para evadirnos de la realidad sin salirnos de ella.

Lope de Vega era fuente inagotable de recursos poéticos, teatrales y humanos. A veces, condensar en tres actos todo lo que nos quisiera decir se le quedaba corto. Por eso escribía tantas comedias. Porque quería crear un clima del corazón, sin olvidar de que somos de carne y hueso, aunque estemos revestidos de sentimientos. Vivientes conviviendo con fantasmas en forma de personajes. Personas y representantes (intérpretes) como se llamaba a los actores en su momento. El yo y sus sombras en un escenario.

Los personajes buscando un autor, el gran teatro del mundo, simbiosis entre lo real y lo ficticio.

En este drama en tres actos, Lope de Vega abarca tres aspectos de la vida en toda su grandeza. En el primero, la lucha por el poder, eterno litigio, las escaramuzas y los abusos, la venganza y los premios, ir de menos a más, pero también a la inversa. ¡Cuántas veces nos sucede esto!

En el segundo es el teatro por el teatro, la comedia, Lope en estado puro, la aplicación de sus principios en el Arte Nuevo de hacer comedias, los prototipos de los personajes, el amor y la huida, los celos, los juegos de palabras, el tortuoso camino de los desencuentros.

Y en el tercero la identificación y la búsqueda con uno mismo, la defensa de unas creencias más fuertes que las propias acciones, la fe y el sacrificio, salirse del guion, lo espiritual humano.

Lluís Homar dirige a la Compañía Nacional de Teatro Clásico en un montaje sobrio y de texto, donde destacan, de nuevo, Arturo Querejeta e Israel Elejalde, y cada uno de los intérpretes del elenco son uno, pero son muchos, del siglo XVII y del XXI, reales y tangibles, inventados y aparentes, lo fingido acertadamente verdadero.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: CONECTAD@S en los Teatros Luchana

Vivimos en un mundo digital, interrelacionados sin conocernos, en el borde de la soledad y en el límite de las relaciones personales. Vivimos entre móviles, pantallas, ordenadores, series, mensajes y citas casi a ciegas. Donde el aire que respiramos es el que entra cuando abrimos las ventanas y el horizonte lo que vemos cuando levantamos la vista del celular.

Estamos atrapados en las redes como peces sin mar, caminando sin dar un paso. Allá, en otros tiempos, la gente salía a conocerse a la aventura, ¡a saber con quién se encontraría! Ahora, por lo menos, vemos su foto de perfil, su hashtag con sentencias ingeniosas (o no), sus gustos y su historia en diez palabras.

Pero eso sí, estamos todo el tiempo Conectados/as, Conectad@s (¡qué poco me gustan las arrobas, las x y las terminaciones en “e” cuando no se corresponden!). Desnudamos nuestros intereses, nuestras aficiones, nuestras fobias y filias, nuestro vestuario, nuestro ambiente, hasta nuestra voz, y ya solo nos falta publicar nuestro aliento.

Pero, ¡ojo!, no lo estoy criticando. Eso es así y así hay que vivirlo. En un futuro vendrán otras formas de comunicación; en un pasado nos llamábamos por teléfono y, a menudo, nos escribíamos cartas. En este presente un contacto nos lleva a otro, un encuentro a una relación; una juventud que es un constante carpe diem.

En este montaje de José Ignacio Tofé, en el texto, y de Víctor Páez en la dirección, los amigos se van sucediendo. Bueno, más que los amigos, los conocimientos personales, una cita me lleva a otra, un personaje se ve ligado con un segundo y este con un tercero, a modo de una noria, (La noria de Luis Romero, premio Nadal de novela de 1951), fíjense, los amigos siempre vuelven, siempre conectados.

Hay ritmo en la propuesta, ironía y divertimento, identificación con el público que interviene como si fuera un personaje más, hay complicidad entre los intérpretes (Bertus, Gakian, Chim, Celia Castle, Iosu Martinez y Natalia G. Santamaría), hay conexión e identificación con lo que les sucede y lo que nos ocurre a la mayoría de los asistentes sin detrimento a confesarlo y a sentirse parte de ellos.

