Las reseñas de Alberto Morate: Ópera Pánica. Bufonada de nada.

Nada es porque sí. Y todo tiene su aquel y su causa. Y cuando Alejandro Jodorowski escribe Ópera Pánica, cabaret trágico, con elementos surrealistas y simbolismos, nos dice y nos canta las verdades del barquero, que no sé cuáles son. Pero sí que hace crítica social, que estamos llenos de contradicciones, que muchas veces no escuchamos ni percibimos a los que tenemos alrededor, que algo negativo puede convertirse en positivo y viceversa, que la espontaneidad es necesaria, que la existencia es fácil o difícil según nos lo tomemos.

Alguien me recriminó o me puso en entredicho que cómo me atrevía a poner en escena un texto del filosófico, existencialista y esotérico Jodorowski, con un grupo de actrices, sí solo actrices, aficionadas, pero eso sí, con mucho espíritu interpretativo. Y no solo me he atrevido a hacerlo, sino que conociendo los inicios mímicos del autor, junto con Etiènne Decroux y Marcel Marceau, pensé que trasladarlo a un mundo clownesco, a una estética circense, no solo no le desagradaría, sino que lo vería con buenos ojos.

Y así, poquito a despacio, fuimos pergeñando el texto de Jodorowski, limando asperezas, desechando escenas, añadiendo otras personales y dotando al espectáculo, no de un cabaret trágico, que lo es, sino de una Bufonada de nada donde no se excluye la amargura de las relaciones personales, la socialización o aislamiento de ciertos personajes, la rehumanización de un realismo imposible.

El grupo, Ensayos Chucrum, siente la inquietud y la responsabilidad de comunicar, por un lado un espectáculo asequible y divertido, y por otro, la esencia de los argumentos de unos personajes sin nombre que representan a buena parte de la sociedad en la que todos convivimos.

Por eso, sin perderle en ningún momento el respeto, es verdad que queremos ser populares y sencillos pero, en la medida de nuestras posibilidades, ofrecer un vehículo de reflexión eficaz, directo, absoluto.

Es decir, no queremos abandonar la forma poética, pero tampoco el divertimento, no pretendemos competir con los grandes montajes de la cartelera madrileña, pero tampoco ser unos simples ejecutores de entretenimiento sin consecuencias personales.

Existe el talento en muchas facetas y formas de llevarlo a cabo. Una de ellas es a través de estos grupos de barrio, aficionados sí, pero entregados, necesarios para que después haya espectadores de teatro, útiles para el vehículo del conocimiento de autores, obras, salas, que serán el inicio de una forma de entender la vida y salir de la rutina del siempre lo mismo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Albero Morate: ME LO DIJERON MIL VECES. No debía de quererte.

Y, sin embargo, te quiero” ¡Vaya letra, la de esta copla! “Me lo dijeron mil veces y yo no quise poner atención”, porque es lo que se hacía antes. Un hombre nos daba todo aunque nos engañara vilmente, aunque se fuera con otras, aunque llegara tarde. No había reproches, “te quiero más que a mi vida”, ya por ahí vamos mal, “no debía de quererte”, hasta que, por fin, me dé cuenta de ello.

Esa era la actitud generalizada de las mujeres que tragaban porque no tenían independencia, ni libertad, y ellos decían que ni criterio.

Las cosas van cambiando, aunque despacio. Demasiado despacio. Incluso hay ciertas regresiones. No lo permitamos. Ya no estamos en la época de la guerra civil, ni en la del franquismo, ni en la transición en la que tampoco cambió nada. El tiempo transcurrido nos hace ver que el conformismo se ha acabado, que la amargura, aunque aparezca de vez en cuando, tiene que terminarse, que la frustración no tiene sentido. El estado de ánimo lo forja una misma, solo hay que saber escucharse.

Cada vez se va tomando más conciencia de que tengo voz y palabra, de que mi tiempo es mío, de que comparto mi espacio con quien quiero.

