Las reseñas de Alberto Morate: «Thom Pain (Basado en nada), santo varón»

No me gusta la magia. O sí. Yo qué sé. Puede que los domingos sí y los lunes también. No es esa la cuestión. Es que amamos demasiado, creo yo. Y tenemos prisa y no tenemos sonrisa. Desde niños nos imaginamos cosas y suceden cosas. Va la vida entrando en nuestra sesera. Y la vida es incierta. Y leemos libros, (se leían), machacamos clavos, atamos cuerdas, hacemos de una nada un mundo, de un mundo una nadería.

Thom Pain (Basado en nada) nos habla desde la oscuridad, primero, y lo vemos, y después desde la claridad no iluminada de un candil de aceite. Es un santo varón. Pertenece a la vieja casta de los seres humanos de barrio y de seres únicos que te encuentras en las aceras cuando andas.

Es un texto de Will Eno que, por lo visto, tuvo mucho éxito. Y la gente no se marchaba en medio de la escena. ¿Qué se creen que han venido a ver? Juanma Gómez lo convierte, el texto, en un taciturno humano lleno de contradicciones y repleto de amargura, y hasta los topes de sentido del humor en un día laborable que nadie desea, y por eso es sábado.

Amamos mal y con esfuerzo. Somos uno aunque nos empeñemos en vivir en pareja. Y no tenemos tiempo y matamos el tiempo, pero que siempre nos quede la espera. Que nos espere la muerte a lo lejos y no haga la magia de aparecer cuando no se la llama. Somos espectadores de las palabras de este hombre que nos cuenta historias sin sentido o con la lógica aplastante de la incoherencia.

No hay rifa, no hay magia, no hay efectos especiales, no hay público, (¡ay, sí, que somos nosotros!), pero todo transcurre con la fluidez de la libertad de un día de marzo de 2021. Podemos ser lo que queramos. Podemos descubrir olores con la vista. Podemos huir sin movernos del sitio.

Eso es el texto diferente que entresaca con la producción de Arte&Desmayo, un escenario vacío lleno de gente. Un texto escrito que se escucha, se ve, se piensa y se digiere. Una historia de sombra de luz que muestra la inseguridad de lo comúnmente establecido.

Podemos hacer piruetas, magia que, en realidad, son trucos, hacer colección de amistades, conquistar corazones prometedores que dejan de palpitar nerviosos a la segunda cita, podemos rompernos la voz, ir creciendo de niños a adultos, santos varones, santas varonas, envueltos en el pecado de existir, de subsistir, de entender lo que no se comprende.

Es un monólogo de emoción humana. De palabras que se repiten, de acciones que se escapan del propio escenario, de pretexto para un texto que nos deja marcados sin marcas.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: Romancero Gitano. A las cinco de la tarde.

No ha muerto. Lorca, sigue vivo. Cada vez que se le nombra, cada vez que se le lee, cada vez que se le recita, cada vez que se le representa. Y hay veces que vive tan intensamente, que lo sentimos nuestro. Que somos nosotros. Que se nos mete dentro.

Y Mónica Tello lo revive en cada montaje que realiza. Lo mira de frente. Lo baila. Lo recita. Lo canta. Lo musica. Hoy ha sido el Romancero Gitano, pero otro día es La Casa de Bernarda Alba, o Amantes asesinados por una perdiz, o 7 mujeres lorquianas, o Amor de don PerlimplínA las cinco de la tarde, es la hora de Lorca. Es la hora de Ignacio Sánchez Mejías, es la hora del quejío que se disfruta, son las cinco espadas de un corazón malherido, empieza el llanto de la guitarra. Es la hora en la que la artista lo revive, sin que ningún libro pueda evitarlo. Con la poesía flotando en el aire, con el teatro asentándose en las raíces del alma, con la música acompasando el latido de los corazones.

Comienza la voz de Federico, escribiendo cartas. Escribiendo el Romancero Gitano, con la luna que se ha colado en la cueva, con una luna que no es redonda, pero sí es blanca. Es Mónica desgarrada. En su voz, en sus manos, en sus pies y en su zapateo, en su vestido blanco donde caben todas las palabras. Después será también Soledad Montoya, y Antoñito el Camborio, y es el Amargo, y es la Guardia Civil caminera, y la casada infiel, y el mundo andaluz, y el emplazado, y es don Pedro a caballo, y la gitana monja, y es Federico escribiendo con el temor acechando de su muerte, aunque aún no sospecha nada. Pero, no. Lorca no ha muerto. Está en Mónica Tello y en el espacio que llena con su sola presencia, en Rafael Salinero con su guitarra, en José Mínguez con su voz y sus palmas.

