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La verdad es que he sentido un tremendo dolor cuando he sabido que alguien a quien admiro y aprecio está pasando un mal momento, pero lo cierto es que al rato me he repuesto pensando en cómo ha sorteado los envites que la vida le ha ido planteando. Y me he prometido repetir el abrazo que me dio la última vez que charlamos en el Teatro Arriaga. Además, el cáncer salió en la conversación, curiosamente, ya que como comenté en un artículo era una gran amiga del alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, tristemente desaparecido hace unos meses. Creo que nunca lo he contado en este espacio, pero sí a algunos amigos y es que mi primera pseudo crítica teatral se la dediqué a Concha Velasco hace más de una década. Se la quise mandar y de hecho pude conocerla cuando hizo Hello, Dolly! Me dio su número de fax y prometí mandársela y- ¡Desastre de mí!- perdí la tarjeta. Han pasado muchos años de aquello, muchas entrevistas y personajes, pero yo sigo teniendo en mi memoria aquel momento grabado y sobre todo guardo su imagen en mi retina. Ya entonces para mi era la ARTISTA por antonomasia de nuestra escena y hoy más que nunca me sobran los adjetivos para calificarla. Que este abrazo en forma de artículo se haga extensible a sus familiares y allegados, que sabéis que toda España está con Concha. Queremos verte de nuevo encima de un escenario sonriente y llena de energía como siempre, Querida Concha.
David Serrano, al que tendremos muy pronto DESDE MI BUTACA, ha juntado a una pareja de ensueño para «La venus de las pieles». En mitad de la vorágine por el éxito de «Ocho apellidos vascos», Clara Lago compone una Vanda magnética, de la que sólo puede caer perdidamente rendido el Diego del Pino de Diego Martín. Los protagonistas de uno de los fenómenos teatrales de la temporada atendieron en exclusiva a DESDE MI BUTACA. Muy pronto, la crítica del montaje que se puede ver en las Naves del Matadero de Madrid…
DIEGO MARTÍN
– Vuelves a trabajar con David Serrano, ¿Qué tiene de especial como director?
David es alguien que tiene mucha importancia en mi trayectoria tanto profesional como personal. Es alguien con quien me es muy fácil comunicarme, y ahora he podido disfrutar del comienzo de una madurez como director (porque lo de antes era mera precocidad) que se adivina fantástica. Espero seguir siendo merecedor de su confianza, de la libertad total con la que se trabaja con él, y de su talento.
– Es la segunda experiencia de Clara Lago sobre las tablas, ¿Qué has descubierto de ella como actriz en esta Vanda?
La Vanda de Clara está llena de matices, de capas que se suceden y aumentan la fascinación del público por ella, fascinación que comparto como compañero suyo. Su libertad, precisión, sensualidad, madurez, frescura y desvergüenza y un poso de dama veterana del escenario, inundan la función y nos lleva a todos por delante.
– Te has incorporado a Velvet, la última producción de Bambú que tiene fama de cuidar mucho las producciones, ¿Ese fue el motor de que aceptases?
Efectivamente el cuidado con el que se aborda la producción, y un amor por el detalle que se veía cada vez menos en televisión, y si añadimos que le dan mucha importancia a los repartos que confeccionan, pues el resultado es que uno está feliz de pertenecer a ese grupo, y que estoy disfrutando cada día de encarnar a un personaje que me divierte mucho hacer, rodeado de gente por la que me siento muy cuidado.
CLARA LAGO
-¿Cómo ha sido el trabajo junto a David Serrano, Diego Martín y el resto del equipo en los ensayos?
Ha sido muy relajado. Extrañamente «fácil». David estableció desde el principio ese clima de tranquilidad y relax a la hora de trabajar. A mi me ha dado mucha confianza, al igual que Diego. Ha sido una experiencia muy bonita, la verdad. Casi que no daba la sensación de ir a «trabajar». Ha sido todo desde el disfrute.
-Aunque con una larga carrera en el panorama audiovisual es tu segunda experiencia sobre las tablas, ¿Ha sentido ya por fin ‘el veneno del teatro’ Clara Lago con esta experiencia teatral?
La verdad es que sí. Creo que también ha tenido mucho que ver en ambos casos la compañía y el texto. Cuando el proyecto es tan apasionante y la gente con la que trabajas se convierten en amigos, es fácil que se convierta en una experiencia que uno quiera repetir.
-Te has enfrentado en plenos ensayos al ‘extra’ de tener puesto el ojo mediático sobre tus pasos, ¿Cómo estás afrontando este fenómeno mediático que ha supuesto Ocho apellidos vascos?
Bueno, el mundo paparazzi es bastante nuevo para mi. Es incómodo a ratos, pero intento no darle demasiada importancia, tomármelo con calma y con humor, porque uno ya sabe que se pasará. Se acabarán cansando. Y también tener en cuenta que esto responde al fenómeno de la película, que es algo por lo que estar muy agradecido.
Hay frases que de tan manidas pierden sentido. Luis Merlo admite que no le gusta nada el tópico de «The show must go on». Más en un día en que le toca enfrentarse a dos funciones de la exitosa «El crédito » con un inoportuno virus. En su camerino guarda con emoción el retrato de Carlos Larrañaga que unos minutos antes ha recibido de manos del artista cántabro Carlos San Vicente. Merlo tenía aún las emociones a flor de piel por la pérdida de su padre cuando le tocó enfrentarse a uno de los personajes de su carrera, el protagonista de «Deseo» de Miguel del Arco. Y después llegó por fin el esperadísimo mano a mano con Carlos Hipólito, para el que sólo tiene buenas palabras: «Estando Carlos en el escenario nada malo me puede pasar». Y esa sensación parece que trasciende la escena cuando el actor acude al cuidado de Merlo en este día difícil para el protagonista de la serie «El internado», experiencia que tuvo que interrumpir para tomar fuerzas tras una larga temporada compaginando teatro y televisión. Por un momento recupera la mirada de aquel niño que celebró su Primera Comunión encima de un escenario y confiesa: «Cuando te pica el bicho del teatro, que a mi me picó muy joven, es muy difícil olvidarse de ese pinchazo».
Sueles elegir los proyectos teatrales con tus hermanos, ¿Es la conexión con la actualidad lo que atrajo a Luis Merlo de este texto?
Me encanta esa conexión de Galcerán, pero lo que me hizo apartar otro proyecto que tenía entre manos era poder tener un mano a mano con Carlos Hipólito con dirección de Gerardo Vera.