No niego el amor, ni el ensimismamiento pasajero, pero quiero hacerme entender al igual que yo soy capaz de comprenderte.

Y mis referentes son Lorca y Almodóvar, ¿por qué no? Pero otros poetas también, ellos saben expresar lo que yo siento y se lo agradezco.

Así nos lo hace entender Elena Díaz Barrigón que escribe y dirige este texto reivindicativo con humor y mucho acierto. Esa es la función de la dramaturgia en estos tiempos. Sin perder el ánimo, apoyándose en las amigas, recordándonos con canciones que la vida está marcada por encuentros y desencuentros, por distancias y ausencias, por recuerdos y proyectos. La historia no termina nunca, nos dice el personaje masculino en un momento. No termina, porque detrás vendrán otras ilusiones, y deberemos, como mujeres, afrontar lo bueno y lo malo, no aceptar un destino que no queremos.

A Pepe Alacid le toca enfrentarse con esas mujeres, pasionales, sí, pero también inteligentes y sensitivas que son capaces de darlo todo y no quedarse a merced del viento. Ellas son Elena Díaz, que también lleva todo el peso de la función asumiendo que el destino lo elige ella y no solo valen los “y sin embargo, te quiero”. La acompañan Mechi Oliverio, Gloria Rodríguez y Amaia Vargas, como auténticas amigas al quite de bajones, dudas y rígidos sentimientos.

Me lo dijeron mil veces, pero esta vez sí voy a hacer caso. Pero no a los otros, sino a mí misma, pasando de la presión que ejerza la sociedad, queriendo, pero de verdad, queriendo porque quiero pero, a la mínima, ahí te quedas con tus limitaciones de hombre que no sabe lo que quiere, porque solo se quiere a sí mismo.

En la medida de lo posible, cantaré, aunque sean coplas de sumisión, para no caer en los peligros que estoy temiendo, porque yo sí leo las letras y pongo atención a lo que están diciendo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: Royal GAG Orchestra. La música como antídoto.

¡Pronto, los músicos que se preparen!; que se prepare el público, que se prepare la pista de circo (o el auditorio, o el teatro), que se preparen los pies para bailar y las palmas para aplaudir y la boca para sonreír.

Los acordes suenan, y muy bien. En el escenario están dispuestos 28 músicos y las músicas también están dispuestas a ser ejecutadas (que no liquidadas). No, no van a hacer mofa ni escarnio del concierto. Van a interpretar las mejores y más populares piezas clásicas pero con sentido del humor, que es el único sentido coherente.

Un director, no tan disparatado, pero sí emocional y visceral, entregado a su público si el público se entrega a él. Y eso hacemos. Nos pide aplaudir, aplaudimos. Nos demanda gritar, gritamos, pateamos, nos callamos si nos lo indica, nos batutea, nos maneja a su antojo y nosotros nos dejamos hacer porque queremos pasarlo bien, que ya están los tiempos para otros bochornos.

Él es, en la ficción, Josef Von Ramik, y en la realidad, Juan Francisco Ramos, miembro fundador y actor de Producciones Yllana, que son los que pergeñan este concierto de “no tan locos”. Le quiere hacer competencia, en la irrealidad, Gaspar Krause, que es un violinista virtuoso, Thomas Potiron, con no sé cuantos premios que no enseña, pero se le presuponen nada más verlo, cómo templa el arco y cómo le siguen todos.

Alberto Frías los dirige; ya, eso se cree él, porque en realidad, se dirigen solos. No hay más que ver la fanfarria de orquesta que tienen que, incluso sin batuta que los marque, sacan sonidos puros, pasión y sentimiento a raudales, cuando no nos hacen bailar como posesos en pos de perder el desdoro.

Royal Gag Orchestra, impecables en su vestuario, en los sombreros que no llevan, en sus instrumentos controlados hasta la última nota, en el fervor demostrado por ofrecernos un concierto no al uso, un concierto familiar que llega a los oídos más sordos.