Es todo un viaje por los universos independientes de cada uno/a de ellos/as. Todos y cada uno de nosotros (perdonen que no le ponga más la arroba -@-, qué latazo) hemos querido que nos quieran, hemos buscado amigos, hemos sufrido desengaños, hemos sentido la soledad de ser los raritos, hemos dado malos consejos, hemos ido de sobrados, hemos confesado (o callado) nuestros defectos, hemos dudado y desesperado, hemos querido ser especiales para alguien, hemos buscado el amor (¿o era solo sexo?), hemos conectado con alguien que nos ha hecho ser humanos, a pesar de tanto invento.

Vayan a conectarse, de verdad, al teatro.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: Freak, la escena del sofá

Todos sabemos que las mujeres, por el simple hecho de serlo, tienen que lidiar en más de una ocasión con un oso pesado que, indefectiblemente, las acompaña. Deben andarse siempre con mucho tiento, porque si no, las tildarán de casquivanas, de irresponsables, de putas y de calienta miembros. Es como si fueran pequeños dípteros atrapados en un tarro de miel. Van dando tumbos aquí y allí, o al menos eso es lo que piensa gran parte de la sociedad pacata y acaparadora de las malditas convenciones sociales.

En Freak, de la autora Anna Jordan, dos mujeres (una adolescente y una mujer madura) se sientan en un sofá y nos hacen partícipes de sus brutales sentimientos, relaciones, de sus golpes no físicos, de sus enamorados sueños, de la ira que provocan en otros, o la lascivia, o el deseo.

Esto las hace desquiciarse, asombrarse, querer deshacer lo hecho o volverlo a hacer, que para eso consideran que son libres de su propio cuerpo. Y de sus propias acciones. Y de sus propias contradicciones a las que también tienen derecho.

Contándolo consiguen, en parte, desprenderse de ese oso que duerme con ellas, que las persigue, que aúlla en su interior produciéndolas un escozor interno e íntimo que solo la palabra y la confesión de sus sentimientos puede aliviarlas como el agua quita la suciedad.

Paula Amor, la directora, dice sentirse identificada con algunos de los momentos o situaciones que nos relatan estas dos mujeres, que después descubriremos que sí tienen relación, aunque al principio parezca que solo comparten sofá alternándose en los relatos. Ellas son Lorena López y Lara Serrano, y aunque parezcan que no tiemblan, cada una expresa en rigor sus turbios recuerdos y, a la vez, íntimas experiencias.

Van a encontrarse durante toda su vida con esos osos de los que no podrán escapar. Pero tienen que conseguir que no les remuerda la conciencia, que se sostengan mutuamente aceptándose primero ellas mismas, y luego, si los demás no lo hacen, allá ellos. Sombras de payasos estúpidos incapaces de comprender su universo femenino porque no ven más que lo que, convencionalmente, hay en el entorno.

Por eso nos cuentan sus secretos, en una escena del sofá que no es de conquista, ni de terapeuta, ni de familia en torno a la tele, sino de sinceridad a raudales, porque es necesario sacar a la luz lo que ocultan los huesos, la piel, el sexo propio, que lo desconocido deje de ser opaco y deje de ser freak el comportamiento que otros consideran extravagante o raro. Es importante erguirse y abandonar el sofá de la comodidad y desnudar el corazón, para mostrarse como se es, sin importar lo que opinen los otros.

Que el oso hiberne para siempre en las cavernas de lo socialmente correcto.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: Qué! Infierno de Cabaret en los Luchana

El fantasma de Dante Alighieri pasaba por allí. El de los nueve círculos, el de la Divina Comedia que no es comedia ni divina, sino infernal, como la vida misma. Por eso hay que “alighierierla” y hablar de la muerte como algo inevitable y no tan trascendental, donde entrar suponga después no querer salir.

Y nada mejor que hacerlo desde el espectáculo. Desde la magia, el teatro, las canciones, los chistes, los Drags Queens, el infierno en llamas de mentira, el calor corporal de los cuerpos exultantes, la voz en off del mismo demonio o de las divas más descaradas de todos los tiempos.

