Ayer se produjo una nueva convocatoria de huelga general. La mayoría de los teatros madrileños decidieron no levantar el telón. La gran vía madrileña permanecía con las luces de neón encendidas, pero con las puertas cerradas. Solo el león de Disney decidió continuar con, aparente, normalidad sus representaciones. La gente de la cultura con la toma del Teatro Español como emblema de las reivindicaciones se concentró en las céntricas Plaza del Rey y Plaza de Santa Ana para manifestarse en contra de los recortes del gobierno, que han hecho especial mella en sectores como el del teatro y el cine. En los aledaños del Español se pudo ver a rostros reconocibles como Carlos Bardem, Fernando Cayo, Gorka Otxoa, Fernando Cayo, Leo Bassi, Antonio Molero, Maribel Verdú… En fin, la flor y nata de las gentes del espectáculo en España y, por supuesto, muchos trabajadores anónimos del mundo del espectáculo que se reunieron en un acto pacífico. Tras leer el manifiesto y bromear con el supuesto camarero del Español que habían secuestrado, según algún que otro medio de extremada franqueza por decirlo de alguna forma, decidieron buscar un nuevo objetivo para la concentración. El ¿enemigo? a batir: El Rey León, el espectáculo más exitoso de la cartelera madrileña, que decidió continuar con sus representaciones como un día más. A las puertas del Lope de Vega, unas 50 personas de seguridad: antidisturbios, policías y seguridad privada. Lo cierto es que de la aglomeración de gentes de la cultura que estaban en Santa Ana, solo algunos fueron al Lope de Vega. De hecho, muchos debieron encaminar sus pasos hacia la convocatoria ‘general’ de manifestación que reunió en Madrid a miles de personas, sin entrar en las cifras que siempre bailan tanto en estos casos. La concentración, por momentos sentada, a las puertas del teatro de la gran vía, se quedó en aproximadamente en una cantidad no muy superior a las 200 personas según fue avanzando la tarde. Se increpó al público que fue al Lope de Vega con proclamas como «Vergüenza» o «Podéis ir otro día». Bien sabido es que conseguir una entrada para este espectáculo es casi una lotería. La gente compra las entradas con mucha antelación, meses de espera para ver el espectáculo de Disney. Aún así, parte de los espectadores fueron a taquilla a devolver su entrada en ‘solidaridad’ con los manifestantes. Por supuesto, no les devolvieron el dinero y algunos decidieron perder su sitio en el Lope de Vega. La mayoría entró entre extremísimas medidas de seguridad por miedo a la comitiva.
Los manifestantes, con Guillermo Toledo y Carlos Bardem a la cabeza, proclamaban que la empresa, Stage, no había permitido hacer huelga a sus trabajadores. Por su interés reproduzco las palabras de Sergi Albert, el villano del musical de Disney que se ha explayado en su cuenta de Facebook: «Yo hoy no he secundado la huelga, por decisión propia y sin ningún tipo de presión». Julia Gómez Cora, directora de Stage Entertaiment en España, se manifestó a través de Twitter:» Los que protestan y hacen huelga tienen tanto derecho como los que no la hacemos de trabajar. Les desacredita no ser tolerantes».
Sin entrar a valorar la decisión de hacer representación o no en el citado 14N, lo que queda claro es que no es una imagen bonita ni de lo más normal la de un teatro tomado por policías y manifestantes. Desde luego, todo acto de increpación a los asistentes a la representación, está fuera de toda lógica. Precisamente por ser el público, aún más ahora que cada vez se pasa más de la cultura en los presupuestos oficiales, el que sustenta verdaderamente los espectáculos.




Tenía bastante interés en comentar dos de los estrenos cinematográficos de la semana: «Buscando a Eimish» y «Reality». La primera película citada trata sobre la búsqueda de una chica que deja plantado a su novio, Óscar Jaenada. Ella es la actriz con la mirada más profunda del cine español, la maravillosa Manuela Vellés. Tengo la sensación de que esta historia podría haber funcionado como cortometraje. La narración, con continuos viajes al pasado, es demasiado monótona y lenta. Cuando miras varias veces el reloj durante la sesión, algo malo pasa. Y aquí lo malo es que no ‘entras’ en la historia ni te llegas a creer del todo a los personajes. «Al final, las personas a las que más amamos son a las que, sin querer, hacemos más daño», una de esas frases que chirrían en la película, por manidas y por ser un intento de filosofar sobre el amor, hecho del que peca en exceso esta película de Ana Rodríguez Rosell. Para rematar tiene una banda sonora que no es precisamente una maravilla, por mucho que obsequien a la prensa con cd de la misma, solo la escena en la que vemos en el escenario a Manuela Vellés merece la pena de la música que escuchamos. En algún momento, parece que la película puede remontar el vuelo, pero es solo una ilusión pasajera. Melosa y amarga a partes iguales, Buscando a Eimish es un loable intento de cine indie a la española, pero se queda en eso precisamente, en un intento fallido.















