Marcos Ordóñez: “El teatro es una pasión que nace en la infancia”

“Ya tengo tres Pinters”. Marcos Ordóñez tenía un particular álbum de cromos cuando era niño. En él iba contabilizando las obras que había visto de tal o cual autor. Imaginaba la Gran Vía madrileña como un Broadway lleno de marquesinas resplandecientes. Ya entonces empezó a escribir para lectores imaginarios, aunque él en el fondo pensaba que lo hacía como crítico de The New York Times. El teatro es una pasión que nace en la infancia y desde pequeño solía acompañar a su padre a ver muchas funciones. Una vez, un acomodador ante la pregunta de si podía pasar el niño, le dijo a su padre que “Es sólo teatro”, fue entonces cuando de alguna forma comenzó a valorar  ese ‘sólo’, el hecho escénico como algo que iba a marcar su camino. Muchos años después, Ordoñez es el crítico teatral referente con su espacio semanal en Babelia. Muy al contrario de esa imagen de crítico fiero e implacable que implantó Mankievicht con Eva al desnudo, el autor de Comedia con fantasmas utiliza la crítica para devolver algo de lo que han dado en escena. Esta semana ha sido protagonista en los cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo por partida doble con un curso de guión cinematográfico y una cita con los Martes Literarios dedicada a la crítica teatral. Tranquilos, el teatro parece tener futuro: “Con la crisis ha rebrotado el talento. Han salido a la palestra voces muy potentes”. Palabra de Marcos Ordóñez.

Fotografía de Juan Manuel Serrano
Fotografía de Juan Manuel Serrano

En un medio tan caliente como el teatro, ¿Cómo no dejarse llevar por las pasiones más exacerbadas cuando redactas una crítica?

Por lo general, hago tres versiones. A bote pronto, nunca acabas de precisar lo que quieres decir en el momento justo después de la representación. Compruebas que hay repeticiones, que hay cosas que estarán más afinadas si las dejas reposar un poco. Lo caliente es maravilloso, pero hay que reposarlo. Afortunadamente, el espectáculo horroroso ha pasado a mejor vida. Cuando ni fú ni fa, es cansado hacer una crítica. Hay veces en que de verdad sales emocionado con lo que ves. Cuando te encuentras algo como lo que hace Blanca Portillo con El testamento de María intentas devolver algo de lo que te han dado. Es muy agradable escribir ese tipo de críticas. Sucede también que al hacer crítica semanal, puedo elegir. Esa sensación de magia volvió a aparecer el lunes cuando vi a Miguel Rellán en NovecentoLos instantes de maravilla que hubo anoche para mí son la esencia del teatro. Me sorprendió ver a muchísima gente. No sé hasta qué punto conocían el texto de Alessandro Baricco. Pasado por la palabra tiene una dimensión épica.

Si no me gusta mucho un espectáculo pequeñito, prefiero no hablar de ellos, les haría un flaco favor. Luego hay cosas que son de obligado cumplimiento como ver por ejemplo Los Mácbez que siento decir que en conjunto no me gustó. Tenía que hablar de ello por ser de Lima y si no lo hubiese hecho hubiesen pensado directamente que no me gustaba. Eso sí, La Machi y Javier Gutiérrez me encantaron. Javier Gutiérrez me parece un actorazo que comparo con José Luis Ozores, ‘Peliche’. Puede hacer personajes tremendos, pero tiene una luz interior maravillosa, una bondad de corazón innegable. Consigo creérmelo instantáneamente, consigue conmoverme incluso con personajes tan sanguinarios como ese. 

¿Cómo encuentra un crítico su mirada personal y no una serie de referentes a los que inconscientemente copia descaradamente?

El problema sería inspirarse en un único crítico. A mi me gusta leer críticas de aquí y de fuera. Yo me he curtido leyendo a críticos franceses y copié descaradamente durante un tiempo a Joan de Sagarra, lo seguía desde sus tiempos en El correo catalán. Si copias de muchas fuentes, de alguna forma vas creando tu propia mirada. Con los años intentas ser más claro en tus exposiciones. Cuando eres joven intentas meter todos los referentes que tienes sobre algún tema y de verdad que no es necesario. Escribir es tocar de oído, no hay una partitura prefijada. Ajustas tus sentimientos para comunicar más correctamente con tus críticas.