Todo es competición. Hasta para entrar o salir del infierno. Aquí hay que demostrar que tienes valía y si no la tienes, vete aprendiendo. Esto es ¡Qué infierno de cabaret!, luces y plumas, vestuario y magia, risas y algarabía, el infinito hades como escenario obsceno.

Lady Savannah y María Edilia, son dos vedettes de confianza y búsqueda de placer extremo. No titubean, se enfrentan a Lucifer, hacen del negro averno un juego de luces y un divertimento.

Los acompaña, como si nada, nada menos que un mago, Manu Barea, un extraño para ellas, no tan extraño. Comparte con ellas trucos de magia, bailes, y pecados capitales, que es de lo que, supuestamente, estamos tratando, que para eso estamos condenados.

Surge la idea de espectáculo durante el periodo de confinamiento, otro infierno, precisamente por eso. Por la necesidad de volar como pájaros, de salir de nuestra jaulas, de abrazar la noche o a quien haga falta, de desafiar a los rayos.

Alucinando entre pesadillas, malos sueños, deseos lujuriosos, ganas de comer, imaginarios viajes, llegamos hasta el infierno para hacer realidad en forma de teatro, el rompimiento de muros, apagar la caldera aunque sea echando más leña al fuego, rasgar al cielo, que como dijo Lope de Vega, “creer que un cielo en un infierno cabe, dar vida al desengaño, esto es amor,…” esto es Cabaret, alma libre, manicomio sin locura, lágrimas de risa sin llanto, abrazos sin brazos, verdades con mentiras, todo dios disfrutando.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: El hueco

¡Cuántas veces hemos soñado que estábamos en un espacio pequeño y sin posibilidad de huida! En un hueco oscuro y limitado, sin ventilación, atrapados sin remedio. Generalmente esos sueños se nos reproducen estando nosotros solos, con la angustia de la soledad y la imposibilidad del grito, incapaces de mover las piernas. ¡Ay, qué hemos hecho!

Ya no es cuestión de plantearse el porqué de nuestro escondite. Simplemente estamos allí y no sabemos por cuánto tiempo.

En El hueco, de Guillermo Amaya, no es una única persona la que se encuentra bajo la escalera huyendo de sus miedos. Son dos. Dos chicas, dos mujeres, aparentemente sin vinculación social ni de amistad, ni siquiera de intereses comunes. Pero ahí están, gruñendo, gimiendo, asustadas, escondiéndose. ¿De qué se esconden? ¿De las mentiras propias? ¿De acosadores? ¿De extraterrestres? ¿De militares? ¿De la realidad? No lo sabremos. Sabemos que el silencio también aterra, que las palabras también confunden, que la distancia se estrecha, que hace calor, que no tienen más remedio que tocarse, que se desnudan de cuerpo y alma, que no pregonan su vida, pero se sinceran, que saltan chispas de su desamparo, que ríen nerviosas, que no pueden huir, que no es un sueño.

Raquel Salamanca y Raquel Pardos, (en los personajes Gema y Asun, pero podrían haber sido perfectamente Raquel y Raquel, y el espectador hubiera elucubrado otras metáforas, otros paralelismos, otras coincidencias de identidad o de espejo), se mueven con soltura, a pesar de todo, en ese espacio pequeño. Examinan el mínimo terreno, mientras se exploran entre ellas mismas. Es todo el conjunto esa gran metáfora de la que hablábamos antes.

Sienten su aliento y sus olores, mezclándolos con sus sensaciones. Las palabras también se convierten en preguntas sin respuesta mientras suenan fuera otras voces inidentificables, porque aún no hay nadie que entienda el lenguaje de la conciencia.

Me ha remitido el tema y el argumento a la obra de Boris Vian, Los forjadores de imperio, donde una familia tiene que huir a espacios cada vez más angostos huyendo de su propio Schmurz.

