Las reseñas de Alberto Morate: ENTRE COPAS. Brindemos por ello.

El vino, aunque no lo bebamos, es nuestra esencia. Somos un país vitivinícola, de recios sarmientos, de buena uva, de caldos de prestigio. Pero qué pocos entienden sobre ello. Hablan, presumen, lo catan, lo prueban, pero se quedan en eso. Y el vino, me lo enseñó mi padre, es algo más. Es el sudor claro y enfrentado de quien hace un esfuerzo por ofrecernos un placer.

El vino es memoria, es historia, es arraigo. Pero también literatura, juerga, amistad, encuentros, amor. Sobre todo amor, brindis sonriendo.

Con una copa de vino me siento estupendo. Mis manos están ocupadas. Siento el aroma, aprecio el color, me acompaña el misterio. Y si a eso le añado una buena compañía, está todo hecho.

Entre copas es una comedia amable, de todo lo citado anteriormente. Encuentros, amor, incluso olvido, esperanza, necesidad, espejo. El texto es de Rex Pickett, que no es riojano ni de la Ribera del Duero, ni de Valdepeñas, ni tiene denominación de origen, pero puso empeño.

Alrededor del vino se construye una historia de insatisfacción y de aventura, de comienzo y no solo de gesto. Quien aprecia el vino es más honesto. Quien lo toma como entretenimiento solamente no sale escaldado, pero queda seco.

Una historia aparentemente banal, una despedida de soltero, se convierte en un golpe, en un beso, en un exprimir la uva, en un devenir que depende de quién deguste el mejor vino, de quién sepa consumirlo y querer hacerlo su destino, su propósito, su objetivo, su último verso.

Juanjo Artero, Patxi Freytez, Ana Villa y Elvira Cuadrupani son las dos parejas con distintos gustos a la hora de paladear lo que pueden ganar o perder, lo próximo o cercanos que nos encontremos de los otros. No solo es cuestión de cantidad, sino de calidad y saber sacarle provecho. Pero provecho humano, de amor, de vida entre dos, de abrazos, de aproximación, de no sentirse ni más ni menos. Lo hacen con ritmo, con desparpajo, con soltura escénica, con divertimento que nos traspasan a los espectadores, brindemos por ello.

Garbi Losada lo dirige, no es la culpable de todo esto, es la enóloga que sabe apreciar el sabor de un sentimiento. Al fin y al cabo, una copa de vino es mucho más que una bebida que debería permitirnos ser sinceros. Entre copas, entre vinos, anda el juego, entre vinos nos hacemos personajes excelsos.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: EL DIABLO COJUELO. Pasen y vean.

¡Como si el diablo no tuviera otra cosa que hacer que ir de casa en casa, de tejado en tejado, espiando a sus convecinos! Ahí se va a encontrar amores prohibidos, sombras de personas, mujeres rinocerontes, camas desechas, luces encendidas, y calles transitadas en subterfugios.

Pero si es que además resulta que el diablo, que también es cojo, o cojuelo, o tranco, o renco, o de pie quebrado, deviene en payaso, en bufón, en albardán, en perillán, en augusto, en clown internacionalmente, entonces nos topamos con la Compañía Rhum que están bien dispuestos a ello.

Hablan con Lluís Homar, que ya es decir mucho, y este les pide un clásico, pero que no sea el clásico clásico de turno, sin minusvalorar a aquellos en los que todos estamos pensando. Y manos a la obra, que no es obra, que es narrativa, le cargan el mochuelo a Juan Mayorga que ya sabe de estos delitos. Mayorga es muy Mayorga, anda que no saben estos tipos. Y confían, ni más ni menos, que en Ester Nadal, taller de comedia, creación, narradora, y yo qué sé cuántos más títulos para una dirección sin remilgos.

