‘Hernani’ es un drama de Víctor Hugo. ‘Ernani’ es la ópera que Verdi concibió basándose en el texto del escritor francés. Hernani es un pueblo guipuzcoano de veinte mil habitantes. Hernani es muchas cosas, y para mí ha sido un territorio simbólico desde el que construir una comedia teatral con el llamado conflicto vasco como telón de fondo.
He escrito ‘Hernani’ con el propósito de abordar el asunto de la convivencia desde la óptica del humor, que es una de las expresiones más contundentes de la inteligencia humana. Era consciente de que esta perspectiva podría resultar controvertida, pero siempre ha creído que tocar temas espinosos desde la comedia no significa banalizarlos, sino que incluso puede conllevar un enfoque tan rico o más que el de una tragedia, donde se suelen sublimar las emociones. Aunque a muchos les genera desconfianza, la risa marida muy bien con la reflexión, como ya nos demostró Molière hace cuatro siglos.

Algunos espectadores que han asistido a la función me han manifestado sus sensaciones, que van desde la prevención inicial por la temática hasta la sorpresa por el modo de acercarse a ella, y he podido constatar con satisfacción y, por qué no decirlo, cierto alivio, que la historia de Edmundo y Julen, interpretados con finura y compromiso por Daniel Ortiz y Josean Bengoetxea respectivamente, atrapa y concita el entusiasmo de personas de distintas procedencias e ideologías.
Sin duda, ‘Hernani’ está siendo una de las experiencias más gratificantes de mi carrera. Ojalá que las cuitas de estos dos personajes condenados a entenderse sigan conquistando el cariño y las risas de los espectadores durante mucho tiempo.



Pero, a pesar de todo, Arte&Desmayo volvió a ser un reclamo para la gente que necesitaba un hueco. Parecía un refugio para actores y creadores en general que buscaban un espacio para preparar el retorno. Pero la exhibición, en una sala con un aforo tan limitado, parecía haber dado de sí todo lo que tenía que dar.Lo cierto es que el pulso de las personas que la utilizan a diario ha vuelto a dinamizar el espacio. Y en este ritmo que supone abrir a diario las puertas de la sala vuelve a surgir la pregunta (unas veces como cuestionamiento propio, otras veces como pregunta de interlocutores más o menos cercanos): ¿no te has planteado volver a hacer teatro en Arte&Desmayo? La posibilidad estaba abierta. Sólo hacía falta el motivo.Y éste no ha sido otro que Thom Pain (basado en nada). Este personaje, que protagoniza uno de los monólogos más bellos y desconcertantes con que yo me haya encontrado nunca, necesitaba, tras su paso por el Teatro Lara en otoño de 2021, un espacio para poder seguir dejando, ante sus confundidos oyentes, una confesión tan singular como lacerante, tan disparatada como íntima. Así que Arte&Desmayo ha abierto sus puertas a Thom Pain para volver a poner en circulación ese elemento que la sala parecía estar pidiendo tanto como este personaje: el público.
Quien ha pasado por el camerino de Arte&Desmayo sabe que sus paredes están forradas con los carteles de las producciones (propias y ajenas) que han pisado ese escenario: por ahí está la siniestra mariposa de El coleccionista, la cabeza silueteada en rojo de Equus, las formas inciertas de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, el torso desnudo de Preludio, o las enigmáticas presencias de 405, entre otras figuras que parecían haberse convertido en fantasmas desnortados sin el bullicio de un camerino momentos antes de comenzar la función. Parecían estar reclamando la justificación de su permanencia en la pared. Ahora van a volver a recibir de nuevo el calor de las bombillas de los espejos en esta nueva etapa, que no es sino una continuación de la anterior, para que todo vuelva a tener sentido. Para que el círculo del retorno se complete.Se vuelven a abrir para el público las puertas de Arte&Desmayo. La experiencia da confianza y el oficio sabiduría. Ahora, que los personajes dejen ahí su (como dijo Hamlet) “sueño de pasión”.
