Convertir los temas menos susceptibles a provocar risas en comedia, ¿Esa es la clave que hace conectar a Jordi Galcerán con el público?
Si supiésemos la clave del éxito, la función la producirian los bancos. Más allá de la gran construcción dramatúrgica que hace Galcerán, lo que hace al espectador conectar con la obra es que vemos ante todo a dos seres humanos reconocibles. Gerardo Vera nos ha sabido llevar hacia esos personajes buscando la verdad, esa que sé distinguir cuando se produce, pero que soy incapaz de descubrir cómo se llega a ella. En definitiva, creo que sólo puedes conectar con el público desde la verdad y, cuando lo consigues, el público responde de una forma asombrosa.
¿Para que pediría Luis Merlo un crédito de una forma tan desesperada como su personaje?
Yo me rindo mucho antes que mi personaje. Quizás para comer, tendría que estar al límite… A mi personaje no sabemos lo que le pasa, pero debe de ser algo muy fuerte… Creo que es algo así como el Macguffin de Hitchcock, que servía para provocar la situación que da pie a la trama, en este caso la petición del crédito, pero que que no tiene mayor relevancia en la trama en sí.
Por fin llegó el ansiado mano a mano con Carlos Hipólito, ¿Cómo es trabajar con el reciente Premio Valle Inclán?
Cuando leí la obra, vi claro que tenía que estar en esta función con Carlos Hipólito. Está siendo una experiencia maravillosa. Con él he conseguido que se mantenga viva la función. Tengo la sensación de que al estar Carlos nada malo me puede ocurrir en el escenario. Si un día haces un cambio en escena y das un salto mortal, tienes la certeza de que te va a recoger.
Los actores en la presentación de «El crédito», a la que no faltó DESDE MI BUTACA.
Vienes de una obra especialmente desgarradora como Deseo, ¿Cómo fue el trabajo junto a Miguel del Arco?
Fue una experiencia teatral muy intensa y hermosa. Coincidió en un momento difícil a nivel personal por las pérdidas recientes que había tenido. El actor maneja su mundo emocional, que en ese momento estaba muy sensible. Miguel del Arco supo sacar la parte más profunda del actor. Fue una experiencia extraordinaria, fuera de lo común.
Aquí y ahora, ¿Por qué el teatro es un buen lugar para contar historias para Luis Merlo?
En el teatro no puedes cortar, ocurre aquí y ahora, en este instante, es la magia del directo… Además, está despojado de la vanidad, que es la forma más vulgar del ego. Queda en ti y en el espectador un recuerdo no tangible. No es un cuadro ni un DVD que puedas ver recurrentemente.
En 2009 tuvo que parar Luis Merlo la máquina por un cuadro de estrés por agotamiento, ¿Llegaste a replantearte tu profesión en ese momento?
Llevaba siete años sin descanso. En ese momento estaba haciendo Arte y El internado y tengo que admitir que el trabajo pudo conmigo. Tuve que parar para ser honesto conmigo mismo y con la gente que había confiado en mí. Estaba ya sin voz y el escenario te pide una energía de la que yo no disponía entonces. A pesar de eso, nunca me he planteado dejar mi profesión. No me lo puedo permitir económicamente, eso para empezar. Si algún día eso ocurre, pues ya pensaré si me voy a vivir a las montañas o qué tipo de plan de vida quiero llevar a cabo. También hay que tener en cuenta que cuando te pica el bicho del teatro, que a mi me picó muy joven, es muy difícil olvidarse de ese pinchazo.
Ese bicho te picó de muy jovencito en una familia que te permitió vivir una infancia ‘entre cajas’, ¿ Te ayudó a desmitificar esta profesión?
Sí. Desde pequeño tuve una visión cotidiana de esta profesión. El teatro era mi lugar de juego. Me acuerdo de una anécdota muy bonita ahora que me lo mencionas. Ocurrió cuando estaba bajando las escaleras del Teatro Bellas Artes el día del estreno de Calígula. Ese día estaba muy nervioso, era un personaje imponente y no me sentía preparado, pero de repente recordé que en ese escenario había celebrado mi Primera Comunión. Entre función y función, me hicieron mi fiesta de Comunión. Fui el protagonista en ese escenario y para mí eso fue una experiencia mucho más gratificante que la ceremonia litúrgica. De alguna forma, ese día soñé por primera vez que iba a triunfar en ese escenario y esa sensación me dio una cierta calma. Estaba haciendo realidad mis sueños.
El artista Carlos San Vicente le obsequió con un retrato de su padre.
¿Cómo valoras la oferta teatral actual?
Yo he tenido la suerte de vivir unos tiempos en que el teatro estaba muy vivo en Madrid, ciudad en la que llegó a haber 36 grandes teatros abiertos con una gran variedad de géneros. Podías ver a Fernán Gómez haciendo a Ionesco, olvidarte de las preocupaciones con una revista, descubrir el teatro de William Layton o incluso ver Se infiel y no mires con quien… Una cultura sana tiene infinidad de ofertas. Sólo hay teatro bueno y malo, no hay género mejor o peor y creo que debería haber oferta para todo tipo de públicos y cada día lo constato en los escenarios de toda España.
¿Con qué proyectos te gustaría seguir en esta profesión a Luis Merlo?
La comedia es la forma más hermosa de contar una historia. Quizás afinaría más y la definiría como tragicomedia. Me refiero a esas comedias con cierto trasfondo. Te ríes de los diálogos del personaje, aunque sabes que lo que está viviendo es una tragedia. Cuando consigues superar el vértigo emocional de un personaje que vive al límite y llegas al patio de butacas consigues una risa del público que es realmente muy gratificante.
«Es un premio al que tengo especial cariño por dos motivos. Primero por ser un reconocimiento que viene dado por profesionales del mundo de la cultura. Y el segundo motivo es que es la cuarta vez que me nominan y siempre me había quedado en la penúltima ronda de votaciones. Me nominaron con Glengarry Glen Ross, Todos eran mis hijos,Follies y ahora por fin me lo he llevado. Nos está dando tantas alegrías esta obra… El crédito ha sido como jugar la lotería y ganar el premio gordo».