El cerebro es suficientemente poderoso para creer en lo que no existe. Pero la realidad nos hace escondernos en el hueco cerrado de debajo de la escalera. ¿Y al final qué? Cuando salgamos a la luz, desafiando los peligros, podremos averiguarlo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: EL MAGO DE OZ del Teatro Sanpol

Un hogar para sentirse bien, un cerebro para pensar, un corazón (para sentir), valor para afrontar la vida. Porque todos necesitamos estas cosas. Porque siempre nos falla algo y nos encontramos mal. Porque todos tenemos un poco de espantapájaros, un poco de personas oxidadas, un poco de animal no tan fiero como lo pintan, un poco de “en casa como en ningún sitio”.

Y siempre hay alguien que nos quiere amargar la existencia. Mas al final nos daremos cuenta de que por arte de magia no se solucionan los problemas. Ni por lo rezos, ni por el simple hecho de desearlo. Hay que hacerle frente y, sin darle más vueltas, actuar con determinación, aunque nos estrellemos, o no alcancemos el objetivo o tengamos que darnos por vencidos. Pero estará en nuestra satisfacción el haberlo intentado.

Eso es el Mago de Oz. Un cuento de Lyman Frank Baum que se hizo famoso porque llevaron su cuento a una gran película dirigida por Víctor Fleming, con Judy Garland como protagonista, nada menos que en 1939. Ya han pasado años. Pero no su frescura, su mensaje, sus personajes, su crítica y su parodia a ciertos personajes de algunos sectores bien situados de nuestra sociedad.

En esta ocasión, la compañía La Bicicleta, al frente Natalia Jara, con adaptación de Julio Jaime Fischtel, nos presenta un impecable y espectacular montaje sobre este magnífico cuento. Nada es desdeñable, ni las canciones, ni el vestuario, ni una completísima escenografía, ni el ritmo, ni la historia en sí misma, ni, por supuesto, el elenco al completo: Ainhoa Molina, Beatriz Costa, Julio Armesto, Manuel Varela, Víctor Benedé, Blanca Degá y Álex Jiménez junto con el perrito Bruno que interpreta a Totó.

Porque es un deleite venir a ver esta producción fresca y limpia. Porque hay ternura, calidad, teatro hecho con cariño y profesionalidad, que no son incompatibles. Porque nos vuelven a dar la oportunidad de revisitar esta clásica historia con las garantías de que su temática está vigente y es actual, además de divertida. Porque estás viendo el espectáculo y no tienes prisa, y los problemas diarios se quedan para otro día. Porque es un trabajazo enorme y, sin embargo, pareciera que lo interpretan sin esfuerzo y, desde luego, poniendo todo el alma y toda la energía. Porque al final se nos queda una sonrisa, un regusto dulce, un deseo de volver otro día.

Porque es magia (de Oz), poesía, arte (de Talía), canción, comedia, ficción muy bien traída.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: RIF (de piojos y gas mostaza)

Manos sucias y ensangrentadas. Una guerra silenciada. No nos han vendido nada porque se ha intentado, desde siempre, ocultarla. Dios de parte de los cristianos, siempre hemos oído eso. No querían que supiéramos que había otro Dios al que adoraban los musulmanes. Un círculo que no se cierra. Se abrió aquella brecha de hace 100 años y nadie ha conseguido cicatrizarla. Durante mucho tiempo después, aquellos militares de graduación siguieron enviando soldados para cubrirles a ellos mismos las espaldas. Y después se hicieron con los economatos y con las prebendas, y con los enchufes, y con lo que se descuida y va a parar a los mismos bolsillos de siempre. Mientras, siguen muriendo inocentes. De los dos bandos. De todos los bandos. Mientras se sigue cantando en cabarets, o toreando morlacos en diferentes plazas, o poniendo cadenas a la libertad para no enfrentarse a batallones que te revientan las sienes, que te violan, que te escupen a la cara por ser, simplemente, quien eres. Un corazón herido en un territorio que les interesaba.

Es cruda esta historia. Y real, e irónica, sardónica, verdadera, tristemente silenciada.

Menos mal que Micomicón y A priori y el Centro Dramático Nacional nos la rescatan. Laila Ripoll y Mariano Llorente nos la sirven bien estructurada. Apalabrada. Cogiendo al toro por los cuernos y, lejos de suavizarla, nos la ofrecen cargada de humor y drama. No son menudencias. Consiguen imprimirle ritmo, simpatía y horror por partes iguales, porque aguantar esta tragedia en un golpe de dos horas escénicas con tanta injusticia, desmán, muerte, desgracias, no habría quien lo soportara.