El público es un maestro más, aunque se descoordine un poco. La pura realidad es que venimos a pasarlo de miedo; si al miedo se le transforma en humor, en bellos sonidos, en alegría desbordante, en gag, en real, en orquesta, que hasta se baila un zapateado con el regidor fingido.

La música, nunca mejor dicho, como antídoto. Como ejemplo de divertimento, como cauce universal de entendimiento, como ardoroso espectáculo para todos los públicos, seamos o no, entendidos en arpegios y cadencias, en notas y sonidos. Lo que queremos es… pasarlo divertido.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: DECONSTRUYENDO A L’ENFANT. El maltrato como tema.

El maltrato como tema. El infierno doméstico donde un padre abusa de sus hijos. Así de crudo. Así de real. Así de directo. Normalmente comienzo mis crónicas dando un rodeo sobre el tema del que se trata dando mi humilde opinión o constatando la de otros. En este caso, hay que entrar de lleno en ello. Y no porque la compañía Atreverse lo haga así. Al contrario, vamos enterándonos poco a despacio de las circunstancias que mueven a los personajes a expresarse y manifestarse como lo hacen. Nos van desvelando su interior en dosis de buen texto y magnífica interpretación. Comedida, descubriendo la necesidad de liberarse de tanto yugo opresor cuando eran tan solo unos niños. No eran “enfant” terribles, eran niños sometidos por un padre alcohólico, abusador, despótico, jugador, violento.

Van Deconstruyendo a l’enfant que cristalizó en lo que es ahora. También un alcohólico, pero ya no es violento, está demasiado marcado por las cicatrices del pasado. Nada hay que justifique tales desmanes que traerán consecuencias irreversibles. Tampoco es fácil hablar de este tema sin que te toque al corazón de la emoción. No son entendibles tales comportamientos humanos.

Con dramaturgia de Brel Martínez y dirección de él mismo junto con Jey Nazaré, que también la interpretan, es difícil abstraerse a su hondura, a su desgarro, a su realismo, por lo demás, demasiado más habitual de lo que nos pensamos.

Su expresión es convincente, y tierna al mismo tiempo, robusta y crítica con la tristemente respuesta de la sociedad, que en muchos casos, hace caso omiso de esta lacra que no se menciona hasta que un hecho aciago salta a la actualidad.

Pero para eso está el teatro, para tomar conciencia, y comunicarnos sucesos que en muchas ocasiones desconocemos si no nos tocan directamente.

Da gusto, aunque sea una paradoja (por la crudeza del tema), encontrarse con montajes humildes en sus presupuestos y grandes en sus textos, en sus interpretaciones, en sus planteamientos. Hallazgo en rincones de poco aforo, perlas que correrán una suerte dudosa, dependiendo de la publicidad boca a boca que se les dé. Abogo por ellos. Aquí hay que escribir y representar para la inmensa minoría, y luego que no me vengan diciendo que la oferta es limitada. Lo cierto es que son merecedores de los mejores premios. Por la constancia, por el arrojo, por el tesón, por el esfuerzo, por creer en ellos mismos, aunque cada vez se lea menos, en el sentido de leer obras en vivo, urgentes y necesarias, y que no todos vayan al mismo espectáculo bien situado y con presupuesto de sobra en los forros.

Necesidad social y circunstancial de forma, modo, tiempo y expresión. Temas que fuerzan nuestros sentimientos para removerlos y saber que, en medio de la opulencia, también hay sinceros montajes de calado hondo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: NO SOY TU GITANA. Ni pienso serlo.