Y, entonces, deciden hacerlo circo. Circo de butacas y escenario circular, circo de nariz roja y cara blanca, circo de labios pequeñitos y habla grande, de luz y explosión, de música y de instinto, de bofetadas falsas y de espejos cóncavos y convexos, aquí está el tiempo detenido.

Pero si un día sus nietas, si las hubiere, tuvieran que contar su historia, dirían que sus abuelos empezaron de payasos y siguieron siéndolo, pero payasos clásicos, los que todos recordamos, queremos y necesitamos, que esta vida ya es demasiado clásica para que siga siendo siempre lo mismo.

El diablo cojuelo, pasen y vean, don Luis Vélez de Guevara puede que se halle entre el público. Público que somos nosotros, becarios por capricho, por querer enterarnos de qué ve el diablo en sus corredurías en plan cotillo.

Compañía Nacional de Teatro Clásico, claro, y por qué no, si no hay nada más tradicional y antiguo que reírse de nosotros mismos.

Sí, en el programa, menos mal que ya han vuelto los programas, todos hablan de dar saltos de alegría cuando les encomiendan el encarguito. Anda que no habrán tenido que currar, los benditos. Pero se ponen manos a la obra y te hace un instrumento de viento de una escalera, de un corpiño, de un micrófono, qué se yo, están locos estos tíos. Pero nosotros somos cómplices de este desatino que no es tal, que es espectáculo a lo fino, de variedades y de comedia, de drama y de musical, de monólogo y de mimo.

Y es que diablos cojuelos los hay por todos los sitios. Pero en estos momentos está en el Teatro de la Comedia, un clásico donde nos divertimos.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: LA PRINCESA Y LA RANA. Todos los cuentos.

“Yo no sé muchas cosas, es verdad. Pero me han dormido con todos los cuentos y sé todos los cuentos”. Quien decía esto era un poeta, León Felipe de mis desvelos. Suerte que tenía él, poder conocer todos los cuentos, saber todos los cuentos, subirse al tren de los cuentos, viajar a mundos fantásticos a través de los cuentos, ser hombres y mujeres de bien porque les han contado cuentos.

Eso hace la Compañía La Bicicleta del Teatro Sanpol. Nos cuentan todos los cuentos. Todas las historias, todos los argumentos. Y lo hacen con la delicadeza, la profesionalidad y el sentimiento adecuados.

Grandes escenografías, sin escatimar medios, buenísimo vestuario, sin perder detalle, bailes, músicas, texto cuidados con esmero. Y la historia en sí, nada se les queda en el tintero. Están los hermanos Grimm, Andersen, Perrault, autores fantásticos como Julio Verne, Collodi, James M. Barry, Dickens, Las mil y una noches, si es preciso, también Disney, y personajes como Mary Poppins, La Bella y la Bestia, Los músicos de Bremen, Hansel y Gretel, Caperucita, Rapunzel,… yo qué sé, todos los cuentos.

El mundo adquiere otro color cuando entras en la sala del Teatro Sanpol. Ahí están acumuladas cientos de historias, canciones, musicales, producciones con la categoría Broadway, teatro y cuentos.

Ana Mª Boudeguer nos ofrece esta versión de El príncipe rana. Con la magistral interpretación de Arturo Vázquez, Marina Damer, Esther Santaella, Natalia Jara y el siempre inefable Victor Benedé.

Las músicas nos transportan a un universo idílico y al mismo tiempo peligroso. Para mantener la intriga, el suspense, los malos qué malos son y los buenos, qué ingenuos y qué buenos, valga la redundancia. Estupenda voces, controladísimo movimiento escénico, no dejan nada al azar, todo es un argumento bien estructurado, sin olvidar que se debe ir impregnando de valores a los espectadores más jóvenes. A ver si se conciencian de que ser emocionalmente humano, comprensivo, también es beneficioso para mejorar las relaciones y que no exista tanto odio.