Siendo un adolescente le llegó la fama de una forma súbita. Con una serie que ya está instalada en el imaginario colectivo, «Verano azul», llegó un momento en el que le ofrecieron esperpénticas y millonarias proposiciones de las revistas del papel cuché, pero supo decir que no. A partir de ahí, con las ideas muy claras de lo que no quería que fuese su carrera, empezó una trayectoria que le ha llevado a transitar por las emociones de personajes como el Charly de El comisario durante 10 años: «Cuando estás tanto tiempo se te queda algo del personaje». Una experiencia que revive en la entrevista con la que quizás fue la escena más emocional de su dilatada carrera. Ahora, tras girar más de un año con «No se elige ser un héroe», continúa con éxito en la gira de «Paradero Desconocido», que le sirve para constatar «Que la historia es cíclica y que nada mejor que recordar para que no se repitan los errores».
¿Qué le atrajo a Juanjo Artero de Paradero desconocido?
Si te soy sincero dije que sí sin pensarlo solo por ser parte del proyecto Andrea Dodorico, que es todo un referente de nuestra escena. Además, estaba Laila Ripoll y sabía que haría una gran versión de esta novela donde la palabra tiene un peso tan importante. Y así es, ya que ha rescatado al personaje de la hermana. Ella nos cuenta la historia desde la intemporalidad de un cabaret que está situado en una especie de limbo. Esta obra nos demuestra que la historia es cíclica y que hay que revisarla para que no se repita. Es inquietante ver la conexión que tiene con la actualidad. Ahora estamos asolados por el auge de los partidos extremistas en Europa.
¿Qué une a Juanjo Artero con la directora de la obra, Laila Ripoll?
La conocí en Verano Azul, ya que su madre trabajaba en la serie. Y montamos una compañía, Micomicón, que ella aún mantiene. Han sido años de vida, de meter los trastos en la furgoneta y ver cómo se ha hecho grande. Siempre hemos mantenido una amistad muy grande, somos de la misma generación, es muy especial esto. Me siento muy orgulloso de ver que lo que hablábamos de jóvenes se ha realizado, que ha sido coherente con lo que quería y ese esfuerzo tiene recompensa.
En Paradero desconocido su personaje sufre un viaje emocional muy fuerte, ¿Cómo se siente Tras la emoción compartida?
Aunque tú hagas un personaje que sufre, puedes disfrutar mucho encima de un escenario. Yo me lo pasaba bomba cuando era Romeo y lloraba en la tumba de Julieta. Si el público te aplaude, pues la emoción se queda ahí durante el aplauso, pero yo luego soy capaz de desconectar con tomarme una simple cerveza.
Viene de otra experiencia teatral como es No se elige ser un héroe…
Este tipo de personaje nunca lo había hecho y la experiencia ha sido un tanto agridulce. Nos hubiese encantado estrenar en Madrid, pero el riesgo para la productora era demasiado grande. Ha sido uno de las experiencias de las que más he aprendido. Poder trabajar con Roberto Cerdá y hacer también los ejercicios de cuerpo que hicimos con Carlota Ferrer fue algo maravilloso. Era muy curiosa la respuesta del público. Los aplausos eran fríos e in crecendo, pero creo que el público supo valorar el esfuerzo interpretativo que había detrás. Probablemente, iban pensando que era una comedia más, pero se daban cuenta de que los personajes como en la vida misma no dicen lo que realmente piensan.
Aquí y ahora, ¿Por qué el teatro es un buen lugar para contar historias para Juanjo Artero?
El teatro no morirá nunca. Es el aquí y ahora y cada representación es diferente. El público valora el vértigo del directo. Es lo que lo hace mágico. El teatro es una comunión entre el público y los que estamos en el escenario.
Muchos años haciendo televisión, ¿Cree que es verdad eso de que en la ficción española se quiere llegar hasta a la “Señora de Cuenca”?
Sí, eso es lo que suele ocurrir, pero también hay excepciones. Sólo hay que ver la respuesta ante una serie con tanta personalidad como El tiempo entre costuras. En España no se pueden hacer series minoritarias, el mercado no lo permite. Se tiene que hacer ficción que llegue a varios estratos de la sociedad. Lo que le diría a la gente es que series como El barco se ha vendido a Chile y Rusia entre otros país. En España hay mucho talento y muy exportable y parece que sólo estamos por la labor de criticar. En El barco llegaban a criticar la calidad de las olas que salían en la serie. Si nuestros especialistas en efectos especiales- que están triunfando en Hollywood- tendrían el mismo tiempo y presupuesto que los americanos, otro gallo nos cantaría. El talento no entiendo de fronteras.
Acaba de rodar el cortometraje El millón, ¿Qué le espera al espectador en esta sátira sobre la telebasura?
Es una crítica muy ácida a la telebasura. Creo mucho en el talento del director, Álex Rodríguez. Trabajé con él en Libres, una webserie. De hecho, acabamos de estar seleccionados con esa serie en un festival en Roma. Me hace mucha ilusión. Creo que la telebasura tiene su parte divertida y lúdica que no me molesta, pero ellos lo cogen a muerte. Mira aquí… Bueno, ya parece que se me han quitado las marcas que me hicieron para mi personaje que es un presentador de televisión. Me han escupido, me han esposado, me han tenido atado… Y han conseguido financiarlo por una esponsorización. En Valencia hay un talento creativo alucinante.
¿Está el futuro del cine en manos de los cortometrajistas?
Creo que la forma de aprender a rodar es hacer cortometrajes. Un director no puede torear, tiene que ir con novillos. Me interesa el lenguaje del corto. También para el resto del equipo como por ejemplo los que se encargan de vestuario, los atrezzistas… Es una escuela maravillosa.
El proyecto más inminente es la película Botas de Barro, ¿Qué le atrajo de esta película?
Es una película sobre superación personal que va a descubrir una ciudad como Melilla, de la que sólo suele aparece la imagen de la valla. Recogen a gente que no saben de qué países son y tienen que atenderles durante mucho tiempo. Nos pensamos que es una cárcel, pero ahí se fraguan unas relaciones humanas muy intensas. Me interesaba también por el tipo de personaje que me ha tocado en gracia, que nunca había hecho en el audiovisual. Es un personaje alcohólico, venido a menos, un perdedor que se tiene que superar.
Artero posa en el Palacio de Festivales de Cantabria.
Ha estado una década en El Comisario, ¿Qué ha aprendido sobre el medio televisivo?