Es verdad que nos creamos estereotipos. Que es difícil definir cómo es la idiosincrasia de una poética social cuando hablamos de grupos de personas que nos son ajenos aunque convivan con nosotros habitualmente. Hablo de migrantes, por ejemplo, de gitanos, de artistas, de ingenieros o amas de casa que lo son, pero a la fuerza. Es decir, nos inculcan una idea, nos creemos una forma de existencia que dista mucho de la realidad, pero lo malo es que lo hacemos lugar común y cotidiano sin conocer la objetividad de los auténticos protagonistas.

Ignoro cómo se hace para que no se generalice y caigamos en los mismos clichés, pero un buen sistema, creo, es este, hacer teatro. Contarlo a través de la escena, no para explicarlo, sino para que abramos los ojos.

En No soy tu gitana, con dramaturgia de Nüll García y Silvia Agüero y personificada en la propia Silvia Agüero, hacen ese más sencillo todavía. Contarlo desde el punto de vista de quien lo vive y lo ha sufrido a diario. Nos hace ver que, apreciado desde fuera, son todo prejuicios y desconfianzas.

La gitana, sin menospreciar el calificativo, nos va contando sus sentimientos y el de hace 600 años atrás, el de la literatura y sus intereses estéticos, nos va descubriendo el origen, nos abre los ojos, nos muestra la realidad, pero una realidad, hasta ahora, vista desde los payos que somos todos. Se remonta a la lejanía, que no está tan alejada en la apreciación de lo que representan y nos hace meditar sobre ello.

¿Que tienen sus características propias? Por supuesto. Eso los diferencia y eso los debería hacer más valiosos. Que no son tratados con justicia, que aquí no se trata de discriminación racial, sino más bien clasista, de lástima, de desprecio, de superioridad.

Lo dirige y la llevan con el desparpajo necesario Pamela Palenciano y Nüll García. Y ella, la gitana, se hace grande entre nosotros. ¿Actriz? Pues claro, hay que saber afrontar con fervor ponerse delante de un público y cantarle las verdades al barquero.

Ahí está, todo medido y ensayado, pero con la frescura necesaria para hacernos reír un poco, para hacernos pensar un mucho, para hacernos avergonzarnos bastante, para hacernos autocrítica y reflexión, para entender las sombras de lo establecido, para agradecer que no todo sea sesudo e intelectual, para echar maldiciones a lo que nos incomoda y a los resentimientos escondidos en la vanidad de creernos superiores en todo.

No soy tu gitana, ni pienso serlo, claro que no, cada uno es de uno mismo, y si no te gusta, jódete un poco.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: LOS FARSANTES. Ficciones que no son mentiras.

Despertar y creer que lo que has soñado es realidad. O que lo que vivimos no deja de ser un sueño, de intentar conseguir lo imposible, de deseos que se frustran constantemente, de gente que pasa alrededor nuestro y nos influyen y nos creemos sus historias y nos inventamos una nuevas para que se las crean ellos.

Todos fingimos, todos somos farsantes en ciertos momentos de nuestra vida. La cuestión es creérnoslo nosotros también, discernir entre lo que es cierto y lo imaginado, entre las despedidas y los regresos.

Alguien es nuestro hilo conductor. Nuestro nexo, con quien nos multiplicamos o nos dividimos, con quien nos descubre nuestro secreto o, simplemente, nos acompaña en ese transitar en el que nos movemos.

En Los farsantes hay historias paralelas, que nunca se tocan, pero van hacia un mismo destino. Otras que se cruzan, ficciones que no son mentiras, sombras de nosotros mismos, recuerdos, sórdidas relaciones, miedos.

Pablo Remón juega con las palabras, las situaciones, los personajes, los tiempos, los espacios, el argumento en sí mismo que parece que se va construyendo poco a poco. Pero sabe que todo es un juego. Un juego de atardeceres, de soledades, de inquietudes, de cadáveres que no mueren, de fantasmas del pasado, de nieve que cae y nos deja en silencio.

Los actores son los artífices del engaño, que no es tal. Es solo una irrealidad, un soñar despiertos, una verdad maquillada, una mentira que no es piadosa, sino que hace crecer a los personajes por dentro.