Los actores y actrices sí, se desdoblan en infinidad de personajes, en múltiples situaciones, bajo un fondo estrellado que nos saca de la realidad. Pero está la arena del RIF, están los piojos y está el gas mostaza. Mezcla de sueños y lágrimas. De sed y de balas. Esos intérpretes magníficos, Arantxa Aranguren, Néstor Ballesteros, Juanjo Cucalón, Ibrahim Ibnou, Carlos Jiménez-Alfaro, Mateo Rubistein, Sara Sánchez, Jorge Varandela y el propio Mariano Llorente, dirigidos con racionalidad y pasión por Laila Ripoll.

Después de ver esta obra podrían entenderse algunas cosas, pero nos sumerge aún más en esas desmedidas ambiciones, en el mal llamado protectorado, en los odios recalcitrantes e ideas patrioteras, en la bestia oculta que algunos seres humanos llevan dentro, en las ambiciones codiciosas de poder político y económico, en lo más vil de los conflictos que no se resuelven con gas mostaza ni tiros al no blanco. Tristes guerras en contraposición con este gran montaje de teatro.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Llega a Madrid “Conquistadores”, una co-producción de Proyecto Cultura y la Junta de Extremadura que desmitifica la conquista de América

LLega a Madrid “Conquistadores”, una co-producción de Proyecto Cultura y la Junta de Extremadura que desmitifica la conquista de América

Con un éxito de crítica tras su paso por Valencia en enero, llega a Madrid “Conquistadores”, una co-producción de Proyecto Cultura y la Junta de Extremadura que desmitifica la conquista de América a través del teatro del absurdo.

Estrenado en abril de 2021 en el Gran Teatro de Cáceres, se ha representado en la Feria de Teatro de Castilla y León en Ciudad Rodrigo, el Festival de Teatro Clásico Castillo de Peñíscola o en la Feria de Artes Escénicas y Musicales de Castilla-La Mancha entre otros muchos lugares, y llegan ahora a nuestra comunidad con el apoyo de la Red de Teatros de Madrid. Tendremos oportunidad de verlo hasta en tres ocasiones durante el primer semestre del año. Su gira comienza en el Teatro Villa de Móstoles el 18 de febrero, el 26 de marzo en el Teatro Francisco Rabal de Pinto y el 14 de mayo en el Centro Cultural Pilar Miró de Madrid.

El punto de partida de este espectáculo son tres conquistadores extremeños anónimos que forman parte de una tripulación embarcada a América -entonces tierra desconocida-. La obra alterna las peripecias de éstos con la recreación humorística de acontecimientos históricos vividos por personajes como los Reyes Católicos, Colón, Vasco Núñez de Balboa, Malinche, Hernán Cortés, Inés Suárez, Francisco Pizarro o Pedro de Valdivia, entre otros.La obra, dicen sus responsables, se ríe de los mitos y las miserias de aquella época.Con cerca de cuarenta funciones en 10 meses, “Conquistadores” ha sido seleccionado como espectáculo ‘Recomendado’ por la Red de Teatros del País Vasco, incluido en el Circuito de Artes Escénica de la Comunidad Valenciana, y forma parte del catálogo la Red de Teatros de Andalucía.
Dirigida por Pedro Luis López Bellot a partir de un texto de J.P. Cañamero tres actores -Chema Pizarro, Amelia David y Francis J. Quirós- asumen los distintos personajes envueltos en un espacio sonoro creado por Álvaro Rodríguez Barroso.

Las reseñas de Alberto Morate: LA NOCHE DEL AÑO

El título me remite, irremediablemente, a “¡Qué noche la de aquel día!”, la película de Richard Lester sobre The Beatles, en las que el cuarteto de Liverpool, tenía que dar esquinazo a sus admiradoras, esquivar a los periodistas y desobedecer a sus representantes, en busca de una noche de libertad y desenfreno.