Muy al contrario de lo que pudiera parecer, creo que ser crítico le ha traído más amigos que enemigos…

Desde luego. De joven era más duro. Con 20 años era inclemente. Creo que por el hecho de conocer a la gente que hace el teatro, te das cuenta del milagro que es que una obra llegue a buen puerto. Puedes ser duro en tus críticas, pero varía la forma de decirlo. Puedes herir mucho. Toda creación artística es vulnerable, pero el teatro lo es aún más. Ellos se exponen con su cuerpo. Hacen falta muchos bemoles para salir a un escenario a defender una obra. Cuando algo no es que no te guste, sino que no te convence, cuando no sientes lo que se supone que deberías sentir tienes que encontrar una forma de decirlo con cierta educación, es lo que he aprendido con el tiempo. Siempre fastidia que le digas que no te gusta, pero la forma de decirlo es tan importante… Hay una frase de Truffaut que siempre cito: “Se nota la diferencia entre el tío que dice ¡Qué lástima se ha equivocado! O ¡Qué bien se ha equivocado!” No entiendo a esos críticos que disfrutan haciendo daño.

El escritor en un momento de la entrevista.
El escritor en un momento de la entrevista.

¿Qué tiene que tener una función de teatro para que Marcos Ordoñez no tosa?

Me gustan cosas muy variadas la verdad. Me gusta sobre todo que haya verdad en escena, eso es la madre del cordero. Cuando te toca una fibra de la emoción -de la risa al terror o el drama- eso es lo que hace grande al teatro. Eso sí, esa gente que está con el móvil encendido mandando mensajitos me parece que tienen una gran falta de respeto hacia el público y hacia los actores claro. Se ha recobrado de alguna forma la sensación, que ya estaba en la época de Shakespeare cuando la gente gritaba en mitad de la representación, de que están viendo la obra en el salón de su casa. En contraposición a eso, cuando se producen esos silencios eucarísticos ante una obra es algo mágico.

¿Existen suficientes vasos comunicantes entre Barcelona y Madrid, las principales arterias teatrales de España?

Cada vez hay más. Lluís Pascual en el Lliure está haciendo una programación muy interesante, es espectacular. Viene Misántropo por ejemplo. Es de un cierto riesgo, le han intentado ‘llamar al orden’ por no programar exclusivamente en catalán, pero ha conseguido al final imponer sus criterios de programación. Es cuanto menos esperanzador ver que el gran éxito de la temporada ha sido un montaje de Miguel del Arco en catalán, Un enemigo del pueblo. Me gusta que haya directores invitados. La programación de de la próxima temporada de la Abadía está muy catalanizada por ejemplo. Ojalá hubiese también presencia de otras comunidades como Galicia, pero parece que eso es muy difícil.

Acaba de cerrar una de esas salas pequeñitas que han ido apareciendo en Madrid y Barcelona, El Sol de York, ¿Ve futuro a este tipo de iniciativas en la que los implicados trabajan casi por amor al arte?

No sabemos qué andadura tendrán estas salas de nueva creación. Han salido muchas más en Madrid que en Barcelona curiosamente. Son sostenidas por el entusiasmo de la gente. El entusiasmo tiene su fecha de caducidad, si no hay apoyo continuado, no podrán sobrevivir. El Ministerio de Cultura está aniquilando al teatro con medidas tan salvajes como el 21% de IVA. Si no se crea una complicidad entre el gobierno y la industria, esto puede ir muy mal. En la práctica, no se vislumbra un futuro en el que los que mandan valoren realmente el teatro.