Entro al teatro y me olvido de lo tedioso de fuera, de los ruidos que me producen dolor de cabeza, y atento, contemplo un espectáculo de suma y sigue, de mirada clara, de divertimento y calidad, de sueños y no de animadversión, fobias, desprecios. Se me pasa la hora y media volando. Quiero que siga el cuento. Quiero que coman perdices, y sean felices, o que se alimenten de risas y sentimientos, quiero que mañana me cuenten otro cuento, “Érase una vez” y otro, y otro, para no morir, como Sherezade, para encandilar a los más jóvenes, como yo, porque todos, y que no se nos olvide, siempre llevamos un niño dentro.

No me sé todos los cuentos, pero si me los supiera, quiero que me los cuenten otra vez de esta manera, que me vuelven loco.

Las reseñas de Alberto Morate: EL ENJAMBRE. Abejas-mujeres inquietas.

Me parece que aquí hay más de un zumbido provocado por algo más que abejas inquietas. En un encuentro de amigas, después de muchos años sin agruparse, aunque sepan unas de otras, es difícil, casi inevitable, que surjan fricciones, trapos sucios, reproches, secretos, manías, amor y odio a partes iguales, recuerdos, nostalgias, envidias, traiciones,… pero también risas, alegrías, bailes, complicidades, contacto, melancolías, fantasmas del pasado.

Se ve venir, pero no se espera. Se espera, pero sorprende, aparece la amargura en medio de las risas, en medio de la locura, el drama maquillado de comedia, o viceversa.

La amistad lo primero, se dice, pero ¿qué pasa cuando esa amistad se tambalea? Cuando los celos son por evidencia, o el deseo de ser madre es tan poderoso que se desborda en una falsa puesta en escena, o el querer está en la propia amiga y no en la pareja oficial de una sociedad aparente, o en la superación de males no buscados, o en atardeceres en soledad sin mimos ni palabras ni ilusiones certeras.

En El enjambre, las abejas quieren hacer sus colmenas. Quieren producir miel, cera, ser productivas, para que todo no se vaya a la mierda.

Un texto de Kepa Errasti que toca todos estos temas. Que se pone en la piel de esas mujeres insatisfechas, pero no tanto, porque tienen aún ganas de vivir, de saltar, de gritar, de ser mucho más que solo ellas. Lo dirige Mireia Gabilondo en un montaje de la experimentada compañía Vaivén teatro. Vienen de Euskadi, pero son universales, porque el montaje es plural, de oasis en medio de un desierto de ideas. Tiene ritmo, agudeza, fresca interpretación de realidad brutal, sin egos, cada una aportando su granito de arena.

Ellas son Aitziber Garmendia, Getari Etxegarai, Leire Ruiz, Naiara Arnedo, Sara Cozar y Vito Rogado, comunicativas, divertidas, y cuando es necesario, dramáticas y serias, siempre bellas.

Bien coordinadas, se ve que trabajan a gusto y se entregan. Cada una lleva su cruz a cuestas, alguna es sustantiva, otras adjetivas, pero no son subordinadas, sino especiales, mujeres de bandera, con sus penas, con sus obligaciones, con ilusiones, poetas de la vida cotidiana, diosas reales que apuestan por sí mismas, que no son personajes de novela, sino de andar por casa, con sus dudas y sus sentimientos de flor de canela, fina estampa, que cantan sin complejos y se empoderan.

Bienvenidas a Madrid, que las acogerá con las ganas del desahogo sentimental que tanto necesitan, con la necesidad de su presencia, de verdad, no dejen de venir a verlas. No se preocupen, aunque les piquen las abejas, les curarán de otros males que hoy en día nos aquejan.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: JUANA LA LOCA.Una historia de España.

Sombras y luces de este personaje histórico. Más sombras que luces, más llantos que cantos, más vísceras, espasmos, celos,… que piel y amor. Más desdichas que corazón, más palabras que silencios que claman.