Ellos y ellas, Javier Cámara, Francesco Carril, Bárbara Lennie y Nuria Mencía en mil y un personajes, en teatro haciendo cine, en directo, pero también en diferido cuando nos cuentan su pasado, en compañía mientras están en soledad, en acercamiento mientras están lejos.

No decae el ritmo de este redoble de corazón, de este escenario vacío pero no desierto. De este sueño vivido, de esta sátira sobre lo que es plagio y lo que es original, sobre las vidas que no queremos vivir y las que nos imaginamos, sobre las relaciones entre individuos que no paran de hablar pero se comunican poco, sobre lo que quiero y lo que deseo y lo que tengo.

Magnífica interpretación de todo el elenco, uno a una y todos juntos, creyéndonoslo. No dejen de pensar que por disimular no dejamos de ser menos verdaderos. Aunque al final sea un lío todo esto.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: BARRIO CALEIDOSCOPIO. Pero estás solo.

Iba yo a comprar el pan” decía el gran Francisco Umbral en su columna Diario de un snob en El País durante mucho tiempo. Ahí Paco Umbral hablaba de con quién se encontraba, qué sensaciones tenía y qué fugacidad de las cosas tienen lo que nos pasa a diario en nuestro barrio.

Barrio Caleidoscopio, de Teatro de la Vuelta, que es uno solo. Carlos Gallegos, que también, aunque anclado a su sillón, sale a comprar un pan, o dos. Y nos cuenta sus sensaciones, lo que le recorre en el aire por dentro. Lo dirige, muy bien llevado, Gonzalo Gonzalo, como si estuviera con él en todo momento. Pero está solo.

Y lo que le ocurre es el amor, la humanidad entera, el corazón desbocado que es un músculo rojo dentro de su pecho. Es como un niño. Para él todo son recuerdos, no quiere compasión, no le gustan los gritos, se siente vacío y, al mismo tiempo, lleno, pletórico. Está en medio de los otros, pero solo, saturado, hecho costumbre, apurando cada instante como si fuera el primero.

En un alarde de interpretación medida, Carlos Gallegos, de voz ajustada, de gesto preciso, este ecuatoriano que representa a Alfonsito, quiere abandonar el concepto que de él tienen, pero no por los demás, sino por sí mismo. No puede estar equivocado. Se lo dice el corazón, y este nunca miente. Desconoce lo que hacen los otros, y tampoco le interesa demasiado, quiere contarnos su experiencia, su miseria, su soledad, sus ganas de vivir aunque se lo impidan sin decoro.

Comprará un pan, o dos, pero no para salir de la miseria, para entrar en la felicidad que le produce saber que uno puede enamorarse, sentir, padecer, con solo una mirada, con solo una voz, con solo una sombra, la rebeldía de las entrañas ante unos ojos luminosos.

Es un prisma de mil colores rotos, un espejo triangular de un barrio cotidiano y vulgar, de un personaje, quizás, algo paranoico, de una persona viva que no quiere quemarse lentamente mientras se ríen los otros.

A partir de ahora, tal vez nada sea como antes, que retumbe en su rechinar la felicidad de la herida interna, el empuje de un barrio que no lo acepta, el deseo de integrarse de cualquier modo, pero no a costa de perder su dignidad, sino de hacerse valer para salvar la amargura de sentirse solo.

Ya lo saben, un asiento, una cadena, un hombre solo, un deseo, un evitar la distancia, un romper con lo que puedan opinar otros.

En La Sala, los domingos, un día anodino para los que distintos somos.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: VITALICIOS. SAINETE NEGRO. Sí, no, interrogante.