Creo que uno de los principales motores por los que empezó a apasionarse por el teatro fueron las historias que le contaba su padre sobre los montajes de Enrique Rambal…

Te diría que me incentivó mucho la pasión por el teatro. Esos montajes y la visión que tenía yo de la Gran Vía madrileña que la veía como si fuese el Broadway español. Mandaba el teatro de Madrid. En Barcelona había muchas marquesinas apagadas. También el hecho de que mi padre me llevase al teatro desde pequeño influyó mucho. Recuerdo mucho eso de “¿Puede pasar el niño?” Una vez me dijeron “Si es solo teatro”, pero ese ‘solo’ me caló a mi muy hondo. Lo primero que vi más profesional fue en el Teatro Talía, La hora de la fantasía de Anna Bonachi, que inspiró la película Bésame tonto de Billy Wilder. Lo vi con la compañía de Irene Gutiérrez Caba, vi algo distinto, una comedia fuerte para la época. Una mujer casada que se hace pasar por puta. La vi con 10 años. Esto es distinto me dije a mi mismo. Mi padre me llevaba mucho al teatro. Mario Gas tiene 10 años más que yo. Viene de familia de cómicos y lo veía todo desde que era un niño. Esto me ha hecho caer en la cuenta de que el teatro es una pasión que nace en la infancia.

¿Cómo eran esas primeras críticas de la infancia mitad álbum de cromos y mitad diario personal?

Ya he visto tres Pinters y lo apuntabas como si fueran unos particulares cromos. Aunque parezca mentira, se estrenaban con poco tiempo de diferencia con respecto al estreno original. Me imagino que pasaría por ciertas censuras, pero creo que como era tan críptico y no tocaba temas ideológicos… Retorno al hogar quizás es la obra más dura, seguro que hubo recortes en esa. De alguna forma, yo me sentía un Asier Etxeandía que estaba en un rincón de su casa haciendo una crítica para unos lectores imaginarios. Era muy parecido y en mi imaginación yo fantaseaba pensando que era el crítico de The New York Times.

¿Dónde queda la figura del crítica en una sociedad de la información en que prima la instantaneidad?

Hay de todo. Hay gente que lo hace con mucho amor y con mucho criterio y luego hay gente que no se muy bien para qué vierten sus opiniones. Lo que sí te puedo decir es que odio ese término tan de moda llamado “Crítica express”. Opiniones tan vagas como “Me está gustando mucho o no me está gustando nada, los actores lo hacen muy bien…” La pasión y el gusto tienen que ir en consonancia con un juego especulativo, sabiendo poner en relación una obra con otras del mismo autor… A mi a veces cuando salgo del teatro eso tan inmediato de ponerme un micrófono y preguntarme ¿Qué me ha parecido? no puedo hacerlo. Me parece nocivo pulirme una obra en dos frases. Yo intento detenerme en toda la gente que ha hecho el espectáculo.

A pesar de la crisis, ¿El teatro es el arte del futuro?

Espero que sí, la verdad. Creo que era Kaufman, el autor de El hombre que vino a cenar, el que llamaba al teatro “El magnífico enfermo”. Lleva aguantando muchos años y eso que le ponen palos sobre las ruedas. La fuerza de alguien que te está diciendo algo a ti a seis pasos es algo único. Te está mintiendo, pero te está diciendo la verdad. Tienes la sensación de que sólo lo está haciendo para ti. Eso sí, hace falta una complicidad de los gobiernos. Cambian los hábitos en el cine por ejemplo. Se han cerrado dos salas en Barcelona y yo lo lamento, pero luego resulta que no voy al cine. Lo bueno es que al teatro hay que ir obligatoriamente. Es curioso que con la crisis ha rebrotado el talento. Han salido voces muy potentes a la palestra. Tiene mérito además que lo están haciendo casi con dos cojones y un palito.

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Notas desde la Menéndez Pelayo: Periodismo Cultural

Un escritor se encuentra con un crítico que ha alabado las supuestas bondades de su última creación literaria. Cuando el autor le pregunta atónico: “¿Por qué no has mencionado el pasaje que transcurría en Londres?”. El supuesto ‘crítico’ le contestará que “no es relevante”. Posdata: En dicho libro el personaje no viaja a Londres. La crítica cultural peca en ocasiones de algo tan simple y tan fácil de solucionar como leer el libro de turno o ver la obra sobre la que le toca hablar. Con este guiño casi que jocoso dio comienzo el Seminario de Periodismo Cultural en la UIMP, que este año llevaba por título: Los suplementos culturales y su versión digital. Como si del cuaderno de notas que siempre acompaña a todo periodista ávido de conocimiento, ahí van algunas Notas desde la Menéndez Pelayo sobre las diferentes conferencias que se pudieron disfrutar.