Allí está encerrada. Allí su mensaje es oscuro, su visión borrosa, sus pasos de baile cojitrancos, es Juana I de Castilla, Juana la loca, la que nos cuenta, la que sufre, la que no reza, la que no se humilla, la que, a pesar de todo, sigue enamorada.

No la quiere su padre, Fernando el católico, no la quiere su hijo Carlos I, que la olvida, no la quiere ni el espejo, que en él se reflejan los sentimientos, los sufrimientos, el desamor, la desesperanza, la desilusión, la guerra interna, la historia que no estaba escrita para ella, para que no se convirtiera en reina, en metáfora.

Con un texto magnífico de Pepe Cibrián, que también dirige la puesta en escena y al gran intérprete que se introduce en la esencia de Juana, y de Felipe el hermoso, y de Leonor, y de otros personajes no menos misteriosos, Nicolás Pérez Costa le da la vida, le pone voz, la sufre, nos la sufre, nos la entrega acercándonos a la emoción dramática, a las carnes vilipendiadas, a la mazmorra donde no penetra el agua, pero la humedad le reconcome las entrañas. Con su interpretación el actor nos habla de la búsqueda de un destino trágico, de un amor roto, de un trono desvencijado por telas de araña.

En su monólogo refleja una parte de la historia de España sin casualidades, sin horizontes, por donde no se ponga el sol, porque son cuatro paredes negras desconchadas. Ese es su paisaje. Esos son sus ropajes, claramente también protagonistas de esta de esta obra de introspección hacia fuera para atravesar el desierto de la melancolía, los vaivenes de la esquizofrenia, el oleaje verborreico de sus paranoias.

Mientras Felipe el hermoso se congratula de su falsa inconsciencia, campa a sus anchas. Imposible que cicatricen estas heridas del alma.

Magistral montaje que nos sitúa en este personaje del siglo XVI y que disfrutamos, a pesar de sus desgracias, por mor del lenguaje, de la voz, de las palabras, del escenario y el teatro de La Sala.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: LOS DESPIERTOS. El sol siempre sale.

No tenéis derecho a bostezar. Hay que mantenerse despiertos. Mirando al mundo desde la oscuridad de los que duermen. Aunque Lorca dijera en Poeta en Nueva York que no “duerme nadie por el cielo, nadie, nadie”, aquí duermen todos, las criaturas de la luna salen a la noche a recoger los desperdicios de los otros.

En las calles sucias, grises, oscuras, van tres hombres, parias de la ciudad. Guardan sus ilusiones, sus esperanzas gastadas, aunque no tengan necesidad de conocer la hora. El sol les dirá cuándo se tienen que retirar y dejar paso a la vorágine sociedad. Ellos no rezan, saludan al viento, no se harán grandes preguntas porque saben que no sabrán contestar.

Es buena gente que escapa de su realidad. Cometieron errores, es cierto, quizás no sepan amar, pero sienten y padecen, sus sueños no serán ni deseos, se conforman con lo que encontrarán que otros no quieren. ¡Y qué más da!

No les harán falta teléfonos, posiblemente ni pertenencias, libros, solo la ropa necesaria, y un cansancio acumulado, la repetición de fórmulas y frases, los mismos movimientos mecánicos con el escobón, la mierda no requiere nada más.

Alguna vez una ventana encendida, estarán jugando con la noche, ellos, en cambio, tienen que trabajar. Cuando ellos transitan las calles con sus herramientas, el mundo no gira, ellos acumulan todas las tristezas, todos los sufrimientos, lo que otros tiran, lo que está de más.

No vayas a morirte, avisa primero, qué dirá tu madre, ten calma, haya paz. No son excesivos, no son esperpénticos estos personajes, no contagian tampoco, ni son contraproducentes, ni aburguesados, solo vagan en una tarea sin final.

José Troncoso en la dirección y el texto, nos planeta muchas de estas situaciones. Hay un poco de Chaplin y su Charlot vagabundo, hay mucho de Beckett, quizás, hay algo de Mihura también, el humor amargo no puede faltar.

