Las reseñas de Alberto Morate: «La lengua en pedazos»

Puedo saberlo todo en la oscuridad” decía Cesare Pavese en su poema “Manía de soledad”. Y lo que le ocurre a Teresa de Jesús, es que, en esa oscuridad, ella está iluminada y, desde luego, no se encuentra sola. A pesar de hallarnos en una estancia de poca luz y peor ventilación. Es la cocina del convento de San José, donde la protagonista, no solo recibe la visita de Dios para guiarla en su camino hacia la compenetración del cielo, sino que la visita un inquisidor atormentado y celoso, porque jamás ha sentido de manera auténtica y real esa complicidad con el creador de todo el universo.

Juan Mayorga, con esta obra consiguió el Premio Nacional de Literatura Dramática, y no es para menos. Ahora la retoma con los mismos intérpretes, Clara Sanchis y Daniel Albadalejo, en diálogo-interrogatorio más que inteligente, sublime, elevado, entre pucheros y puerros, desvestidos y sinceros, hasta que les cubren los hábitos que les ayudan a defenderse una del otro.

El inquisidor no sale de su asombro. Cómo puede, no solo sentir, sino también ver a quien ella afirma que la visita. Lleva pidiendo eso hace lustros. Pero no conseguirlo lo hace vulnerable, le aturde el cuerpo, niega y condena porque él no es capaz de tan altas esferas. Por eso también la ataca desde la palabra, aferrándose a lo que ella dice, es su única evidencia de que Teresa es capaz de extenderse más allá del cuerpo. Tiene que quedarse con lo que su lengua dice, “La lengua en pedazos”, diseccionándola, intentando que caiga en contradicciones, atendiendo a rumores, cuestionando, incluso, que una mujer no solo sepa leer, sino que también sepa interpretar los textos. Los sagrados y los profanos, los prohibidos y los que él mismo ignora.

Le da miedo el silencio. Le da miedo la oscuridad. Me planteo si no dudará también de la existencia de Dios. Pero, eso sí, el demonio está haciendo de las suyas. Porque está aislado con sus propios sentidos en medio de su fe corrompida. Y ahí se levanta ella, porque es capaz de saberlo todo en la oscuridad y siente el amor místico por sus venas. Porque se adelantó a su tiempo y no podía seguir haciéndoles el juego a quien no cree nada más que en sí mismo.

En un mano a mano contundente y feroz, suave y educado al principio, los dos personajes se debaten entre pucheros para el hacer el mejor caldo. El de la razón. Pero, ¿de qué sirve la razón si no hay sentimientos? Y en eso gana la partida, Teresa, porque es capaz de morir si no muere, porque vive sin vivir en sí, y le causa un dolor tan fiero, que solo morirá cuando otros la maten y entiendan que nadie muere porque deja su palabra, porque deja su lengua a otros, aunque esté hecha pedazos.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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