Se levanta la luna a recordar con gesto airado que no se queda quieta y llora. Que te toma en los brazos, que hace callar al viento porque contenemos el aliento ante tanta sensibilidad de luz, porque oímos unos versos con voz que horada la montaña, la cueva, la tierra, que no busca a Lorca porque en su pena negra recorre nuestro sentimiento. Y lo halla.

¡Ay, amor! Y hay muerte. Romance sonámbulo, Romance de la luna, luna, fragua, yunque, collares, anillos, alhelíes, azafranes, girasoles, caballos, navajas… en busca de la libertad, en busca de los sueños, y unas ganas inmensas de vivir, porque Lorca viene a las cinco de la tarde a sentarse para ver a Mónica Tello personificarle en este gran espectáculo hecho metáfora.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: CONQUISTADORES

La historia nos la contaron como si nos relataran una naturaleza muerta. Es decir, un bodegón de viandas, jarras de vino, animales sacrificados y aves con plumas, pero ya muertas, y en un rincón, llamando la atención, una copa de oro, esplendorosas monedas, quizás un arcabuz, y muchas sombras.

El nuevo mundo supuso el cuerno de la abundancia. Allí se encontraron patatas, tabaco, especias, mujeres semidesnudas, gente pacífica que no sabía de la existencia de Dios, quizás porque Dios aún no había descubierto esas fértiles tierras.

La codicia, las luchas internas, la soberbia, arrasando con todo, por más que dijeran que pasaran grandes penalidades y miserias.

Conquistadores, sí, avasalladores, dejando a su paso naturalezas muertas. Nos vendieron heroísmo y eran canallas de altanería y poca modestia.

Proyecto Cultura nos trae Conquistadores, de J.P. Cañamero, al son de las voces aquellas. De las voces y de las coces, de los personajes que huían de España para adentrarse en selvas inhóspitas, en mares azules, en ríos límpidos de impurezas, y empiezan las matanzas, los roces y los rezos, la búsqueda del dorado, el fin de imperios ancestrales que sobrevivieron ellos solos (hasta que llegó la mal llamada civilización) a la ignorancia religiosa, a enfermedades y pandemias, a palabras y letras escritas, a trajes de época, a rayos, vientos y tormentas.

Pedro Luis López Bellot dirige esta recreación con un ritmo endiablado, en hablado y en expresión corporal, con mucho gesto, con mucho gusto, con poco elementos escenográficos, solo una bañera, dos varas y un montón de personajes que aparecen y desaparecen siendo solamente tres en escena. Chema Pizarro, (no Francisco Pizarro, que también está en presencia), Francis J. Quirós y Nuqui Fernández (o Amelia David) según se tercia, aventurándose en esta conquista para que, sarcásticamente, con mucho humor, seamos nosotros los que decidamos qué es lo que nos queda.

Teatro de pelea, no tanto del absurdo, sí de referencias a la actualidad, porque es necesario que la historia y la memoria sean también de nuestra cuerda. Cuentan hasta cincuenta. 50 años de escaramuzas, de decapitaciones, de colones, católicos, balboas, alvarados, corteses, pizarros, orellanas,… y una mujer, también, Inés Suárez, que encontró agua en medio de la nada, pero que fueron miles las que se sometieron a vejaciones, a temperaturas extremas, a supersticiones,… para llegar algunas y otras quedarse en la cuneta. También estaban entre sus tareas las de ser pioneras de la libertad, las de ser gobernantas y gobernadoras, las de no ser simples recaderas.

Un montaje fresco fresquísimo, no dulce, pero tampoco amargo, al contrario, divertido, irónico, contemporáneo, dándole otro aire al lienzo de las naturalezas muertas y creando un paisaje de vidas humanas y existencia.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: NICO/ICON

Triunfar en la vida, en la soledad, en el arte, en la poesía, en la canción, en el cine, en la relación de pareja, en la relación con otras parejas, en la pasarela, en la pintura, en la música,… no necesariamente por este orden, ser icono, ser súplica, ser bandera, ser estrella, ser profundidad, ser mujer, ser alta, ser rubia, tener dignidad.

