Las reseñas de Alberto Morate: TITO ANDRÓNICO. Donde casi nadie se salva.

Volver victorioso no significa haber vencido. Cuando el que gana una batalla no sabe gestionar su victoria se convierte, a su vez, en derrotado por los caprichos a los que somete al pueblo, por el despotismo que ejerce sobre los vencidos, porque generará odios y venganzas que acabarán en otras cruentas batallas.

Esto es histórico, y Shakespeare lo sabe. Y por eso se recrea en hacer ver que todo lo que ha subido tiende a bajar y lo que parece no tener visos de mejorar acaba favoreciendo al desvalido.

Tito Andrónico es una tragedia con todas las de la ley. Esas tragedias donde, popularmente, se dice que muere hasta el apuntador. Hay luchas internas, muertes y violaciones, trampas y engaños. Locura y desesperación. Pero siempre surgen fuerzas de flaqueza. Y en medio de todo el drama, el lenguaje de Shakespeare, la belleza de sus palabras, las metáforas inigualables y el gran retrato del ser humano, con sus miserias y necesidades de honor, de venganza, de odio, de escalar posiciones sociales, de luchar contra su destino.

Hace la adaptación Nando López y se pone al frente Antonio C. Guijosa. Deben resolver cómo no ir sembrando de cadáveres el escenario. Y, explícitamente, la sangre nos llevará a la muerte y esta campeará a sus anchas durante todo el montaje.

Personajes que interpretan con solvencia José Vicente Moirón, Alberto Barahona, Carmen Mayordomo, Alberto Lucero, José F. Ramos, Quino Díez, Lucía Fuengallego, Gabriel Moreno, Carlos Silveira e Iván Ugalde. Se entregan por entero, llenan de amargura y dolor el espacio escénico, porque es lo que se espera de ellos. No pierde ritmo el montaje, ningún detalle se escapa.

Shakespeare como mensajero de que las batallas no son buenas. No acaban bien, son el refugio de quien las pone como excusas para humillar y dominar. Debería valer plantearse algunas guerras actuales porque dan igual los motivos, toda guerra acabará en desgracia.

Hay quien dice que al teatro va a evadirse. Pero yo opino que el teatro debe servir de espejo, de modelo, de denuncia, de conciencia, de reflejo de lo que está pasando, aunque la historia se desarrolle hace cientos de años, pero es corta esa distancia. Es verdad que, después, se pueden contar las cosas con humor, con drama, con tragedia, cantando, pero lo importante es que hay alguien dispuesto a contárnoslo y nosotros queremos verlo, aunque sea una tragedia donde casi nadie se salva.

Alberto Morate tiene el teatro como modus vivendi. Durante más de 40 años ha sido profesor de dramatización, ha dirigido grupos de teatro, ha escrito obras y ha interpretado ocasionalmente como actor. Desde el año 2014 también reseña funciones y espectáculos. Realiza sus crónicas con un estilo peculiarmente poético, haciendo hincapié en el tema, y comentando las representaciones desde un punto de vista emocional, social y humano.

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