Tres eran tres, Israel Frías, Luis Rallo y Alberto Berzal. Eternos y pequeños, aunque representen los tres estamentos, Finito, Mediano, Grande, cuando falte uno de ellos, se olvidarán.

Pero el sol siempre sale. Da igual lo que haya pasado en la noche, quién ha cedido su corazón, quién se ha enfrentado a sus fantasmas, quién se redime y vuelve a empezar. Cada noche el mismo ritual.

Los despiertos, la basura no tiene corazón, por más que estos tres personajes se empeñen en encontrarlo, aunque vayan a su propio final.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: LA COARTADA. Tres minutos.

Hoy tengo que preparar la cena. Cortar las zanahorias y la lechuga, hornear el pollo. Tener la mesa dispuesta. Aunque me den temblores, aunque no recuerde, no sé qué hago con el cuchillo en la mano, ¿por qué me espanta este silencio de voces que oigo en mi interior?

Hay un espejo del tiempo pasado, pero en él no me reflejo. Solo se ve un monstruo y no puedo ser yo. Me hago preguntas y no obtengo respuestas, nadie ha muerto, tengo las manos limpias y lavadas.

No me hagáis repetir la misma historia. Aquello no sucedió. Tres minutos es toda una vida, no os queréis dar cuenta.

Quien pudiera hablar así es Ana (María Castro) ante un suceso que se nos desvelará despacio, cargado de intriga y recuerdos olvidados. Tiene que defenderse. No entiende por qué ha de ensayar La coartada si solo preparaba la cena. Es ella la que debiera hacer las preguntas. ¿Qué pasó que no entiende nada? ¿Por qué me quitaste la casa? ¿Por qué no vuelve mi amigo? ¿Por qué no me abrazas?

En el texto de Christy Hall, versionado y dirigido por Bernabé Rico, las piezas se van desencajando para mostrarnos un puzle roto imposible de componer de nuevo. María Castro en su personaje busca una sonrisa que no encuentra. Busca una hija en sus brazos que se desvanece.

Y el pollo sigue asándose en el horno. La lechuga está lacia, y aun así no quiere resignarse.

Dani Muriel y Miguel Hermoso instan con sus palabras a una mujer que hace oídos sordos. No podrán mimarla, no se deja, es un rescoldo.

La trama de la obra nos lleva a un mundo de desconcierto psicológico, pétalos de rosa que se desprenden de la corola, ascuas y cenizas que no están apagadas del todo. Ella mantiene la esperanza, contempla el mundo con otros ojos, no ve a su hija entre emocionales escombros, solo hay un paisaje de besos que se empeñan en difuminar en llantos de soledad, incomprensión y deterioro.

En el río quedaron unos zapatos, en el lodo los sentimientos de espanto que no reconozco.

Hasta aquí la declaración, no hay otra coartada, eso es todo, miren mis manos, no están ensangrentadas, oigan mi corazón, está desbocado y libre, no me comprenden, no salgo de mi asombro.

No tengo la culpa, aún vivo esos tres minutos que, para mí, lo son todo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: GINKGO. El árbol del bien

Me parece que la danza es poesía. Y que poesía es un árbol, el viento la palabra que hace mecer sus ramas y hojas, la música los sonidos que provoca, la necesidad de comunicarse a través de ese movimiento porque sus pies están anclados a la tierra que, por otra parte, gira, rota, respira, avanza, se arrodilla y se empina, es decir, baila en el paisaje de forma nostálgica, amorosa. La danza y la poesía serían el árbol del bien.

Ginkgo es un árbol, milenario, fósil vivo, y necesita de la humedad, las lágrimas quizás, para poder crecer. Virginia de la Cruz nos lo trae en forma humana. En forma poética. De la mano de Charles Baudelaire, correspondencias con la voz, la danza, el color, la luz, la vida interior, el vaivén de las olas del mar, las relaciones humanas repetitivas y siempre en búsqueda.