Quizás lo más importante que he aprendido es que más es menos ante la cámara. Ahora también sé escuchar mejor a mis compañeros y he conseguido saber relajarme. Charly ha sido uno de los personajes claves de mi carrera. No sé qué hubiese sido de mi carrera sin haberlo interpretado. No me cansé de hacer el personaje durante una década. Lo enriquecedor era que tenías unos antecedentes del personaje. Llegué a saber lo que pensaba mi personaje. Cuando leí la falsa muerte de Pope por primera vez, lloré como si fuese realmente mi personaje. Decía el guión: “Charly ve a su compañero muerto y le sale un grito sordo”. Creía que no sabría hacerlo al verlo sobre el papel, pero al verle muerto con todo cosido conseguí recrear ese grito sordo en las ocho tomas que hicimos. Es una vida que es mentira, pero para ti existe ese personaje y esas vivencias tan fuertes.
¿Qué ha supuesto el éxito de No habrá paz para los malvados en su carrera?
Trabajar con Enrique Urbizu fue muy bonito y más aún cuando pudimos estar en el Festival de San Sebastián con ese recibimiento tan maravilloso que tuvimos. La nominación al Goya fue como un sueño y la verdad es que a nivel cinematográfico no ha tenido nada de repercusión. De hecho, no he vuelto a hacer cine después.
¿Cómo ha sido su relación con la fama desde aquellos tiempos lejanos de Verano Azul?
Cuando empecé en esto tenía 16 años y la prensa te respetaba bastante, eran otros tiempos… Yo creo que también depende de cómo plantees tu carrera. Me llegaron a ofrecer un millón de pesetas para mi y otro para mi novia por una falsa boda por un rito raro de esos… Sabía que si hubiese entrado en ese juego, hubiese empeñado mi futuro y eso que era muy duro decir que no a una oferta cuando tenías los bolsillos vacíos con 19 años. Si no muestras tu vida, la prensa te respeta. La verdad es que no he tenido muchos problemas en todos estos años. Se han inventado alguna cosa, pero pocas veces la verdad. Llevo una vida muy tranquila sinceramente.
El director del grupo de teatro de su colegio no supo ver en él cualidad interpretativa alguna en este niño que miraba con cierta envidia a sus compañeros. Ni el Catecismo le dejaban leer. Pero la vida le tenía guardada muchas sorpresas. Cuando pensaba que la interpretación no iba a ser su camino entró en el Teatro de la Danza y ahí comenzó en una profesión en la que espera seguir jugando con proyectos como «Continuidad de los parques», que se podrá ver hasta este domingo en las Naves del Matadero de Madrid.
¿Qué le atrajo de un proyecto como Continuidad de los parques?
De base lo que me atrajo fue el nombre de Sergio Peris Mencheta, yo quería trabajar con él. Yo provengo de la compañía Teatro de la Danza que sentó todo un precedente al bailar los textos teatrales. En aquellos espectáculos había algo de sorpresa, de espectáculo total y eso lo veía en los montajes de Sergio. Propuestas inéditas, mágicas, que llamaban mucho la atención como fueron Tempestad e Incrementum.
¿Qué tiene de especial trabajar a las órdenes de un creador como Sergio Peris Mencheta?
Quizás lo más característico que tenga es su capacidad para jugar con todos los elementos que tiene en sus manos. Y en los ensayos también me encontré que escondía una filosofía detrás de ese trabajo práctico. Creo que entiende el proceso como algo terapéutico y esto se entiende muy bien cuando cuento que empezamos el proceso con un curso de clown y algunos juegos entendiendo el teatro como algo ceremonial. Y ese espíritu ha estado presentado durante toda el montaje. Se nota muchísimo la preparación previa que supongo que ha tenido en distintas escuelas a la hora de abordar el trabajo de una forma tan concienzuda.
En la obra se mete en multitud de personajes…
Los ensayos han sido duros por tener que transitar entre las emociones de tantos personajes, pero ahora es una gozada poder mutar cada noche en tantos personajes. Como espectador pienso que es muy entretenido vernos cambiar de personaje en este juguete escénico que le estamos ofreciendo.
Aquí y ahora, ¿Por qué el teatro es un buen lugar para contar historias para usted?
La televisión ahora está marcada por determinados estándares comerciales y algo parecido ocurre en el cine que ha perdido el carácter experimental y se ha vendido al mercado, pero todo ello lo digo sin menospreciar ninguno de estos dos campos desde luego. En el teatro se conserva la capacidad de jugar y eso es muy gratificante.
¿Cómo llega a este oficio Roberto Álvarez?
Yo iba a un colegio de curas y me encantaba ver a los niños actuar. El cura no me veía cualidades artísticas y no me permitió entrar en el grupo de teatro. Me rechazaron incluso para leer el catecismo. Yo nunca pensé que me dedicaría a esto. De hecho, estudié Ingeniería de Telecomunicaciones. Cuando estaba estudiando la carrera, hice un curso de pantomima y de ahí pasé al Teatro de la Danza, del que ya te hablé antes. Creo que la profesión me eligió a mi de alguna forma. Me comentó un psicólogo, al que he ido sólo dos veces en mi vida, que sobre los 22 años vivimos una etapa de indefinición personal que nos lleva a tomar un camino determinado por circunstancias familiares. Y quizás, de alguna forma, el hecho de que algunos familiares hubiesen cultivado su vena artística aunque no fuese de una forma profesional, potenció en mí la posibilidad de ser actor. Así, entré en Teatro de la Danza, me cogieron para hacer Mefistófeles y comenzó mi vida profesional en la interpretación.
Hace poquito se ha estrenado Dos francos, 40 pesetas, ¿Cómo fue ese rodaje?
Fue un lujo poder rodar en Zúrich. Por curiosidad, quise informarme de cómo se abría una cuenta en Suiza, en aquellos años que era ‘la moda’ ir a poner allí a buen recaudo el dinero. Entré a una oficina y me mandaron a otro imponente edificio para poder abrir una cuenta. Cuando entré, me metieron en una habitación y vino un mayordomo a atenderme. Me sentí como mi personaje que iba con su maletín a llevar sus dineros a Suiza. La escenografía real era impresionante. Había un montón de salas de reuniones vacías.
Una escena de la película de Carlos Iglesias.
En cuanto al rodaje fue una gozada. De hecho, yo le había pedido directamente a Carlos Iglesias que me escribiese un papel cuando vi su primera película, Un franco, 40 pesetas. Lo que más me sorprendió era la verdad que había sacado de los actores. Sirva como ejemplo el hecho de que yo estaba convencido de que las protagonistas eran alemanas y cuando conocí a una de ellas en el estreno me dijo que era ¡De Móstoles!
