Las reseñas de Alberto Morate: GINKGO. El árbol del bien

Me parece que la danza es poesía. Y que poesía es un árbol, el viento la palabra que hace mecer sus ramas y hojas, la música los sonidos que provoca, la necesidad de comunicarse a través de ese movimiento porque sus pies están anclados a la tierra que, por otra parte, gira, rota, respira, avanza, se arrodilla y se empina, es decir, baila en el paisaje de forma nostálgica, amorosa. La danza y la poesía serían el árbol del bien.

Ginkgo es un árbol, milenario, fósil vivo, y necesita de la humedad, las lágrimas quizás, para poder crecer. Virginia de la Cruz nos lo trae en forma humana. En forma poética. De la mano de Charles Baudelaire, correspondencias con la voz, la danza, el color, la luz, la vida interior, el vaivén de las olas del mar, las relaciones humanas repetitivas y siempre en búsqueda.

Son imágenes líricas, lenguas desconocidas, riqueza de la belleza, a pesar de que, al principio, con la estética de Magritte, a los amantes no se les vea la cara.

Desnudos en perfumada esencia, ataviados con sedas vaporosas, la noche da paso al día a través de la iluminación directa de un sol en horizontal que proyecta imágenes de árboles que hacen crecer a los ejecutores de la danza en una integración con la naturaleza.

Aleteo de brazos y piernas, retozan entre las flores del mal sin remordimiento para solaz de nuestras ventanas abiertas que son nuestros ojos y nuestros sentidos, nuestro silencio profundo cuando vemos vibrar en los cuerpos la pasión, en la voz la melodía del aire, la vida de los árboles que se nutren de nuestras experiencias.

Los danzantes son Elena González-Vallinas, Diogo Belizário, Adriadna Grau Bergas, Yulia Milous y Marcos Zhang, que se mueven con la composición de Mario Rebollo y en las túnicas de Ernesto Naranjo haciendo del espectáculo poesía viva y social, de amor y de desencuentros, de existencia.

Confieso que no entiendo mucho de danza, pero sí de sensibilidad extrema, de estética del espectáculo, de espiritualidad y armonía, de belleza.

Esta es una invitación a la vuelta, a la calma, al ir y venir sin prisas, al camino cercano en el viaje hacia el invierno sin tragedias, al baile de los cuerpos cuando se aman o se desprecian, al gusto por el Ginkgo, a lo rebelde e irremediable, al arte, a la poesía, al teatro, “combinando danza, movimiento, música y texto”, alegoría de la esperanza renacida.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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