Son imágenes líricas, lenguas desconocidas, riqueza de la belleza, a pesar de que, al principio, con la estética de Magritte, a los amantes no se les vea la cara.

Desnudos en perfumada esencia, ataviados con sedas vaporosas, la noche da paso al día a través de la iluminación directa de un sol en horizontal que proyecta imágenes de árboles que hacen crecer a los ejecutores de la danza en una integración con la naturaleza.

Aleteo de brazos y piernas, retozan entre las flores del mal sin remordimiento para solaz de nuestras ventanas abiertas que son nuestros ojos y nuestros sentidos, nuestro silencio profundo cuando vemos vibrar en los cuerpos la pasión, en la voz la melodía del aire, la vida de los árboles que se nutren de nuestras experiencias.

Los danzantes son Elena González-Vallinas, Diogo Belizário, Adriadna Grau Bergas, Yulia Milous y Marcos Zhang, que se mueven con la composición de Mario Rebollo y en las túnicas de Ernesto Naranjo haciendo del espectáculo poesía viva y social, de amor y de desencuentros, de existencia.

Confieso que no entiendo mucho de danza, pero sí de sensibilidad extrema, de estética del espectáculo, de espiritualidad y armonía, de belleza.

Esta es una invitación a la vuelta, a la calma, al ir y venir sin prisas, al camino cercano en el viaje hacia el invierno sin tragedias, al baile de los cuerpos cuando se aman o se desprecian, al gusto por el Ginkgo, a lo rebelde e irremediable, al arte, a la poesía, al teatro, “combinando danza, movimiento, música y texto”, alegoría de la esperanza renacida.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: UNA HABITACIÓN PROPIA. Mujer y literatura

De eterna y desgraciada actualidad, por más que hayan pasado más de 90 años. Un tema del que aún hoy se sigue hablando, y es porque aún muchas mujeres no han conseguido tener su independencia económica ni una habitación propia para escribir, pintar, estudiar, leer o, simplemente, hacer lo que les venga en gana.

Mujeres artistas, intelectuales, profesoras, escritoras, independientes y comprometidas, siempre han existido, siempre han estado ahí, y siempre han querido acallarlas. Por eso Clara Sanchis se viste de Virginia Woolf, y con la fuerza interpretativa y sensibilidad desbordadas, no nos cuenta unos valores del papel de la mujer en la sociedad, de su acceso al mundo cultural, de su integración en un espacio habitualmente reservado a los hombres, sino que nos hace partícipes de la reivindicación necesaria de la mujer en una época en la que nadie defiende tales conceptos. Pero es que nos sitúa aquel ayer en nuestro hoy, indaga en la raíz, en el problema que se mantiene, en una historia que se escribe día a día, pero que se niegan a que quede reflejado.

Clara Sanchis hace alarde también, sin egos, de tocar el piano, de saber mantener los silencios, de modular la voz con emoción, de mostrarse poeta en un recitado sin versos, es decir, de posicionarse en la sensibilidad de una ficción que es realidad, de una prosa que es una conferencia, de un ensayo que es un resultado del latido de un corazón que se está oyendo a través de su voz, de sus palabras, de su expresión, de su verdad, que es una crítica sarcástica a lo que sucedió y aún sigue ocurriendo.

Sí, no la dejan pisar la hierba, no la dejan salirse del sendero, pero desde ahí exaltará a la mujer porque, sin salirse del camino, irá más allá que cualquier hombre y con más acierto.

Mary, la narradora, en el cuerpo de Clara, se muestra terrenalmente presente. Es Mary, es Virginia, es Clara Sanchis, es María Ruiz que la materializa con rigor extremo, es el espectador, que somos todas nosotras, queriendo tener Una habitación propia, un teatro lleno, un libro abierto, un poema por escribir, una idea que no se volatilice, una actitud no beligerante, pero crítica, un relato de los hechos veraz, humano, sincero.