¿Cómo viviste un éxito tan arrollador como el de Ana y los 7?
Llegaron a verla once millones de espectadores, pero nunca me ha molestado la fama. El 99% de las personas se acercaban con un gesto agradable y eso es muy gratificante. Es cierto que pierdes intimidad, pero cuando pones en la balanza las cosas buenas y malas de este oficio te das cuenta de que merece la pena. Aún me siguen reconociendo por ese personaje supongo que por las continuas reposiciones y sólo puedo estarle agradecido a esta serie.
¿Se te cayeron los ‘mitos’ del personaje que se ha creado Ana Obregón al rodar con ella?
En la época de Ana y los 7, yo tenía varias ofertas para televisión. Era ‘mi momento’, había hecho muchas películas y tenía bastante curro. Antes de aceptar pregunté a un par de amigos por ella y me dijeron que era encantadora y así es. Es una mujer con un gran sentido del humor y una gran sensibilidad. Trabajaba con un gran respeto por el equipo. Es muy vitalista, muy dulce y trabajadora.
Un éxito que TVE quiso seguir explotando con esa secuela que nunca vio la luz…
Ana quería dejar la serie en un punto álgido, no quería que se quemase y dijo que no a una posible continuación. Yo también estaba saturadillo del éxito también la verdad. Así que decidieron hacer una segunda parte en la que nuestros personajes morían en un accidente de avión y continuaban el resto de personajes. Se rodaron cuatro capítulos y esta historia es mucho más complicada de lo que pueda parecer…
¿Qué proyectos tiene y con qué proyectos le gustaría seguir soñando a Roberto Álvarez?
Me gustaría que todo lo venga tenga la calidad de Continuidad de los parques. Mi gran motivación ahora mismo es mi mujer para la que me encuentro escribiendo ahora mismo. Quiero hacer obras que sorprendan, en la línea de las experiencias que he tenido en Microteatro. La estructura del montaje será similar a la de Continuidad de los parques.
Estamos acostumbrados a que los programas televisivos fabriquen hipotéticos ídolos de masas que en un futuro podrían vender discos, sueño quimérico en estos tiempos inciertos para una industria discográfica en que vender 20.000 copias se convierte en un éxito. No quedan tan lejos los tiempos en que el artista del año rebasaba el 1.000.000 de copias. Sin ir más lejos, algunos concursantes de O.T consiguieron superar sin problemas las 500.000 copias en su primer trabajo. Eso, ya digo, eran otros tiempos y otros formatos.
Ahora se estilan los concursos musicales de toda la vida, pero que buscan «la diferencia», el artista con un rasgo distintivo. No he seguido mucho La Voz, esa es la verdad, pero sí le di una oportunidad a la segunda edición de El número 1, formato a mi juicio más entretenido que el de Telecinco, pero que sin embargo no contó con una audiencia tan contundente. Cuando vi aparecer a Raúl Gómez, violín en mano, me di cuenta de que ya tenía un motivo para seguir el espacio televisivo que presentó…. Ha pasado un año desde aquella primera vez ante las cámaras y el joven artista sigue apareciendo con esas gafas de pasta tan características. Ya tiene entre manos su primer disco, 1, y lo está presentando en formato acústico por toda España. Ayer lo hizo en Bilbao. Entra en escena con la misma discreción con que entró en el concurso televisivo para dar unas pequeñas indicaciones en el ensayo previo: «Súbeme un poco los agudos» indica con un hilillo de voz que torna en emoción cuando suenan las primeras notas de la canción con la que calienta. Solo unos minutos después, ya está todo preparado para empezar en el abarrotado Fórum del Fnac de la capital bizkaina. Empieza con el single, Under your skin, al que seguirán temas como In another life que espera que sea su segundo single, Te importa, una deliciosa versión del I wonder de Rodríguez y con Another live consigue fuerzas renovadas para seguir corriendo. Y quizás podría ser extensible a esa carrera de fondo que es la de la música. Esperemos que sepan pulir a este diamante en bruto que hace su particular oración a la música con Let Me Go y le pide «Que nunca me deje marchar». Ese sentimiento tan arraigado, esa espiritualidad que imprime a sus canciones tiene mucho que ver con su participación activa en la comunidad religiosa de su Coria natal y que imprime caracter a una personalidad musical de mil aristas. Ha nacido un verdadero número 1, no un producto musical de consumo rápida cual fast food, sino un artista con una carrera que auguro y espero que sea larga. Un cantante con una sensibilidad musical inusitada que nos deja Temblando– esa quizás fue una de sus mejores interpretaciones en tv y por eso está en el disco- cada vez que sale de su voz una nueva nota.
Esta semana se estrenan con una distribución bastante reducida dos propuestas cinematográficas para públicos muy distintos. En Miel nos encontramos ante una cinta sobre el siempre tabú tema de la eutanasia. En el documental El culo del mundo, debut en la dirección del showman Andreu Buenafuente, nos encontramos ante un documental sobre la risa y, ante todo, sobre el propio creador de espacios como En el aire.
De entrada, Miel, que plantea una red secreta de «enfermeras muerte» que se dedican clandestinamente a dar muerte a las personas con una enfermedad terminal, resulta dura, cruda, como todas las películas que tratan este espinoso tema. Lo que quizás hace de la mirada de su protagonista y directora Valeria Golino es que no se presta a hacer un juicio de valor hacia un lado o hacia otro. Simplemente, nos cuenta la historia de nuestra protagonista que vive en una encruzijada desde que descubre que uno de sus «pacientes» le ha mentido y no tiene enfermedad alguna. A partir de ahí, se replantea su profesión y su propia existencia. Miel es un ejercicio de estilo, cine de autor en toda regla, bajo la mirada de esta cineasta que traspasa la pantalla con este personaje al que dota de voz y carne con una sensualidad inusitada al tratarse de un tema tan delicado. Es cruda, pero contra todo pronóstico se convierte en una experiencia cinematográfica «disfrutable» y que no debería pasar desapercibida en la cartelera.