Hubo un tiempo de bonanza económica y cultural, ¡quién lo diría!, donde las aspiraciones a realizar espectáculos, eventos, encuentros de éxito era algo cotidiano y significativo. En recompensa, se otorgaban ayudas e incentivos “Vitalicios” tentativos para que la creatividad no mermase. Pero, hete aquí, que las recesiones económicas son importantes y llegan cuando nadie se las espera y la gestión de la cultura cae cada vez más bajo. Y sin ascensor. Solo un montaplatos donde nos den las instrucciones precisas. Hemos ido perdiendo nuestra calidad humana.

La obra de José Sanchis Sinisterra comienza con un largo listado de composición de lugar. Hay que cortar por lo sano. Y la síntesis es que el arte y la cultura están estorbando. Un estado de bienestar no puede permitirse que sus ciudadanos piensen. Tienen que actuar de forma mecánica y sin imaginación, no vaya ser que se les ocurran ideas progresistas, libertarias y, lo que es peor, que cuesten dinero.

Con esto queda claro que en el texto de José Sanchis Sinisterra su propio texto quedaría relegado al olvido, al cajón de los proyectos nunca ejecutados, al ostracismo de autoridades incompetentes que tendrían que sacar las comisiones por otro lado. No se puede regalar cultura como si fueran caramelos. Hay opresión, y humor, y experiencia en todo esto. Por eso bajan al subsuelo del subsuelo, al oscurantismo de tiempos pretéritos; solo falta la censura para indicarnos lo que es malo y lo que no es bueno.

Lo dirige el propio Sanchis y Eva Redondo que, posiblemente, no escatimen en esfuerzos para sacar adelante este proyecto. El elenco son Magdalena Broto, Marta de Frutos, Santiago Nogués (con la colaboración de Marisol Rolandi) que, mecánicamente, acaban por mostrarse más humanos que lo que suscitan sus jefes y sus dicterios.

El autor, en efecto, pone el dedo en la llaga de algo que nos sucede desde tiempos inmemoriales que no están tan lejos. Si por algo cuando se habla de que el teatro está en crisis viene a suceder que solo es una falta de presupuestos. Bueno, y de promoción, y de interés político, y de miedo, ¡no vaya a ser que pensemos!

Mantened oculta el habla, el teatro, la poesía, el arte, que ya nos encargaremos nosotros (los altos funcionarios de turno sin criterio) que esto es cosa de unos pocos, de unos locos peligrosos, a los que habrá que otorgar un No habitualmente, un Interrogante en algunos casos y, de vez en cuando, un para que vayan tirando y que no todo sea tan negativo. Un ejemplo basta de muestra, no sé de qué se están quejando.

Una palabra final: Vitalicio, hasta que deje de serlo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: EL PECADO MORTAL DE MADAME CAMPOAMOR. Historia radiofónica.

Las lágrimas no eran para ellas. Para ellas era la lucha, la movilización, la visión de futuro, el codo con codo con los hombres, inmensas, enfrentadas a lo socialmente establecido. Pretendían y querían el sufragio femenino, pero no solo eso, también la no discriminación por razón de sexo, la igualdad jurídica de los hijos, el divorcio, y un estado de igualdad más equitativo.

¡Qué difícil es hacer cambiar el parecer de ciertos hombres! De lo que está arraigado y parece inamovible. Seguimos moviéndonos en esos campos de desconfianza y falta de libertad. Una ley no obliga a hacer algo si no quieres, pero permite a quien sí quiera ejercer ese derecho que lo haga. Aún hoy seguimos en lo mismo.

Los hombres, siempre los hombres, queriendo mantener su estatus de privilegio aunque no tengan suficiente sentido. Menos mal que mujeres como Clara Campoamor siempre han existido. Es lógico, no son menos que nadie, no son un simple acompañamiento masculino.

El pecado mortal de Madame Campoamor, en un gran acierto radiofónico, que es como se conocían los acontecimientos en su época, es un texto donde Mario Hernández aprovecha para sacar a la luz, esos discursos políticos. Esa confrontación con Victoria Kent, esa memoria histórica donde solo recordarlo nos hace estar vivos.

