Las reseñas de Alberto Morate: Freak, la escena del sofá

Todos sabemos que las mujeres, por el simple hecho de serlo, tienen que lidiar en más de una ocasión con un oso pesado que, indefectiblemente, las acompaña. Deben andarse siempre con mucho tiento, porque si no, las tildarán de casquivanas, de irresponsables, de putas y de calienta miembros. Es como si fueran pequeños dípteros atrapados en un tarro de miel. Van dando tumbos aquí y allí, o al menos eso es lo que piensa gran parte de la sociedad pacata y acaparadora de las malditas convenciones sociales.

En Freak, de la autora Anna Jordan, dos mujeres (una adolescente y una mujer madura) se sientan en un sofá y nos hacen partícipes de sus brutales sentimientos, relaciones, de sus golpes no físicos, de sus enamorados sueños, de la ira que provocan en otros, o la lascivia, o el deseo.

Esto las hace desquiciarse, asombrarse, querer deshacer lo hecho o volverlo a hacer, que para eso consideran que son libres de su propio cuerpo. Y de sus propias acciones. Y de sus propias contradicciones a las que también tienen derecho.

Contándolo consiguen, en parte, desprenderse de ese oso que duerme con ellas, que las persigue, que aúlla en su interior produciéndolas un escozor interno e íntimo que solo la palabra y la confesión de sus sentimientos puede aliviarlas como el agua quita la suciedad.

Paula Amor, la directora, dice sentirse identificada con algunos de los momentos o situaciones que nos relatan estas dos mujeres, que después descubriremos que sí tienen relación, aunque al principio parezca que solo comparten sofá alternándose en los relatos. Ellas son Lorena López y Lara Serrano, y aunque parezcan que no tiemblan, cada una expresa en rigor sus turbios recuerdos y, a la vez, íntimas experiencias.

Van a encontrarse durante toda su vida con esos osos de los que no podrán escapar. Pero tienen que conseguir que no les remuerda la conciencia, que se sostengan mutuamente aceptándose primero ellas mismas, y luego, si los demás no lo hacen, allá ellos. Sombras de payasos estúpidos incapaces de comprender su universo femenino porque no ven más que lo que, convencionalmente, hay en el entorno.

Por eso nos cuentan sus secretos, en una escena del sofá que no es de conquista, ni de terapeuta, ni de familia en torno a la tele, sino de sinceridad a raudales, porque es necesario sacar a la luz lo que ocultan los huesos, la piel, el sexo propio, que lo desconocido deje de ser opaco y deje de ser freak el comportamiento que otros consideran extravagante o raro. Es importante erguirse y abandonar el sofá de la comodidad y desnudar el corazón, para mostrarse como se es, sin importar lo que opinen los otros.

Que el oso hiberne para siempre en las cavernas de lo socialmente correcto.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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