El próximo 23 de abril Cameo lanza en DVD El culo del mundo, que hoy se estrena también en algunas (escasísimas) pantallas de toda España. Cuando Andreu Buenafuente probó el prime-time con escaso éxito en Antena 3, tuvo un tiempo de inflexión en el que se replanteó muchas cosas sobre su oficio y más después de recibir un email de un espectador desde «el culo del mundo». Que alguien tan lejano a España le dijese que le hacía reír le hizo poner en marcha este documental que solo funciona a ratos. La cinta no funciona a grandes rasgos por un simplísimo hecho: ¿Se puede concebir hacer una película sobre uno mismo en la que tus trabajadores te digan que eres el mejor jefe del mundo? Por poderse se puede hacer, a los hecho me remito, pero convierte a la cinta en el súmmum del ombliguismo pleno. Más aún cuando intenta quitarse importancia con frases del tipo: «Mi historia es la historia de un viaje colectivo» y en ese momento, ¡Qué casualidad!, se oye a su hija llorar y va a ejercer de padrazo. Cuando sí funciona el experimento es cuando de verdad se mete en el «meollo» de la comedia, cuando por ejemplo Leo Bassi nos cuenta su anécdota con el dedo roto, una pena que esos momentos ocupen la menor parte del metraje la verdad y se entretenga en contarnos lo terapeútico que es su programa para gente como la siempre maravillosa Concha Velasco.
Dice haber sido muy feliz durante la última década siendo uno de los personajes más carismáticos de la serie «Aída», un proyecto que le ha absorbido muchas horas durante estos años, pero para el que solo tiene palabras de agradecimiento. Un agradecimiento que hace extensible a un público que en los escasos metros que van del parking a la entrada del Fernán Gómez no deja de acercarse a él con una sonrisa: «La fama es un tributo que hay que pagar» comenta sin resquemor alguno. Sea como fuere, durante esta larga temporada no ha abondado las tablas y es que como confiesa a DESDE MI BUTACA: «Siempre ha sido mi prioridad». Quizás ahora, un día de esos en los que se había acostumbrado a madrugar para grabar la conocida teleserie se decida a apostar por otro autor maldito de «La otra generación del 27»: José López Rubio. De momento, le queda un mesecito de grabaciones televisivas antes de despedirse de su Chema y seguir El baile de otro autor que merece ser reivindicado, Edgar Neville.
¿Cómo llega a sus manos una obra como El baile?
Estaba buscando un texto para montar y cayó en mis manos El baile. Me encanta esa “generación perdida”, la otra generación del 27, que forma Neville con Mihura, López Rubio… Cuando me hablaron de esta función, me di cuenta de que como productor era sostenible, una obra sencilla de montar. Además, no me explicaba que llevase tantos años sin ponerse en escena…
¿Cree que han sido los condicionamientos ideológicos los que han hecho invisible a este autor invisible durante años?
Completamente, no es una imaginación mía, algunos programadores no le querían programar. Este tipo de censuras están basadas en los prejuicios y en el escaso conocimiento de autores tan ricos como Neville. Era muchas más cosas que alguien de derechas. Era un hombre muy inteligente con un exquisito sentido del humor, que vivió conforme a sus principios ideológicos y morales. Tuvo incluso una relación amorosa con Conchita Montes teniendo esposa. Era contrario al mundo eclesiástico e incluso tuvo problemas de censura en su cine. Hasta era amigo de Lorca y le reivindicó con un artículo. Era un personaje poliédrico, con muchas caras, que era un gran artista. Su cine ha sentado las bases del futuro de nuestra cinematografía. Se movió en Hollywood y conoció a Chaplin. Fue un ave rara del franquismo. Ahora se le tacha de fascista y no nos damos cuenta de que el arte cuando es bueno tiene que superponerse a los condicionamientos ideológicos.
¿Es la poesía que destila el texto lo que más ha atraído a Pepe Viyuela?
Desde luego. El autor tiene una gran delicadeza, un humor y una inteligencia muy sofisticada. Además, fue muy valiente por plantear un tema como éste en mitad de una España tan pacata, tan corta de miras. Y como actor, tenías el mismo personaje en tres etapas distintas y eso es muy instructivo de cara al juego que siempre debe ser el teatro.
Uno de los aspectos que se han adaptado del texto original son las épocas en que transcurre, distintas a la obra de Neville…
En realidad creo que se podría haber contextualizado en las épocas inicialmente planteadas, pero bueno… Creo que la “almendra” de la historia es completamente atemporal, se podría situar en cualquier época. En el original el primer acto transcurría en 1900, lo que escapaba un poco al mundo de los espectadores de hoy. Lo fundamental era que el espectador sintiera muy cercanos a los personajes, por lo que decidimos correr 50 años la obra y acabamos en nuestros días.
La anterior experiencia teatral fue Los habitantes de la casa deshabitada curiosamente también en Teatro Fernán Gómez, ¿Con qué se queda de esa experiencia?
En principio fue una responsabilidad por dos cosas: Recuperar esta obra de Jardiel y saber que grandes actores de nuestra escena lo habían representado, pero en el fondo creo que lo más importante es que me lo pasé francamente bien. Con El baile cierro de alguna forma el círculo de esos autores entre los que también estaba Mihura o Gómez Rubio, que se debería reivindicar, esa otra generación del 27. Ahí están en las fotos que tengo en este camerino, aunque me falta Jardiel la verdad. Incluso una espectadora muy amable me traje una foto de un montaje de la obra (arriba a la izquierda).
El actor señala una instantánea de la adaptación cinematográfica de «El baile» que protagonizó el recordado Alberto Closas.
¿Por qué el teatro es un buen lugar para contar historias para Pepe Viyuela?
Es sin duda el lugar para contar historias con mayúsculas. Una historia se cuenta mucho mejor mirando a los ojos de la gente, sintiendo el pulso del que te la está contando. Para mí, el audiovisual es teatro enlatado, sometido a un tratamiento tecnológico. El teatro es el momento mágico en que uno se sienta en una butaca para que le cuenten una historia. El teatro es vivo, fresco y el espectador respira un aire especial. Quien no lo ha probado, no sabe lo que es este rito que se produce desde hace miles de años. Nos reunimos para que nos cuenten una historia.
¿Fue el juego infantil lo que le llevó en este oficio?