La maldición y el éxito. Cantar desnuda en la terraza de un hotel, probar las drogas, ser actriz sin interpretar, una carrera en solitario necesitando a mucha gente, tener un hijo y no saber quererle, la muerte prematura rodando en bicicleta.

Amor, llévame a tus laureles, préstame tu amor, no me des una oportunidad porque sabré aprovecharla, aunque no te enteres, amor. Devuélveme lo que no te doy, no me enseñes lo que no quiero aprender, cúrame este dolor que no tengo y deséame lo imposible.

A través de este peculiar personaje, Sandra Arpa idea, escribe y dirige una performance, un monólogo de voz hiriente, un soliloquio acompañado de una músico (Neus Ballbé, que lo hace magníficamente) y los espectadores. Que cerramos los ojos, que respiramos a través de mascarillas, que apenas nos movemos, que no nos perdemos detalle aunque estemos perdidos en medio de este icono, Nico/Icon, envueltos por música y sonidos, por imágenes, por luces calientes, envueltos en una alfombra de teatro esperando que Nico nos cuente su historia. La verdadera de las tres versiones. La falsa de las tres posibilidades. A, B o C.

Marina Esteve es Nico y, además, se parece. Se parece porque es ella. Y ella nos ofrece su sombra. ¿O es Marina Esteve la que proyecta la sombra, toda de blanco, sobre un lienzo blanco, con unas palabras que, como la alfombra a ella, nos envuelven?

Icono santo, pero al contrario, icono irreverente, icono no Nico, Nico de sus pasos, Nico eje, que en realidad se llamaba Christa Päffgen, pero escoge Nico porque quiso romper cristales, palos, hojas secas, piedras, agua que habla con ella, que canta con ella, materia espiritual de una forma de vivir que no se miraba en los espejos, sí en los ojos de la gente.

La que vivió una vida plena, la que murió sin conocer su muerte.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: NO MORDERÁS (si va a tener consecuencias)

Nada hay más aburrido que una noche de hotel en una ciudad ajena. Por eso hay que buscar un aliciente, una nueva compañía, alguien que nos saque de la rutina placentera de la convivencia aunque llevemos tres años juntos. La luna afuera nos contempla. Esperamos. ¿Quién vendrá? ¿Cómo nos sentiremos? ¿Habrá sintonía entre tres? ¿No sentiremos celos? No podemos hacernos los estrechos. La timidez no es nuestra bandera.

Y desde luego que no. Antes de que amanezcan lo primeros rayos de sol, todo lo veremos de distinta manera. No puede estar pasando esto. Eso solo pasa en las películas. Pero lo estamos viendo con nuestros propios ojos, hay una herida, sangra, ¿es la herida de la noche? ¿Es un sueño? ¿Alucinación?

Ante todo tenemos que defendernos, después de la alegría y el placer, la locura, esto no hay quien lo entienda. No me retengas, corazón, ayúdame a salir de este atolladero, ¿esto lo hemos desencadenado nosotros? No morderás si va a tener consecuencias.

Jonathan Espino escribe este drama sensual y feroz, este clamor de perdidos en medio de una noche de luna llena. Saquen conclusiones. O no. Quédense a la espera. No todo es salvaje ni sexual siquiera. Aquí hay un delirio inexplicable, un enigma de laguna negra.

Lo dirige Víctor Páez con Jaime Riba, Víctor Quesada y Fran Jiménez, que interpretan con solvencia lo erótico, lo juguetón, y lo escabroso con la misma fuerza. No morderás, y no hablo de la boca, ni de otros miembros o partes pudendas. No morderás porque estaremos abocados a hacer algo que nadie quiera. No morderás o tendrás que dar cuenta. Pero, una de dos, o nos amilanamos o mostramos fortaleza.