No es una conferencia, señores y señoras, no es un monólogo, no es una simple recreación de un texto, no es una interpretación con acierto, no es la constatación de un pensamiento, no es un ensayo sobre mujer y literatura, es… mucho más que eso. Tendrán que acudir a verlo y podrán comprobar lo que es bueno.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: LENGUA MADRE. El tema de la libertad.

Vamos a hablar, vamos a contar, vamos a leer, a decir, a que la gente se entere. Queremos visibilizar todas las posibles necesidades, posiciones, ideas al respecto de la maternidad y de cómo y quién lo asume.

Se han acabado los tiempos de las familias tradicionales, del “se te está pasando el arroz”, del disimulo y de esconderse en el armario, o el de servir a los otros en las tareas domésticas, o el “para cuándo los niños”. Cada una tiene su forma de entender cómo quiere ser madre, o padre, o ambas funciones.

Hay quien no quiere, hay quien se considera mala madre, hay quien quiere compartir, hay quien desea adoptar y no le dejan, quien se somete a fecundación in vitro, hay quien aborta y quien no le da la gana, hay quien tiene que abandonar a su familia y después crea otra, hay quien tiene hijos/as con varios padres, hay adolescentes sin ayuda, hay quien quiere ser madre siendo padre… En definitiva, todo se reduce, o se agranda, hacia la libertad. Pero, para alcanzar esa libertad hay, también, que luchar con la política. Con los intereses de otros, con los perjuicios, con los vacíos legales.

Fotografía cedida por el Centro Dramático Nacional de la obra «Lengua Madre. EFE/Centro Dramático Nacional

Hemos tenido que manifestarnos, recibir varapalos, gastar dinero, mucho tiempo de espera, sufrido vejaciones, desprecios, críticas, darnos de cabezazos contra el sistema, pasar días sufriendo y noches amargas, cuidar bebés, darles el biberón, desvelarnos por las noches, discutir con nuestras parejas, contactar a miles de kilómetros con alguien dispuesto a echarnos una mano, luchar con la conciliación familiar y laboral, desenterrarnos de nuestras emociones y sentimientos, recibir desprecios, encontrar negativas, ser invisibles en muchos casos.

Lengua madre, un tratado de un esfuerzo, una conferencia ilustrada con ejemplos vivos, un libro abierto que nadie lee y todos creen que saben, una biblioteca para gritar y ser escuchadas, una luz encendida en medio de un páramo social, una necesidad de ayuda, un itinerario sin guía, un tiempo donde ya nada debería ser como antes.

Lola Arias, que escribe y dirige este teatro documento, esta acción sin acción, esta realidad teatral, este querer el entendimiento por encima de todo, se nutre de experiencias reales, vividas, y marcan un frente imborrable de lucha, de palabras que tengan sentido en el interior de las actuaciones de cada una, en la exigencia de conductas que otros no aprueban, en la necesidad de echarse, si no a la calle, a la conciencia, a la tolerancia, a que no prohíban, a que no tengan que mendigar y, mucho menos, ocultarse.

Saludamos al elenco de convecinos/as que tenemos cerca, en este caso son Paloma Calle, Rubén Castro, Susana Cintado, Pedro Fuentes, Eva Higueras, Silvia Nanclares, Laura Ordás, Candela Sanz y Besha Wear. Todos conocemos casos, todos, en algún momento, callamos, pero hay que dejar vivir, incluso si no es lo que yo pienso.

De ahí, el tema de la libertad, el tema del miedo, el tema de la indignación, el tema de la necesidad, el tema del amor, el tema de las relaciones, el tema del cuidado de los hijos, el tema de los luchadores. (Permítanme que no utilice la x, ni la @, ni la e como terminación genérica, porque, ese, es otro tema). Lengua madre.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.