Yo, como todos los niños niños, jugaba. Ya en la adolescencia, cuando los juegos infantiles habían pasado a un segundo plano, haciendo teatro me di cuenta de que en realidad el teatro era una derivación natural de ese juego al que pones voz y carne para ser otro. La verdad es que ni siquiera entonces tenía claro que éste iba a ser mi lugar, que iba a ser mi profesión. Fue una vez acabada la escuela de Arte Dramático cuando me di cuenta de que éste sería mi camino. De hecho, trabajaba en otras cosas y por las tardes hacía funciones de teatro. Y de repente un día se convirtió en mi profesión, así que miel sobre hojuelas…
Y en esa profesión tan expuesta, ¿No le ha llegado a saturar fama en los momentos más delicados de su día a día?
No, desde luego que no. La fama es un tributo que hay que pagar y si no te dejan comer un día es por el cariño que te tiene la gente. La popularidad tiene más ventajas que inconvenientes, no te ponen en situaciones incómodas al menos en mi caso.
Quizás, su ligazón con personajes “bonachones” tenga mucho que ver con ese cariño del público…
Desde luego, a mi nunca me ha tocado ser el malo de la película y eso hace que la gente me mire con una sonrisa. Me asocian con la comedia y se acercan a mi siempre con buenas palabras.
Y entre esos personajes buenazos destacar sin duda a ese payaso de la silla que lleva tantos años encima de los escenarios, ¿Cuáles son las cualidades del clown que lleva dentro Pepe Viyuela?
Tiene un gran afán de superación, se crece ante las adversidades y es lo suficientemente tierno como para despertar simpatía en el espectador. No se rinde, se equivoca e intenta mejorar su situación.
¿Cómo va a cambiar la vida de Pepe Viyuela tras una década en el Barrio de Esperanza Sur de Aída?
Van a cambiar mis horarios, tendré que madrugar menos y voy a echar mucho de menos a mis compañeros. Supone finalizar una etapa en la que he sido muy feliz, pero me ha ocupado demasiadas horas. Eso sí, he encontrado amigos que voy a necesitar seguir teniendo relación con ellos para ser feliz. En el fondo, todo lo que tengo para Aída son buenas palabras. Además, hemos tenido la sensación de que se acababa en febrero, pero de repente nos comunicaron que nos renovaban y aún nos queda un mesecito de rodaje. Supongo que ya no lloraremos, ya lo hicimos cuando creímos que era el final de la serie en febrero.
¿Tendrá el gran final que merece una serie tan longeva?
Es muy difícil cerrar una serie. A mi me gusta cómo termina la serie, pero no es un final apoteósico. Es digno, en la línea de las tramas de estos años. Creo eso sí que no va a defraudar.
¿La vuelta de Carmen Machi sería la forma de cerrar el círculo de la serie?
La verdad es que no, su vuelta no hace que sea un final redondo, no es el factor más determinante de la trama. Su vuelta no era definitiva ni determinante, de hecho se han llamado a otros antiguos compañeros y unos han podido y otros no.
Y si miramos hacia el futuro, ¿Con qué proyectos le gustaría seguir jugando a Pepe Viyuela?
El teatro siempre ha sido mi prioridad. De hecho, he combinado la serie siempre con el teatro. Además, yo era consciente que lo de la tele es algo circunstancial, que pasaría a mejor vida antes o después.
Había una vez una serie que llevaba tanto tiempo en el cajón que empezó a generar expectación, ¿Tan mala será? se preguntaban algunas «maliciosas» voces televisivas. Así, a priori, se parecía a series con argumentos ya manidos hasta la saciedad, llámese Fama o Un paso adelante. Perdón, que aquí hay una «peculiaridad» y es que los personajes no son totalmente ficcionados, tienen algo, poco o mucho eso habría que comprobarlo in situ, de los actores que los encarnan. La carambola de todo esto era que el equipo iba a convivir cual reality show juntito en paz y en comunión durante un montón de tiempo, tanto casi casi como lo que lleva «desterrada» de cajón en cajón en Mediaset esta serie. Así, de entrada, les avanzo que lo mejor han sido algunos números musicales y el making of posterior. Vamos que se pueden temer lo peor. El error de base está en el guión que, dicen, fueron improvisando con los actores. Está tan trillado y es tan cansino… Véase la madre alcohólica y llena de problemas que tiene el protagonista (momento deshaucio incluido, para variar…), la escena de «empotramiento amoril» de la pareja protagonista encima del capó de un bólido to guapo, momento Fast and Furious total… Nos han vendido la moto de que iba a ser la revolución o algo así, con la mezcla de ficción y realidad, pero el piloto nos ha dejado una sensación agridulce de nuevo, parece que es IMPOSIBLE hacer una serie musical en este país… Menos mal que salió un ratillo Natalia Millán y, a pesar del recauchutado acento, le dio un poco de interés al asunto… Y a pesar del despróposito inicial (la visita de Abraham Mateo casi me deja en el sitio…), le pienso dar una segunda oportunidad, todo sea por ver cómo «incrustan» a las estrellas (¡Hasta Anastacia ha participado!) en esta serie-telerealidad. Y si hablamos de audiencia, pues malamente, pero, ¿De verdad no han aprendido las cadenas que los viernes no son un buen día para la ficción española?. Curiosamente, Paco y Veva, también musical, se hundió en el fango cuando decidieron estrenar la segunda temporada en viernes. Cosas de la tele, que el común de los mortales no entenderemos nunca…
Hay historias que tienen una capacidad innata de calar en los espectadores y una serie sin grandes cifras de audiencia como fue «Mujeres», consiguió emocionar a sus seguidores. En la taquilla del Teatro Valle Inclán dos señoras se acercan a Antonio Gil y le cuentan que vienen a verle por la serie de Félix Sabroso y Dunia Ayaso y se le hincha el pecho por el reconocimiento por una serie tan «de verdad». Y más ahora que Dunia, la madre de esa familia televisiva nos ha dejado demasiado pronto. Esa serie fue la primera que Gil hizo en España tras un largo periplo europeo que le llevó a trabajar junto a creadores del calibre de Peter Brook. Este niño de orígen rural que «jugaba» a las batallitas sigue experimentando y divirtiéndose con un oficio que le lleva ahora ahora a encarnar «El viaje a ninguna parte» en el que parece que los actores vuelven a estar de nuevo embarcados.
Foto de Charo Guerrero.
¿Cuáles son los ingredientes de este montaje que cree que atraerán más al público?
Lo que universaliza esta obra es que resiste a la perfección al lenguaje teatral, es su medio natural. Es la historia de unos personajes muy entrañables y creo que el reparto es muy atractivo para el público. Lo hacemos con mucho amor, es un desafío contar las palabras de ese genio encima de un escenario.