¡Vaya noche de locura de amor! ¡Atrapados en una amenazante destrucción! Que se haga de día ya, amor, que sea un sueño y todo vuelva a la bendita normalidad, al aburrimiento de una noche de hotel en una ciudad cualquiera. Pero no, la pesadilla continuará, o con eso nos advierten cuando las luces se enciendan.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: La vuelta al mundo en 80 días en un transporte adecuado: el teatro

1872. Julio Verne sitúa la acción en 80 días de ese año. Pero ya es atemporal. Aquel tiempo pasa a nuestra actualidad y nos encontramos la apasionante historia en nuestros escenarios. Conseguir que los espectadores más jóvenes “lean” de esa manera a los clásicos universales. Y si quien nos hace la lectura es la Compañía La Bicicleta, (que, curiosamente, la bicicleta es uno de los medios de transporte que no utilizan Phileas Fogg y Passepartout), y al frente está Ana Mª Boudeguer, en una dramaturgia de Julio Jaime Fischtel, con música y canciones de Ángel y Ricardo Padilla, en el mejor templo de espectáculos para todos los públicos como es el Teatro Sanpol, entonces atesoramos esa cultura y entretenimiento necesarios, La vuelta al mundo en 80 días se nos quedan escasos, porque es una hora y media de sorpresas visuales con las imágenes impresionantes que nos hacen recorrer el mundo entero, porque el vestuario está especialmente bien cuidado, porque la iluminación nos transporta a las noches y los días de aquellos momentos, porque los intérpretes hacen una laboriosa transformación en diferentes personajes y porque nos reunimos en torno a un ambiente placentero al asistir a uno de los mejores espectáculos del panorama teatral madrileño.

Da gusto ver a esos jóvenes espectadores en silencio, riendo, aplaudiendo, atendiendo a la apasionante historia del autor de novelas de aventuras que más nos caló por dentro.

La flema del carácter inglés está a punto de perder los estribos. Pero la necesidad de salir de aprietos, buscar el lado positivo, no venirse abajo por mucho que haya contratiempos, el humor, la buena compañía, e incluso, el amor, hacen que esta ficción nos sirva de ejemplo para la realidad que estamos viviendo.

Hagamos el recorrido de occidente a poniente en el medio de transporte adecuado, es decir, bien sentados, en una butaca de teatro, dejándonos llevar por la alegría, la música, lo que pasó y sigue ocurriendo, percibir con emoción el espíritu emprendedor de quien escribe, adapta, compone, dirige, interpreta y nos presenta la historia ya leída con el máximo respeto, para que nosotros, no pudiendo dar la vuelta al mundo, podamos disfrutarlo.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las Reseñas de Alberto Morate: EL AVIÓN DE PAPEL

Pasión. Amor por el teatro. Poesía dramatizada. Poetas que interpretan porque las palabras los
encandilan. Hacen una pausa versal para traernos una historia de amistad, de tolerancia, de entendimiento entre los pueblos. Alguien puede pensar que no están bien de la cabeza. Pero, en realidad, son pájaros libres de estrellas en el día.

Vuelan entre nubes sin caricias. Sueñan, ríen, viven, caminan sobre las aguas e imaginan. Eso les hace fuertes, eso les hace seres de luz que se cuelan por cualquier grieta. Puede que no duerman, porque en la soledad de su estudio escribirán poesía. O relatos de gente solitaria, o escenas de vida cotidiana hecha de lágrimas y sonrisas.
Quieren llevar la cultura en sus brazos, en la verdad de su corazón, no pueden conformarse con una vida anodina. Y, una tarde, deciden coger un texto teatral, El avión de papel, que habla de solidaridad, de un mundo sin fronteras, de compartir, de amistad, de conciencia social,… y siendo poetas, que no actores, se unen en ese proyecto común y lo llevan a escena y lo depositan en su interior para ser casi perpetuamente niños y niñas que son inocentes, que aún tienen la esperanza de un mundo sin odios, ni guerras, ni rencillas. Val Marchante, Maribel Domínguez, Luis Compés, Anita Wonham, Ciri Luis Álvarez, Ana Ortega, Estrella Fernández, Margarita Campos, Marisa Górriz, que se dejan guiar por este que les escribe, Alberto Morate.

