Las reseñas de Alberto Morate: «Thom Pain (Basado en nada), santo varón»

No me gusta la magia. O sí. Yo qué sé. Puede que los domingos sí y los lunes también. No es esa la cuestión. Es que amamos demasiado, creo yo. Y tenemos prisa y no tenemos sonrisa. Desde niños nos imaginamos cosas y suceden cosas. Va la vida entrando en nuestra sesera. Y la vida es incierta. Y leemos libros, (se leían), machacamos clavos, atamos cuerdas, hacemos de una nada un mundo, de un mundo una nadería.

Thom Pain (Basado en nada) nos habla desde la oscuridad, primero, y lo vemos, y después desde la claridad no iluminada de un candil de aceite. Es un santo varón. Pertenece a la vieja casta de los seres humanos de barrio y de seres únicos que te encuentras en las aceras cuando andas.

Es un texto de Will Eno que, por lo visto, tuvo mucho éxito. Y la gente no se marchaba en medio de la escena. ¿Qué se creen que han venido a ver? Juanma Gómez lo convierte, el texto, en un taciturno humano lleno de contradicciones y repleto de amargura, y hasta los topes de sentido del humor en un día laborable que nadie desea, y por eso es sábado.

Amamos mal y con esfuerzo. Somos uno aunque nos empeñemos en vivir en pareja. Y no tenemos tiempo y matamos el tiempo, pero que siempre nos quede la espera. Que nos espere la muerte a lo lejos y no haga la magia de aparecer cuando no se la llama. Somos espectadores de las palabras de este hombre que nos cuenta historias sin sentido o con la lógica aplastante de la incoherencia.

No hay rifa, no hay magia, no hay efectos especiales, no hay público, (¡ay, sí, que somos nosotros!), pero todo transcurre con la fluidez de la libertad de un día de marzo de 2021. Podemos ser lo que queramos. Podemos descubrir olores con la vista. Podemos huir sin movernos del sitio.

Eso es el texto diferente que entresaca con la producción de Arte&Desmayo, un escenario vacío lleno de gente. Un texto escrito que se escucha, se ve, se piensa y se digiere. Una historia de sombra de luz que muestra la inseguridad de lo comúnmente establecido.

Podemos hacer piruetas, magia que, en realidad, son trucos, hacer colección de amistades, conquistar corazones prometedores que dejan de palpitar nerviosos a la segunda cita, podemos rompernos la voz, ir creciendo de niños a adultos, santos varones, santas varonas, envueltos en el pecado de existir, de subsistir, de entender lo que no se comprende.

Es un monólogo de emoción humana. De palabras que se repiten, de acciones que se escapan del propio escenario, de pretexto para un texto que nos deja marcados sin marcas.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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