Las reseñas de Alberto Morate: «DIVORCIADAS, EVANGÉLICAS Y VEGETARIANAS»

Tres, eran tres. Solitarias y amigas. En crisis permanente y eternamente enamoradas. De la vida. De sus vidas. Del tiempo que les toca vivir y de las sorpresas que les depara esa vida que comienza en un andén del metro, continúa en una sala de cine, y acaba bucólicamente en el campo. Pero no acaba. Ahí empieza. Está empezando todo el tiempo. Quedan, sí, los recuerdos, las experiencias, darse cuenta de cómo nos manipulan los hombres, cómo nos maneja la sociedad y cómo hay que luchar cada día.

Lucha individual que debe vencer con el apoyo de todas. Amigas para siempre. A pesar de ser una incomprendida divorciada que, de forma inconsciente y demasiado joven, entregó su vida a quien no lo merecía. A pesar de ser una vegetariana no convencida, todo por lo que dice el hombre que, en realidad, no ama, pero que, afortunadamente, se dará cuenta enseguida. A pesar de ser una evangélica virginal que sigue los pasos de no se sabe quién los dicta. Fantasmas de sus mentes. Pero, como no son bobas, se darán cuenta y vindicarán su derecho a ser mujeres, aunque eso les lleve a las puertas del infierno de esta sociedad machista.

Muchos son los temas que se tocan en Divorciadas, evangélicas y vegetarianas, de Gustavo Ott. Una locura bien servida. Que Coral Ros, desde la sombra de la dirección, lanza para que, entre risas, nos planteemos esas cuestiones eternas de la mujer “con la pata quebrada y en casa”, la mujer “quiere caricias y el hombre sexo”, o viceversa, yo diría, las mujeres “son raras”, no te j… y los hombres, gil… ¡qué risa tía Felisa! La mujer “no miente, le da mil vueltas a todo y tiene buena memoria”. Bueno sí, pero algunos hombres, también.

La cuestión es que tres mujeres, en este caso interpretadas por otras tres mujeres de calidad interpretativa incuestionable, Alejandra Guiol, Ara Contreras y Rocío Solís, nos incitan a abandonar el confort de un sofá en casa sin alicientes, para ir a La Usina, o donde Surge Madrid en Otoño, y escuchar y ver y sentir su presencia bendita, necesaria, infinita.

Tres, eran tres, Gloria, Beatriz, Meche y todos los nombres que se le ocurran a Gloria. Divertida y emotiva, actual e independiente, por mucho que se diga.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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