Ha sido un esfuerzo considerable, pero no más que el esfuerzo que hacen otros en sus
trabajos. La diferencia es que aquí se hace por gusto, por afición, por necesidad de expresión,
por creer que la cultura y el arte sí hacen mejores personas, sí educan y conciencian hacia una
sociedad más equitativa y una naturaleza más vigorosa, porque son personas buenas, porque
brillan con su emoción y eclipsan la crispación de una forma de vivir individualista.
Animo desde aquí a que se haga teatro, a que se escriba poesía, a que se canten canciones, a
que se baile sin pudor, a que se pinte, a que se lea, a que se escuche y se expresen sin
cortapisas. Que no falten nunca estas iniciativas, las de la amistad y la alegría.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: Lo Fingido Verdadero

O O Lo húmedo seco, la luz oscurecida, lo sencillo complicado, lo fingido verdadero. A menudo la vida está llena de paradojas. En invierno el mal llamado buen tiempo prolongado es sequía, de siempre se ha hablado también, por ejemplo, de mala salud de hierro, de que los mejores sueños son los que se sueñan despiertos.

Teatro dentro del teatro, theatrum mundi (el teatro del mundo), vita-theatrum (la vida como teatro), quomodo fabula, sic vita (así como el teatro es la vida). Lo fingido verdadero. Para sentirnos identificados, para creernos que hay solución, para evadirnos de la realidad sin salirnos de ella.

Lope de Vega era fuente inagotable de recursos poéticos, teatrales y humanos. A veces, condensar en tres actos todo lo que nos quisiera decir se le quedaba corto. Por eso escribía tantas comedias. Porque quería crear un clima del corazón, sin olvidar de que somos de carne y hueso, aunque estemos revestidos de sentimientos. Vivientes conviviendo con fantasmas en forma de personajes. Personas y representantes (intérpretes) como se llamaba a los actores en su momento. El yo y sus sombras en un escenario.

Los personajes buscando un autor, el gran teatro del mundo, simbiosis entre lo real y lo ficticio.

En este drama en tres actos, Lope de Vega abarca tres aspectos de la vida en toda su grandeza. En el primero, la lucha por el poder, eterno litigio, las escaramuzas y los abusos, la venganza y los premios, ir de menos a más, pero también a la inversa. ¡Cuántas veces nos sucede esto!

En el segundo es el teatro por el teatro, la comedia, Lope en estado puro, la aplicación de sus principios en el Arte Nuevo de hacer comedias, los prototipos de los personajes, el amor y la huida, los celos, los juegos de palabras, el tortuoso camino de los desencuentros.

Y en el tercero la identificación y la búsqueda con uno mismo, la defensa de unas creencias más fuertes que las propias acciones, la fe y el sacrificio, salirse del guion, lo espiritual humano.

Lluís Homar dirige a la Compañía Nacional de Teatro Clásico en un montaje sobrio y de texto, donde destacan, de nuevo, Arturo Querejeta e Israel Elejalde, y cada uno de los intérpretes del elenco son uno, pero son muchos, del siglo XVII y del XXI, reales y tangibles, inventados y aparentes, lo fingido acertadamente verdadero.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: CONECTAD@S en los Teatros Luchana

Vivimos en un mundo digital, interrelacionados sin conocernos, en el borde de la soledad y en el límite de las relaciones personales. Vivimos entre móviles, pantallas, ordenadores, series, mensajes y citas casi a ciegas. Donde el aire que respiramos es el que entra cuando abrimos las ventanas y el horizonte lo que vemos cuando levantamos la vista del celular.

Estamos atrapados en las redes como peces sin mar, caminando sin dar un paso. Allá, en otros tiempos, la gente salía a conocerse a la aventura, ¡a saber con quién se encontraría! Ahora, por lo menos, vemos su foto de perfil, su hashtag con sentencias ingeniosas (o no), sus gustos y su historia en diez palabras.

Pero eso sí, estamos todo el tiempo Conectados/as, Conectad@s (¡qué poco me gustan las arrobas, las x y las terminaciones en “e” cuando no se corresponden!). Desnudamos nuestros intereses, nuestras aficiones, nuestras fobias y filias, nuestro vestuario, nuestro ambiente, hasta nuestra voz, y ya solo nos falta publicar nuestro aliento.

Pero, ¡ojo!, no lo estoy criticando. Eso es así y así hay que vivirlo. En un futuro vendrán otras formas de comunicación; en un pasado nos llamábamos por teléfono y, a menudo, nos escribíamos cartas. En este presente un contacto nos lleva a otro, un encuentro a una relación; una juventud que es un constante carpe diem.