Ahí también hay música, y aventuras, y una larga noche después de un duro día. Pero, lógicamente, también ahí se acaban las causalidades. Aquí, en La noche del año, que es la noche por excelencia, que es el culmen de 365 días, con sus descansos respectivos, es cuando los jóvenes y no tan pipiolos, se preparan a pasar una noche de desmandada actividad, con canciones, bailes, alcohol, sexo, drogas, o lo que se tercie. (Nunca entendí por qué darle tanta importancia a esa noche en concreto, la de Nochevieja, cuando hacen lo mismo el resto de los viernes y sábados). Pero, elucubraciones aparte, de lo que se trata es, después de estar dos fines de año confinados o semienclaustrados, sacar nuestras mejores galas, íntimas y visibles, salir de casa con la sonrisa puesta, e ir a la caza de la diversión que no sabemos, finalmente, si será de nuestro agrado.

En esta tesitura, Lito, Noe y Lucía, amigos y convivientes, pero cada uno con su tendencia sexual y personal muy bien diferenciada, quieren no olvidar esta oportunidad de pasarlo mejor que bien. Mas hete aquí que es lo contrario. Y entre estos encajes de bolillos, por llamarlo de alguna manera, la escena de la noche se les vuelve oscura y con lagunas de acción que irán descubriendo poco. Algo así como los personajes de “El jinete polaco” o “El hijo del acordeonista”, donde memoria y deseo se confunden, acomodando lo que ha ocurrido a lo que anhelan realmente. Hay que sustituir los hechos de la realidad con lo que uno se está imaginando.

Para llegar a la conclusión de que nadie es totalmente lo que dice ser, o creer, y de que deslices los tenemos todos. Texto de Carlos Mesa, con dirección de Víctor Páez, con Sara Herranz, Laura Oliver y Juan Barahona. Los intérpretes sacan sus registros de personajes mediáticos (más o menos, léase Tamara Falcó, Lina Morgan, Jorge Javier Vázquez… o esa es la impresión que me dio y puedo estar equivocado, je, je). De cualquier forma, cuando la música no está demasiado estridente, se mueven con soltura y desparpajo, abiertos en su confusión e interaccionando con el público que se ríe pensando, “eso nos ha pasado a nosotros”, o “madre mía que forma de divertirse de estos hijos nuestros”.

La noche del año”, a la larga, la noche más corta, del año.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

La Firma Invitada: Fernando ERRE, autor de HERNANI

‘Hernani’ es un drama de Víctor Hugo. ‘Ernani’ es la ópera que Verdi concibió basándose en el texto del escritor francés. Hernani es un pueblo guipuzcoano de veinte mil habitantes. Hernani es muchas cosas, y para mí ha sido un territorio simbólico desde el que construir una comedia teatral con el llamado conflicto vasco como telón de fondo.

He escrito ‘Hernani’ con el propósito de abordar el asunto de la convivencia desde la óptica del humor, que es una de las expresiones más contundentes de la inteligencia humana. Era consciente de que esta perspectiva podría resultar controvertida, pero siempre ha creído que tocar temas espinosos desde la comedia no significa banalizarlos, sino que incluso puede conllevar un enfoque tan rico o más que el de una tragedia, donde se suelen sublimar las emociones. Aunque a muchos les genera desconfianza, la risa marida muy bien con la reflexión, como ya nos demostró Molière hace cuatro siglos.

Algunos espectadores que han asistido a la función me han manifestado sus sensaciones, que van desde la prevención inicial por la temática hasta la sorpresa por el modo de acercarse a ella, y he podido constatar con satisfacción y, por qué no decirlo, cierto alivio, que la historia de Edmundo y Julen, interpretados con finura y compromiso por Daniel Ortiz y Josean Bengoetxea respectivamente, atrapa y concita el entusiasmo de personas de distintas procedencias e ideologías.

Sin duda, ‘Hernani’ está siendo una de las experiencias más gratificantes de mi carrera. Ojalá que las cuitas de estos dos personajes condenados a entenderse sigan conquistando el cariño y las risas de los espectadores durante mucho tiempo.

Un momento de HERNANI, que se puede ver los jueves a las 19:30h en el Teatro Lara