Las reseñas de Alberto Morate: «La herencia de los Miller»

Parece ser que toda herencia conlleva un cierto misterio. Pasados oscuros, expedientes perdidos, documentos valiosos, y un negocio más que fructífero de “salchichas”. ¿De qué carne estarán hechas esas salchichas tan populares? Teniendo en cuenta que la Miller, apellido de la protagonista de esta comedia entre “comedia y comedia”, tiene un pasado de iceberg, es decir, es más lo que esconde que lo que se ve en la superficie, pues el apellido, como que no nos dice nada concreto, nada más que es de un par de escritores, de una cerveza, de unas gafas, también de un pueblo, y de un experimento. Nadie sabe su pretérito “führioso”. Aunque ni ella misma lo sabe. O parece ser que no lo sabe y si lo supiera quizás no quisiera saberlo. El que sí lo sabe es su novio, porque un chivatazo de un contraespía o secretario, o vaya usted a saber qué, se lo ha soltado de sopetón. No pasaría nada si ese novio, también rico, con el que se va casar, no fuera judío. Y saquen ustedes sus conclusiones.

El caso es que en La herencia de los Miller, Adolfo es un nombre bonito. Y Benito. Y la mano alzada no es para pedir turno. Empresaria brusca la señorita Miller, como no podía ser de otro modo, también es la inocencia de despedir a 500 trabajadores, que es una forma de exterminio. Y ahí se contempla otro de los temas sociales que Carlos Zamarriego pone al descubierto. En una avalancha de comedia comedida de serie negra, de trama psicológica, de pálido enredo.

Ángel Velasco, Stéphanie Magnin Vella y Edgar Costas encajan la filigrana y manejan las armas. Tiemblan y se muestran fuertes, giran alrededor de la verdad y la paranoia, se inclinan peligrosamente a morir bajo el fuego de un arma de fuego, valga la redundancia y la inercia de la trama que queda al descubierto.

Rumbo a la verdad. Rumbo a la muerte. Rumbo a la risa. Rumbo al Caribe. Rumbo a las salchichas. Rumbo a la rumba no, pero casi. Rumbo al torpe deambular de un agente que acaba sumergido en sus propios pensamientos. Y no es spoiler. Es divertimento.

Los jueves en Los Luchana, de momento.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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