En este montaje de José Ignacio Tofé, en el texto, y de Víctor Páez en la dirección, los amigos se van sucediendo. Bueno, más que los amigos, los conocimientos personales, una cita me lleva a otra, un personaje se ve ligado con un segundo y este con un tercero, a modo de una noria, (La noria de Luis Romero, premio Nadal de novela de 1951), fíjense, los amigos siempre vuelven, siempre conectados.

Hay ritmo en la propuesta, ironía y divertimento, identificación con el público que interviene como si fuera un personaje más, hay complicidad entre los intérpretes (Bertus, Gakian, Chim, Celia Castle, Iosu Martinez y Natalia G. Santamaría), hay conexión e identificación con lo que les sucede y lo que nos ocurre a la mayoría de los asistentes sin detrimento a confesarlo y a sentirse parte de ellos.

Es todo un viaje por los universos independientes de cada uno/a de ellos/as. Todos y cada uno de nosotros (perdonen que no le ponga más la arroba -@-, qué latazo) hemos querido que nos quieran, hemos buscado amigos, hemos sufrido desengaños, hemos sentido la soledad de ser los raritos, hemos dado malos consejos, hemos ido de sobrados, hemos confesado (o callado) nuestros defectos, hemos dudado y desesperado, hemos querido ser especiales para alguien, hemos buscado el amor (¿o era solo sexo?), hemos conectado con alguien que nos ha hecho ser humanos, a pesar de tanto invento.

Vayan a conectarse, de verdad, al teatro.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

Las reseñas de Alberto Morate: Freak, la escena del sofá

Todos sabemos que las mujeres, por el simple hecho de serlo, tienen que lidiar en más de una ocasión con un oso pesado que, indefectiblemente, las acompaña. Deben andarse siempre con mucho tiento, porque si no, las tildarán de casquivanas, de irresponsables, de putas y de calienta miembros. Es como si fueran pequeños dípteros atrapados en un tarro de miel. Van dando tumbos aquí y allí, o al menos eso es lo que piensa gran parte de la sociedad pacata y acaparadora de las malditas convenciones sociales.

En Freak, de la autora Anna Jordan, dos mujeres (una adolescente y una mujer madura) se sientan en un sofá y nos hacen partícipes de sus brutales sentimientos, relaciones, de sus golpes no físicos, de sus enamorados sueños, de la ira que provocan en otros, o la lascivia, o el deseo.

Esto las hace desquiciarse, asombrarse, querer deshacer lo hecho o volverlo a hacer, que para eso consideran que son libres de su propio cuerpo. Y de sus propias acciones. Y de sus propias contradicciones a las que también tienen derecho.

Contándolo consiguen, en parte, desprenderse de ese oso que duerme con ellas, que las persigue, que aúlla en su interior produciéndolas un escozor interno e íntimo que solo la palabra y la confesión de sus sentimientos puede aliviarlas como el agua quita la suciedad.

Paula Amor, la directora, dice sentirse identificada con algunos de los momentos o situaciones que nos relatan estas dos mujeres, que después descubriremos que sí tienen relación, aunque al principio parezca que solo comparten sofá alternándose en los relatos. Ellas son Lorena López y Lara Serrano, y aunque parezcan que no tiemblan, cada una expresa en rigor sus turbios recuerdos y, a la vez, íntimas experiencias.

Van a encontrarse durante toda su vida con esos osos de los que no podrán escapar. Pero tienen que conseguir que no les remuerda la conciencia, que se sostengan mutuamente aceptándose primero ellas mismas, y luego, si los demás no lo hacen, allá ellos. Sombras de payasos estúpidos incapaces de comprender su universo femenino porque no ven más que lo que, convencionalmente, hay en el entorno.

Por eso nos cuentan sus secretos, en una escena del sofá que no es de conquista, ni de terapeuta, ni de familia en torno a la tele, sino de sinceridad a raudales, porque es necesario sacar a la luz lo que ocultan los huesos, la piel, el sexo propio, que lo desconocido deje de ser opaco y deje de ser freak el comportamiento que otros consideran extravagante o raro. Es importante erguirse y abandonar el sofá de la comodidad y desnudar el corazón, para mostrarse como se es, sin importar lo que opinen los otros.

Que el oso hiberne para siempre en las cavernas de lo socialmente correcto.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.