¿Qué ha aprendido de este oficio que le ha tocado en suerte a Antonio Gil con El viaje a ninguna parte?
Hemos aprendido muchísimo, nos sentimos muy cercanos a los personajes. A pesar de que las circunstancias para la mayor parte de nosotros son mucho mejores, sí que nos une la dignidad por el oficio que hacían. Me ha hecho redescubrir las razones por las que hacemos este oficio. Además, he descubierto la riqueza del Fernán Gómez autor: La riqueza de los personajes, la profundidad de sus palabras, su sentido del humor, su inmensa cultura…
La suya es una trayectoria “curiosa” a caballo entre París, Londres y España, ¿Cómo ven el teatro que se hace en nuestro país fuera de nuestras fronteras?
Es una cuestión muy difícil de responder. La verdad es que sólo pueden valorar el trabajo de los grupos que salen fuera de España. Se admira mucho el teatro clásico, pero creo que lo que se hace ahora es poco conocido. Siento que estamos un poco aislados geográficamente y culturalmente. Arrastramos de alguna forma aún lo que supuso el franquismo para nuestra cultura, consiguió cercenar nuestras aspiraciones artísticas.Y aún no hay una política cultural que valore y promueva fuera nuestro trabajo (la subida del IVA es más bien lo contrario) Nos queda mucho camino hasta que nuestra cultura sea apoyada desde las instituciones al nivel que lo está en países del norte de Europa. Aún así, artísticamente hablando seguimos nuestro camino. Gracias a eventos tan importantes como el Festival de Otoño o Una mirada al mundo, u otros festivales que han enriquecido tanto a los profesionales como al público, y al trabajo de investigación e intercambio con el exterior de compañías y autores, se tiene cierta percepción de que aquí ya no sólo se hace teatro convencional, también puede haber una gran libertad creativa y a la vez un rigor y exigencia cada vez mayores. También creo que hay que reivindicar y valorar aquí profesionales españoles que trabajan más fuera que aquí, pero ese es otro tema…
Quizás el montaje más ‘celebrado’ que ha hecho en España fue ese diría que ‘mágico’ Agosto en este mismo teatro Valle Inclán, ¿Con qué se queda de esa experiencia?
Ponerte al servicio de una obra tan bien escrita con ese reparto es un lujazo. Cuando es tan sólido el texto tienes el desafío de hacerle justicia, y Gerardo fue muy generoso, dejó que la obra floreciese en voz y carne de los actores y eso creo que se notó en escena.
Aquí y ahora, ¿Por qué el teatro es un buen lugar para ti para contar historias?
Creo que todos los géneros que permiten compartir un momento ‘mágico’ para contar historias son igualmente válidos. El teatro eso sí es el lugar donde se vive de una forma más intensa. Me cuesta abstraerme de la reacción del público cuando le lanzo preguntas en la piel de Carlos Galván en El viaje a ninguna parte. El teatro, como dice el personaje de Rellán: “No morirá nunca”.
¿Cómo es el trabajo junto a un creador de la magnitud de Peter Brook?
Esa es la gran pregunta a la que nunca he encontrado una respuesta certera. Es mucho más simple de lo que pudiese parecer. El primer día pasé terror, pero a los diez minutos sentí alivio. Tiene una visión privilegiada y tuve el sentimiento de que confía en tu trabajo. Lo que plantea es complejo por su simplicidad. Despojarte de todo lo que sobra. Normalmente no confiamos en la esencia del teatro: Unos seres humanos contándole una historia a otros seres humanos.
Acabamos de perder a Dunia Ayaso que le dirigió en la serie Mujeres, ¿Con qué recuerdo se queda de ella?
Me dices eso y solo me entra un hondo pesar. El día en que realizamos esta entrevista tenemos una reunión la familia de Mujeres para hacerla un homenaje íntimo y darnos un abrazo. Nos sentimos huérfanos sin Dunia. Era un ser humano realmente excepcional, era una madre por naturaleza. Félix y ella crearon esta familia que tuvimos la suerte de encarnar. Fue mi primera serie en España, pensaba que todo sería así, pero la verdad es que no. Consiguieron retratar a la gente sencilla, era muy de verdad lo que contábamos. Era un tándem de verdad el que formaba con Félix. Aportaron su talento y su amor por nosotros. Seguimos siendo una gran familia, que ha trascendido la pequeña pantalla.
Y de alguna forma se convirtió en una serie de culto con las reposiciones y la famosa edición en dvd con la lata de tomate…
Desde luego y también creo que tuvo mucho éxito en sus emisiones en el Canal Internacional. A mi, lo que de verdad me conmueve es que se me acerque la gente y me diga que ha venido a verme al teatro por mi trabajo en la serie. Parece que se quedó como una serie minoritaria, pero lo cierto es que caló muy hondo en los que la vieron.
Volviendo a este oficio de cómico que le tocó en gracia, ¿Cree que desde el juego infantil estaba predestinado a este oficio?
Sí, desde luego, fue una evolución natural. Nadie en mi familia se dedicaba a esto. Yo nací en un entorno agrario y en las vacaciones de verano recuerdo cómo con mis primos teatralizábamos chistes, hacíamos marionetas… Luego, empiezas a hacer obras de niño y no piensas que esto va a ser tu profesión, que tú vas a dedicarte a otra cosa, que vas a tener una vida “normal”. Aunque si lo pienso bien creo que esto ya lo tenía muy metido dentro desde pequeño. Recuerdo paseos que me daba haciendo batallitas. Este trabajo es pura evolución del juego infantil y el día que deje de divertirme con esto dejaré este oficio, que me apasiona.
Y si miramos hacia el futuro, ¿Qué proyectos tiene y con qué proyectos sueña Antonio Gil?
Me siento muy afortunado por los proyectos que me han llegado en España desde Hispania a Plutón Brbenero… Lo que quiero es seguir teniendo la oportunidad de experimentar nuevos terrenos. Van a estrenar Los tres cerditos en Antena 3, tengo proyecto teatral con Stefan Metz y otras cosas que están en el aire.
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Un profesor que utiliza las canciones de los Beatles para enseñar inglés en la España de 1966, se entera de que John Lennon está en Almería rodando una película. Decidido a conocerle, emprende el camino y en su ruta recoge a un chico de 16 años que se ha fugado de casa y a una joven de 21 que aparenta estar también escapando de algo. Entre los tres nacerá una amistad inolvidable.