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“Un crítico no debe ser un reguero de filias y fobias”. Sirva esta cita de Berna González Harbour, editora de Babelia, para poner sobre la mesa el papel de una crítica que, aparentemente ha perdido su poder de influencia en favor de los nuevos ‘opinadores’ de la red. Algo debe tener que ver la relación amor-odio de los creadores con estos opinadores profesionales. Conocidas son las predilecciones de cierto crítico por cierto autor y la aversión por otro. Si a esto le sumamos el hecho de que los grupos mediáticos tienen intereses en ciertas editoriales, la desconfianza es aún mayor. Ante este aspecto tanto la editora de Babelia como Blanca Berasategui, al frente de El cultural, se muestran rotundas: “Jamás he recibido una orden de arriba para publicar críticas sobre ciertos autores. Tampoco ha ocurrido lo contrario. En nuestro medio no hay vetados”. Una especie de mantra se repite sobre a quién criticar: ¿Para qué vas arruinar la carrera de un autor nobel? Es a las ‘vacas sagradas’ a las que se puede y se debe criticar si fallan en su última creación.

La versión digital de los suplementos culturales. Para la editora de El cultural la clave de internet está en que permite contextualizar las informaciones con contenidos complementarios. Así, el pasado viernes, marcado por la pérdida de Ana María Matute, se podía acceder a diferentes informaciones y entrevistas del archivo sobre la célebre autora. El suplemento que dirige Berasategui lleva 15 años en la red y la prioridad ha sido dar algo más que en el papel: “Me llenan de vitalidad mis redactores veinteañeros que traen nuevos temas para la web”. En el lado opuesto está el suplemento La sombra del ciprés, que aún no se encuentra en la red, aunque ya se planea su difusión en la red a corto plazo.

“Si no estás en la web, no existes”. Cuando hace poco más de un mes Berna González Harbour, una periodista curtida en mil batallas, asumió la figura de editora de Babelia, tenía claro que el objetivo inmediato era plantear una buena web para el suplemento referente de El País. Así nació Babelia.com, que a la vista de los datos está siendo todo un éxito: 1.500.000 de páginas vistas en el primer mes de vida. Unas visitas que provienen de España y México, país del que este año había una nutrida representación en el Seminario. Un buen número de alumnos del TEC de Monterrey plantearon sus dudas y inquietudes a los ponentes.

Los suplementos culturales, no sólo para élites. Cuando Berasategui recibe un texto se pone en la piel del lector y si ella no lo entiende, le hace desecharlo al autor y hace que lo modifique hasta que consigue ‘llegar’ a los lectores. El estilo periodístico canónico, el que va ímplicito en escribir de una forma comprensible, parece estar lejos de lo que en ocasiones son textos farragosos e incomprensibles. Resulta entonces esencial la figura del editor que defendió con vehemencia William Lyon, que dio una pequeña clase magistral no sólo para los alumnos, sino para los propios conferenciantes que aplaudieron con fervor sus reflexiones. Para Lyon: “El periodismo es como un botijo, hay que saber buscar las grietas y corregirlas”.

“Soy la más pequeña, sólo tengo 16 años”. En mitad de las charlas, una voz concentra la mirada de todos los asistentes. Una adolescente inquieta pregunta sobre su futuro. La gusta el periodismo. De hecho, es la segunda vez que viene al seminario en el que este año también han participado Basilio Baltasar (Fundación Santillana), Angélica Tanarro (La sombra del ciprés), Fernando R. Lafuente (ABC Cultural) y Ramón González Férriz (Letras libres). Parece que la joven igual se decide por Relaciones Internacionales y después, quizás  haga un máster de Periodismo. El futuro está asegurado. Lo importante será que sigan existiendo buenos contadores de historias, buenos periodistas, el medio de comunicarlo será lo de menos.