No es propaganda política ni alegato para vilipendiar al enemigo. Es el reflejo de unos hechos sucedidos. Clara Campoamor tuvo que exiliarse, como tantos otros, pero le quedará el brillo furtivo en sus ojos de aquello conseguido.

Descubrimiento para quien no esté informado, visibilidad para recordar que nada fue sencillo.

Irene Coloma, José Fernández, Mario Hernández, Elena Rey son varios personajes, varias voces, testigos. Con humor y con dolor, con riguroso estudio, con la fuerza de la palabra y algunos sonidos, en el aire nos desgranan este periodo que acabó en el exilio. El pecado mortal de Clara Campoamor fue no rendirse ante lo que otros hubieran considerado de antemano como perdido.

Historia radiofónica, teatral, documental, en directo y en vivo, el llanto solo consuela, lo que produce efecto es el grito. Pero comedido. La aplastante realidad, la transparente igualdad, la explosiva firmeza de creer en lo que digo. Así era ella, Clara Campoamor, estrella fulgurante de nuestro destino.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: CATERINA. Santa con todos los méritos.

Hace tiempo, en mis ancestrales tiempos, leíamos hagiografías. Recuerdo especialmente la de Fray Escoba (que, en realidad, era una película, pero yo la recuerdo en un libro de Bruguera, quizás, la vida de san Martín de Porres), la de santa Teresa, la de san Pablo y diversos mártires que nos colocaban en una situación de desamparo y desasosiego, pues en ningún momento yo quería formar parte ni de milagros ni de martirios, ni de sacrificios ni de rezos.

Hoy veo una historia de una santa. Caterina de Siena, patrona de Italia y de Europa. Doctora de la iglesia, con la que topamos aún todavía, redundando. Mística de la Edad Media, como bien recalcan en este montaje de la compañía Paroxa. Sin embargo, damos, dan, un salto al futuro nuestro, en el que estamos, y después de vilipendios, juicios, 23 hijos de su madre, la peste negra, y una paloma en la cabeza, estos desalmados, en el término cariñoso del adjetivo, nos llevan a la inmediatez de sus hechos. A lo que dejó, legó, y tuvo que luchar contra el infierno, que no es otro que el de la sociedad en la que vivió y nosotros seguimos viviendo.

Si nos paramos a pensar, cosa harto difícil en estos días, nos damos cuenta que no ha cambiado tanto la sociedad de antaño con la que ahora consumimos. Modas, auges irritables, índices de audiencia, la palabra equívoca y el ensalzamiento de los santos que ahora son paganos.

Esta compañía, dirigidos por Amaia Azkue, sobre un texto de Cristina Masoni, en una puesta en escena sin desperdicio de movimiento corporal, de asunción de roles, de texto sardónico y directo, de pecado, por transgredir una forma formal de entender una biografía estética que reniega de un argumento concreto, nos van pasando por el tamiz del reportaje, del cabaret, del show business, una vida relegada a la crítica y a la lucha por el sufrimiento del propio cuerpo, a los estigmas de ser santa sin todavía serlo, a la realidad de entonces que era confusa como ahora, y al que cada uno arrima el ascua a su sardina sin haber encendido el fuego.

El elenco: Cristina Masoni, Javier de Luis, Cësar Von Rom, Camila Femenie, representantes, como decían antes, de lo ideológicamente incorrecto. Claramente preocupados por mostrar que ya en aquel entonces, había mujeres, santas o no, que no se conformaban con lo impuesto.

Aun así, prudentes, no nos sacan de quicio, sino que nos hacen reír, y sufrir, y pasar un momento estupendo. ¿Sacrilegio? Faltaban casi cien años para que naciera Torquemada y pusiera los puntos sobre las íes en sus tremendos criterios. Además, como Caterina de Siena era italiana, de poco le habrían valido sus dicterios.

Hoy Caterina Benincasa es personaje teatral y santa con todos los méritos.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.